ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

El 30 de julio de 1958, el Comandante René Ramos Latour, Daniel como se le conocía desde los días de la lucha clandestina, partió hacia el último combate de su vida al frente de 120 compañeros, pues a su tropa se le habían incluido los efectivos al mando de Antonio Sánchez Pinares, Calixto García, Hugo del Río y William Gálvez. La misión que le había encomendado Fidel era emboscarse entre Cerro Pelado y Arroyones para interceptar una fuerza enemiga que retrocedía desde este último lugar.

Más al este, en Santiago de Cuba, se vivían  momentos de tensión. Ese día se cum­plía el primer aniversario del asesinato de Frank País y el aparato represivo de la tiranía se agazapaba nerviosamente en sus cuarteles. A eso de las seis de la tarde se oyó una explosión: habían colocado una bomba en la misma en­trada del Moncada.

Años después, Isabel Latour, la madre de René, recordaría: “entonces pensé al escuchar la explosión: ¡ay, Frank, hijo mío, cómo están vengando tu muerte! Qué lejos estaba yo de imaginarme que ese día y casi a esa misma hora, herido ya de muerte, agonizaba Daniel. Lo supe más tarde. Pero, ya ve, ese mismo día, a la misma hora en que el pueblo vengaba la muerte de Frank, estaba vengando también, sin sospecharlo siquiera, la muerte de Daniel, René, de mi hijo, el combatiente”.

René Ramos Latour nació en el poblado de Antilla, perteneciente hoy a la provincia de Holguín, el 12 de mayo de 1932. Tenía poco menos de tres años cuando el padre, Ernesto Ramos Codina, por su participación activa en la Huelga de Marzo de 1935, tuvo que pasar a la clandestinidad, incluso huir a los montes.

Ante esa situación, la familia se trasladó a la finca de una pariente. Para el niño René, que pasó allí parte de su infancia y adolescencia, aquello significó paseos a caballo, baños en una playa cercana, pescar en la costa, despojar de guayabas, mangos y ma­moncillos a los arbustos silvestres. Pero también conocer de cerca la pobreza de los peones y trabajadores agrícolas, de los carboneros y camioneros que sorteaban empinadas lomas, desfiladeros de curvas peligrosas y hondos despeñaderos. Ver cómo Isa­bel, su madre, te­nía que inventar con su máquina de coser para remendarles la ropa a él y sus hermanos, o al padre, Ernesto, tejer unas alpargatas para que no anduvieran descalzos.

A los 15 años tuvo que simultanear los es­tudios nocturnos con la jornada laboral diurna. Quienes entonces le conocieron dicen que era de mediana estatura, delgado aunque de complexión fuerte, frente amplia, tez blanca, ojos pardos, pelo castaño oscuro. Gustaba de la lectura y su autor favorito era José Martí. Practicaba la natación y el remo, pero su deporte favorito era el béisbol, que jugaba en sus ratos libres.

Cuentan que el golpe de Estado del 10 de mar­zo de 1952 significó un impacto tremendo en René, que se opuso a la asonada inmediatamente. Cuando se creó el Movimiento 26 de Julio, estuvo entre sus organizadores en Mayarí y Nicaro, junto con su amigo Rafael Orejón. En esos trajines conoció a Frank País. Ese día, al regresar a su casa, dijo a sus familiares: “Hoy he conocido a un hombre extraordinario”.

Solo una casualidad evitó que fuera ase­si­nado cuando la masacre de las Pascuas san­grientas. Marchó a Santiago y tras cumplir varias misiones de Fidel y Frank, se le designó jefe de acción del Movimiento en Oriente. A la muerte de Frank, le sustituyó como jefe de ac­ción nacional. Ya para entonces dejaron de llamarle René, su nombre de guerra pasó a ser Daniel.

Tras el fracaso de la Huelga del 9 de abril de 1958, se incorporó al Ejército Rebelde y Fidel le entregó el mando de una tropa. Al frente de ella libró duros combates para rechazar al enemigo que pretendía apoderarse del territorio libre de la Sierra Maestra. Los compañeros de columna de Daniel coinciden en calificarlo de hombre fuera de lo corriente. En él confluían, dicen, la exigencia y la ternura, la firmeza y la sensibilidad, dotes de organizador, una gran dosis de comprensión humana, la energía y el tono afable en la voz, los modales corteses y pausados. Afianzaba su jefatura no sobre la vía de la imposición y la coerción, sino en el ejemplo personal y permanente, y en una rigurosa exigencia.

El 30 de julio de 1958, en las estribaciones de la sierra por donde corre el arroyuelo El Jobal, parapetados en el terraplén rojizo que une Cerro Pelado y Arroyones, Daniel y su tropa frenaron el avance de tres compañías y un batallón batistianos. En medio del combate, un obús de 75 mm hizo impacto cerca de él. “Han herido al Comandante”, exclamó un rebelde. René lo amonestó: “Cállate, coño, eso no se dice”. Lo llevaron en brazos, desafiando los disparos de la infantería y de los obuses, hacia un bohío cercano. A las 6:30 p.m. dejó de existir.

En la transmisión de Radio Rebelde del 1ro. de agosto de 1958, Fidel informaba al pueblo: “Mu­rió cuando avanzaba al frente de sus hombres el comandante rebelde René Ramos, Da­niel como se le conocía clandestinamente, secretario de Acción, además, del ejecutivo del Mo­vimiento 26 de Julio, que perdió así en combate un valioso compañero más, cuya muerte […] constituye una pérdida sensible para nuestra organización y nuestro ejército”.

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alexis dijo:

1

30 de julio de 2016

07:18:13


la historia de Rene perdura en millones de cubanos, para el nuestro respeto y admiración, combatiente ejemplar, luchador por la igualdad y el porvenir, esta generación responderá a los principio que defendiste.

alberto porro algeciras dijo:

2

30 de julio de 2016

20:38:45


Cada héroe, cada mártir tiene su historia, historia Revolucionaria que lo marca para la eternidad nosotros los antillanos nos céntimos “Orgulloso” de tener un mártir como el comandante Daniel más si vivo en la calle del mártir, cerca de su museo además un una casa que según la historia era de su familia

samuel dijo:

3

31 de julio de 2016

17:33:25


impresionante historia como todas las de nuestros héroes, debemos divilgarla más y emplear las nuevas tecnologías en función de llegar con otros métodos a nuestras nuevas generaciones