ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

El 4 de abril de 1870, José Martí entra en las canteras de San Lázaro. Arrastra las cadenas y una pena de seis años de trabajos forzosos por el delito de infidencia. Tiene solo 17 años. Ya comprende que morir por la Patria es vivir.

Los padres de Martí hacen gestiones desesperadas por sacar a su hijo de aquel infierno. Los amigos pudientes de Don Mariano logran conmutar la pena por la deportación a Isla de Pinos. Y a esa isla llega el 13 de octubre de 1870. Trae latigazos en la espalda, los ojos dañados por la cal de las canteras, una llaga purulenta en el tobillo y otra que lastima la ingle. Trae un pedazo de hierro que guarda bajo la almohada.

Llega con la memoria de los que quedaron atrapados en el presidio: Nicolás del Castillo, un anciano de más de 70 años, o Lino Figueredo con apenas 12.

Las pesadillas agitan sus sueños, pero está en una Isla y las heridas no alimentan el odio. Ya viene marcado por el amor como energía revolucionaria.

Se instala el infidente en la casa del catalán José María Sardá. El arrendatario de las canteras es quien se arriesga y usa sus influencias para la libertad de José Martí; y lo trae a su propia casa, a la masía, construcción típica de Cataluña que adapta al clima caluroso de Cuba.

La casa está entre dos montañas marmóreas que se separan ligeramente por una abertura a través de la cual se puede pasar al otro lado. Lo recibe Trinidad Valdés, la esposa de Sardá.

Un manantial deja correr el agua que llega hasta la casa. Un horno de cal tal vez le recuerda los otros de las canteras. Pero el monte lo cura, y las manos maternales de Trinidad, quien se convierte en Leonor por dos meses y cinco días.

Todos los domingos debe presentarse el deportado al pase de lista que hacen las autoridades españolas. Lee los libros bíblicos que en la biblioteca tiene Sardá. El olor de café sale de la cocina que le queda tan cerca del cuarto. La ventana está de cara al sol. Todavía la ceiba no estaba allí dando sombra al techo del cuarto. Los pajarillos y las flores hacen su fiesta y el joven se lleva esa última imagen del campo cubano, se la lleva para España adonde es deportado en 1871.

No se conservan cartas ni versos que seguramente escribió en El Abra. ¿Estaban entre las que Doña Leonor quemó en 1881? Solo perduran dos dedicatorias de fotos, una de ellas a la esposa de Sardá: «Trina, solo siento haberla conocido a usted por la tristeza de tener que separarme tan pronto».

El 18 de diciembre de 1870 parte para Batabanó por el mismo río Las Casas donde entró un día hacia una pequeña tierra desconocida. Nadie sabía que por las venas de agua se iba quien sería el Apóstol de la independencia de Cuba.

Una palabra del diario de campaña de José Martí, el 11 de abril de 1895, nos deja una misteriosa clave, escribe: «Rumbo al abra». Desde mi tiempo alzo la vista y en el horizonte de los años se ve clarísimo el círculo: ha salido de un abra en 1870 y ahora vuelve al abra, a la orilla de una playa, como si estuviera todavía frente al portal de su tierra, en nombre de la libertad, abrazando a todos los que saben amar.

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Luis German Gonzalez S dijo:

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5 de diciembre de 2018

16:53:16


Pero en cuanto a formas, caben muchas ideas: y las cosas de hombres, hombres son quienes las hacen. Me conoce. En mí, solo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad.- Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros. El ABRA en Cuba, una muy aclaratoria Posición política y de Principio . Solo él y en la circunstancia que lo hizo. y con todo el merito del mundo depuso el cargo y se expuso al fragor del combate . valor mucho valor demostró .