Fue
en Punta Brava, el modesto pueblito donde nací y termina hoy la
Ciudad de La Habana por el occidente, donde oí a mi hermana Onelia,
ser sensible y de vida muy fugaz, hablar de Alicia Alonso por vez
primera, aunque ella nunca la había visto bailar. La imagen de la
bailarina se corporizó poco después, cuando en un ejemplar de
Bohemia —revista por donde aprendí a leer antes de ir a la escuela—
se publicó una espectacular foto de ella, en una pose en
arabesque, en el ala de un avión, en el aeropuerto de Frankfurt,
ciudad alemana donde actuaba por entonces con el Ballet Theatre, de
Nueva York. Acababa yo de cumplir los nueve años de edad.
Llegó
después mi adolescencia y en ella apareció un ser que influyó
grandemente en mi formación cultural. Se llamaba Sixto Pablo Falcón
y era conocido como Sixtico. Su barbería era un centro fabuloso de
tertulias, donde se debatían los temas más disímiles: todo lo
referido a la música, ya que era alumno aventajado del célebre Guyún,
quien no solo le enseñó a tocar la guitarra, sino también a
fabricarla como un experimentado luthier. Ante su numerosa y
heterogénea clientela siempre le oí proclamar que Alicia Alonso "era
la más grande bailarina del mundo y que su mayor orgullo era ir por
el mundo proclamando su cubanía". Esa apasionada aseveración
contribuyó decisivamente a que desde entonces yo viera a Alicia como
un símbolo nacional, tan respetable como el himno, el escudo y la
bandera.
Entre las muchas cosas grandiosas que me propició el triunfo de
la Revolución está el encuentro directo con el arte de Alicia, lo
que ocurrió la noche del 1ro. de junio de 1959, en el Coliseo de la
Ciudad Deportiva, durante el cierre de la Operación Cultura, un
masivo acto organizado por la Federación Estudiantil Universitaria.
A partir de entonces, el privilegio de verla bailar se volvió
frecuente gracias a la Cooperativa de Arte Popular, maravillosa
iniciativa de la Revolución. En el antes exclusivo Auditorium,
recién bautizado como Teatro Amadeo Roldán, me inicié en el misterio
y la grandeza del arte de Alicia Alonso: Coppelia, los pas de
deux de Don Quijote y El cisne negro, el Grand pas
de Quatre, o los que eran para mí muestras extrañas de la otra
Alicia que yo no conocía, como fueron su rol de La Esposa en La
nueva Odisea; La Molinera en El sombrero de tres picos, o
La Gitana en Capricho español, en los que me mostró que el
ballet tenía otros medios expresivos, diferentes a los que yo
conocía en ese momento.
No comprendía yo por entonces la total grandeza de su Giselle,
la que me ponderaban de manera aplastante mis compañeros
universitarios de mayor experiencia con el teatro. Ella era para mí,
ante todo, la Odille maligna, que "echaba fuego por los ojos"
mientras se burlaba del príncipe Sigfrido. Con ese personaje aprendí
a contar, a ritmo con la audiencia, sus impecables fouettes, batidos
al lado, y sin desplazarse un milímetro; y a asombrarme con su
"Vaquita", en la segunda coda, que siempre supe que no era acrobacia
circense, aunque lograba cortar el aliento a todos los que
colmábamos el teatro.
A finales de la década del 60, cuando culminaba mis estudios de
Historia en la Universidad de La Habana, inicié inesperadamente un
trabajo de investigación que me permitió reconstruir la gloriosa
carrera de Alicia Alonso, así como la trayectoria del Ballet
Nacional de Cuba. Esa circunstancia propició una cercanía que me
facilitó conocerla como ser humano. Se abrió con ello un hechizo que
no se ha extinguido durante cuarenta y dos años.
Sería utópico pensar que yo pudiera, en tan breve espacio,
relatar las vivencias y enseñanzas recibidas. Solo me atrevo a
sintetizar diciendo que es muy difícil definir a una mujer que es,
única y múltiple, real y mítica, a la que muchos admiran como
leyenda intangible. Ella es un ser humano que, con su gran sentido
del humor, no presta atención al devenir de los calendarios si no es
para poner en agenda las nuevas coreografías que planea crear, los
pocos lugares que le quedan por conocer o los muchos planes por
realizar.
Es la Alicia nuestra, que aunque bañada de cosmopolitismo, adora
siempre oír el canto de nuestros gallos, la que gusta del olor a
salitre de su Malecón habanero, donde desearía comer mariquitas de
plátano frito, la que valora la mariposa y el coralillo como las
flores más exquisitas, o se fascina con los adelantos científicos y
los misterios del cosmos, la que afirma sin dubitación alguna que un
día tendrá entre sus manos un puñado de Debris, el polvo de
estrellas que hace millones de años dio origen a la Luna, para
hacerse un broche y lucirlo en su pecho el 21 de diciembre del 2120
cuando festeje los 200 años que está segura de vivir.