La COVID y el foso
Puede el hombre, desde el amor, incorporarse una vez más. Al mundo le esperan otros desastres que no impedirán la vida
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Puede el hombre, desde el amor, incorporarse una vez más. Al mundo le esperan otros desastres que no impedirán la vida
Morir por la Patria unió a hombres y mujeres, amos y esclavos, blancos y negros en la misma hoguera del sacrificio colectivo. Manos de mujer cosen una herida o una bandera, nadie pudo negarles su puesto en la pelea. Van orgullosas, con el humo de las ciudades quemadas, antes que rendirlas al enemigo
Desde los propios Estados Unidos, Martí los denuncia con un dedo que apunta a una prisión del Estado de Nueva York, donde se levantaba a un hombre para matar sus mejores esperanzas
Vamos venciendo, pero no nos apuremos a volver a la carga de abrazos repartidos, a esa manía de andar mezclados entre la bulla y los afectos. Que la responsabilidad y la paciencia dominen nuestros actos
A la hora del juicio, Fidel invoca al Apóstol, Martí se mueve por la sala como un ángel con espada de fuego y hasta los enemigos sienten el raro orgullo de ser cubanos. El martillazo no lo da el juez, sino aquellas poderosas palabras: «¡Condenadme, no importa, la historia me absolverá!»
Este último tiroteo nace del mismo odio, del apetito por esta tierra, del egoísmo de los que convierten la libertad en mercado de balas y mentiras; en fin, viene la metralla por no aceptar que en este sur de la frontera queremos a Cuba, cubana, sin el yanqui en la costilla. Por mi parte, no odio, pero tampoco olvido
Esta mujer no aparece en los libros de historia, como tantas que guardan su heroísmo cotidiano en el silencio de las familias cubanas. Por eso, solo pido permiso para hablar de Laudelina, mi madre