La actual revolución liberal-conservadora, que a su modo y manera
asumen como ideario prácticamente todas las burguesías del mundo,
continúa su avance triunfal en el propósito de resucitar las líneas
básicas del capitalismo clásico.
Facilitada por los avances de la Revolución Tecnológica y por los
profundos desajustes que se han producido en la izquierda como fruto
de la represión salvaje en la periferia del sistema (el llamado
Tercer Mundo) y de la crisis en el movimiento obrero de inspiración
marxista en Europa, luego del derrumbe del campo socialista, la
burguesía no ve la necesidad imperiosa de introducir cambios en su
estrategia neoliberal (que es mucho más que un modelo económico)
profundizando en el desmantelamiento del Estado del Bienestar en
Europa, reduciendo a casi nada el gasto social en los Estados Unidos
y llevando a límites extremos su ofensiva en Asia, África y
Latinoamérica. En armonía con este renacer violento del liberalismo
clásico del laissez faire, del libre comercio y la libertad
plena del capital, vuelven a manifestarse con toda su crudeza las
contradicciones entre las potencias por el control de mercados y
fuentes de materias primas y las aventuras coloniales
correspondientes.
Al capitalismo actual no parece preocuparle que los conflictos
bélicos (por ahora en la periferia) lleven al enfrentamientos
directo entre las potencias y que la táctica de desplazar las
guerras a los países pobres tenga necesariamente sus límites. De
hecho, a pesar del vínculo estrecho entre las grandes economías, es
evidente que ya se han formado dos grandes bloques antagónicos, con
Occidente de una parte (por ahora bajo la hegemonía relativa de
Washington) y de otra, China, Rusia y en cierta medida las otras
"economías emergentes", sin excluir de este bando al Japón que a
pesar de sus relaciones con Occidente se mueve cada vez más en la
órbita china. Una nueva versión de la "guerra fría", otra forma del
enfrentamiento Oriente-Occidente.
Alentados por la temporal debilidad política y organizativa de
las clases laboriosas los gobiernos de la Unión Europea
"americanizan" el Viejo Continente a pasos acelerados, enfrentando
una oposición popular que si bien es cada vez más amplia y fuerte
aún no encuentra formas de lucha adecuadas a los retos del momento y
se mueve con cierta perplejidad entre la exigencia mayoritaria de
"recuperar la democracia" (secuestrada por "los mercados"),
reformando el capitalismo y las demandas aún minoritarias pero
crecientes que exigen no solo desmantelar el modelo neoliberal sino
al mismo sistema, entendido como el origen real de todos los
problemas. En el mundo rico se desgasta la legitimidad de la
democracia representativa y el sistema económico solo presagia un
horizonte plagado de incertidumbres. Además, el modelo del gran
consumo es claramente insostenible desde todo punto de vista, tal
como vienen denunciando desde hace décadas científicos y activistas.
Así, ni la sociedad ni la naturaleza compatibilizan ya con un orden
que fue revolucionario en su día pero que hoy aparece como el mayor
obstáculo para el bienestar colectivo.
La respuesta ciudadana ha sido más clara en Latinoamérica
precisamente porque aquí se aplicó primero y sin miramiento alguno
la estrategia neoliberal. Primero a través de las dictaduras civiles
y militares que casi eliminaron partidos, sindicatos y
organizaciones populares dejando entonces el campo libre a los
profetas del nuevo liberalismo; luego —a pesar de las victorias
populares—, el modelo se mantiene en las actuales democracias
recortadas y raquíticas tan típicas de este continente. La lucha
social consigue, sin embargo, introducir correcciones importantes y
allí en donde prevalecen las iniciativas reformistas más decididas
se alientan dinámicas sociales y políticas de corte nacionalista y
popular. Pero la clase dominante criolla y sus aliados extranjeros
conservan lo esencial del poder económico, monopolizan los medios de
comunicación, cuentan con el apoyo de las iglesias (casi todas muy
conservadoras) y mantienen intactos sus vínculos tradicionales con
los cuarteles. Y, si todo falla, queda como última medida la "guerra
humanitaria" para "recomponer el orden".
La ofensiva neoliberal también es muy amplia en Asia. Allí, donde
la estrategia neoliberal parece haber alcanzado su mayor éxito
podría tener igualmente su mayor derrota a nivel planetario.
No es menor la resistencia en otros países del área, destacándose
la revuelta del mundo islámico, sin dudas el campo de batalla más
sangriento en la actualidad, la forma más cruel de la renovada
dominación mundial del capitalismo. Las políticas neoliberales
tienen mucho que ver con el deterioro de las viejas estructuras de
dominación y con el enfático rechazo a lo que tantos allí consideran
una nueva cruzada del Occidente cristiano. De hecho, el anhelo de
mayor democracia política y económica no pasa necesariamente por
adoptar los modelos de occidente y es altamente significativo su
énfasis nacionalista en defensa de lo propio (incluyendo sus
recursos naturales). No por azar Occidente tiene allí su campo de
batalla más enconado, como también la comprobación de sus
debilidades estratégicas, sumido en unas guerras sin perspectiva de
triunfo que solo benefician al complejo militar-industrial mientras
agudizan los factores de la crisis estructural del sistema.
La actitud de la burguesía mundial desechando cualquier reforma,
empeñándose entonces en promover a fondo la guerra social en las
sociedades desarrolladas y la nueva cruzada colonial en la
periferia, no presagia precisamente tiempos de paz ni el triunfo
seguro del capitalismo. Desde esta perspectiva, no sería la primera
vez que caminos nuevos se iniciaran "rompiendo la cadena por su
eslabón más débil", es decir, las áreas menos desarrolladas del
sistema capitalista. La debilidad relativa del movimiento global de
oposición no es necesariamente una cuestión inmutable. La suya es
una crisis de crecimiento y su empuje puede convertirse en
insuperable si se alcanzan formas de organización y programas de
lucha que aglutinen suficientes fuerzas sociales para colapsar el
sistema. No solo en Europa sino particularmente en los países pobres
las acciones coordinadas y los procesos de integración regional
permiten márgenes de acción considerables frente al poder del
capitalismo mundial. La multipolaridad actual crea una situación muy
ventajosa a la hora de hacer frente a imposiciones imperialistas.
Para las naciones atrasadas ya no existe la alternativa del campo
socialista pero sí contradicciones entre las potencias que facilitan
salidas razonables a quienes emprendan un camino propio.
Y si no cambia sustancialmente el curso de las guerras en el
mundo musulman, nada indica que el brazo armado de Occidente —la
OTAN— esté en condiciones de garantizar victoria alguna. Puede, eso
si, destruir literalmente un país pero no consigue ocuparlo. Sus
tropas terminan ahogadas en medio de la resistencia popular y las
grandes ganancias que esas aventuras bélicas reportan a unos pocos
se convierten en pesada losa para su economía y en fuente de grandes
contradicciones con su propia población.
Por otra parte, ante el creciente descontento y la radicalización
de la protesta social en las metrópolis ¿se atreverá Occidente a
desmantelar también —además del Estado del Bienestar— todo el
entramado de derechos civiles del que goza hoy la ciudadanía?, ¿se
habrá llegado al punto de saturación a partir del cual las protestas
y el descontento social resultan toxinas que el sistema ya no puede
asimilar?