ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Tarja del monumento a Mariana Grajales en el Vedado capitalino. Foto: Ismael Batista

Parece fácil: detener la sangre, desinfectar, enroscar una venda, secar las lágrimas.

Parece fácil: cocinar sin saber ni para cuántos ni si van a llegar, adecentarse, mantenerse calmada y con confianza; esperar…

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Cuando comenzó la guerra, el 10 de octubre de 1868, Mariana Grajales tenía 53 años, vivía en una finca que había comprado con su esposo Marcos, en Majaguabo, actual provincia de Santiago de Cuba, y le quedaban 12 hijos vivos. Otros dos habían muerto siendo niños, enfermos.

La noche del 12 de octubre, el capitán Rondón, un buen amigo de la familia, llegó hasta la finca. Le pidió ayuda a Marcos para la insurrección y Marcos dio lo que tenía a mano. Con Rondón, además, salieron Justo, Antonio y José Maceo. Mariana, entonces, agarró un crucifijo, e hizo jurar a Rondón, a sus hombres, a Marcos y a sus hijos, libertar Cuba o morir por ella.

Por aquellos días, después de un combate, Antonio Maceo es ascendido a sargento, y la denuncia de que los Maceo están en la lucha obliga a Mariana y a Marcos a huir al monte. Marcos toma las armas y Mariana comienza, entonces, a detener la sangre, a desinfectar, a enroscar una venda; a cocinar sin saber para cuántos.

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Le vieron en el medio del combate, con sus hijas y nueras, recuperando heridos, animando a los vacilantes, arengando al combate aun después de que los españoles le mataran a Justo Germán, quien había caído prisionero.

Antes había puesto el hombro a Marcos, cuando el Maceo mayor se involucraba en conspiraciones independentistas, meses antes del grito de Demajagua.

Ella lo animaba.

Sus últimas palabras, las de Marcos, expresadas al hijo que lo acogió en sus brazos, moribundo, en 1869, fueron: He cumplido con Mariana.

Ella, que convirtió su campamento en el hogar de la Patria; que con cariño de madre acogía al herido y al enfermo (fueran estos cubanos o españoles); que convirtió su familia en un símbolo.

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Cuando fue Antonio el que llegó al bohío, herido, grave (la primera vez, a inicios de la década de 1870), las mujeres se echaron a llorar.

Por lo regular, dicen, había en su hogar de la manigua media docena de heridos o enfermos; frecuentemente, uno era un Maceo; Mariana hacía burlas (simulaciones de burlas, obviamente) de las laceraciones de sus hijos: Váyase a buscar otra, les decía.

Así que esa vez, frente a Antonio herido, dijo a las que lloraban:

-¡Fuera faldas de aquí! ¡No aguanto lágrimas! Traigan a Brioso (el caballo de Antonio).

Y a Marcos, el pequeño, que no pasaba de los 15 años, le espetó:

-¡Y tú, empínate, porque ya es hora de que te vayas al campamento!

Años después, mientras guardaba luto por la muerte de Miguel; mientras cuidaba a José y Cholón (Rafael), convalecientes, llegó otra vez Antonio para ser atendido.

A otro de sus hijos, que allí estaba, tras darle un beso y la bendición, ella le expresó:

-Ya está curada tu herida. Vuelve a la fila a cumplir con tu deber.

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A pesar de que en los primeros días de 1878 sus hijos, encabezados por Antonio, José y Cholón, mantenían encendida la llama de la guerra en el sudeste de Cuba, y las fuerzas mambisas mostraban signos de recuperación en Oriente y Las Villas, tras el desastroso año de 1877, un grupo de independentistas que había perdido sus arrestos revolucionarios comenzó a celebrar conversaciones de paz con los españoles.

La indisciplina y la desunión cundían entre los cubanos. Y se llegó al Zanjón.

Mariana tenía 63 años, continuaba curando a los heridos, y Antonio campeaba por tierras santiagueras.

Mariana supo de la capitulación del Zanjón y de la viril protesta de Baraguá. Su apoyo fue total, pero la guerra no pudo continuar.

Mariana, Antonio, y otros, tomaron el camino del exilio.

Ella, en Jamaica, sufrió privaciones. Sobrevivió junto a su hijo Marcos. Cuando la Patria le pedía un servicio, una donación, entregaba lo poco que tenía.
Desde allí, supo que José y Cholón intentaron, durante la Guerra Chiquita, continuar la tarea pendiente del 68. Supo de los esfuerzos de Antonio por llegar a Cuba en una expedición y cómo lo relegaron, al punto de que nuca pudo regresar a la manigua, pues la contienda comenzó a extinguirse; llegó su fin.

José y Cholón fueron traicionados y encerrados en prisiones de África. Murió Cholón. Mariana conoció de la fuga de José y de su larga odisea hasta que llegó a reunirse con ella. Pero en su mente y en las de sus hijos regía una sola idea: la lucha por la independencia de Cuba.

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Hacia 1892 Martí llegó a Jamaica y, sin sacudirse el polvo del camino, preguntó por Mariana. Se entrevistaron. Ella le recibió «con los ojos de madre amorosa para el cubano desconocido, con fuego inextinguible en la mirada y en el rostro, cuando hablaba de las glorias de ayer y las esperanzas de hoy».
Mariana muere un año después del encuentro y, relata el Apóstol, que «los cubanos todos acudieron al entierro, porque no hay corazón de Cuba que deje de sentir todo lo que debe a esa viejita querida, a esa viejita que le acariciaba a usted las manos con tanta ternura».

«¿Qué había en esa mujer –dice Martí–, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto? Así queda en la historia, sonriendo al acabar la vida, rodeada de los varones que pelearon por su país, criando a sus nietos para que pelearan».
Hoy la vemos así: como una abuela: con fuego inextinguible; con pañuelo de anciana a la cabeza.

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Miguel Angel dijo:

1

10 de octubre de 2017

10:32:49


Tenemos muchas razones para sentirnos muy orgullosos y comprometidos con nuestra épica historia. Viva eternamente la Madre de la Patria y de todos los cubanos!!!!