Un reencuentro imborrable

Ariel B. Coya

Ernest Miller Hemingway (1899-1961) lo consiguió. En apenas cuatro decenas de cuartillas depositó una fabulosa metáfora sobre la vida, y de la melancólica historia de un pescador de Cojímar, emergió El viejo y el mar (1952), una pieza de altísima literatura. Nada fortuito. El dios de bronce de las letras americanas fue tan genial que aprendió a pescar, incluso antes que a escribir, y a los tres años ya manejaba una caña a orillas del lago Wallon (Michigan), donde transcurrió su infancia.

"El talento consiste en cómo vive uno la vida", proclamó en otra de sus obras maestras —Las nieves del Kilimanjaro— y cabalmente consagró la suya propia a enarbolar esa divisa.

Así vivió tan intensamente como pudo. Viajó, escribió y peleó, defendiendo siempre las ideas que estimó justas. En una de las tres guerras que participó resultó herido de gravedad, pero no importó. Igual, con una rodilla rota, cargó en hombros a un soldado caído y le salvó la vida. Preso de la inactividad en un hospital, se enamoró perdidamente, terminó con el corazón hecho trizas, pero siguió en pie para luego contraer matrimonio cuatro veces.

No obstante, Hemingway tuvo, además, dos amores secretos, atados indisolublemente uno al otro. Jamás pudo abandonar la pesca y tampoco supo desligarse de Cuba, donde residió 20 años. Aquí echó raíces en su Finca Vigía junto a 18 variedades de mangos y una manada de gatos, degustó el sabor refrescante del daiquirí y los mojitos, y descubrió el placer de remontarse en su yate El Pilar por la corriente del Golfo. Dicho en palabras más breves: Fue feliz.

Quizá por ello al recibir el Nobel repitió varias veces que "el premio pertenecía a Cuba" como mismo afirmó después que la Revolución cubana era "indestructible y fabulosa". De ahí la trascendencia especial que cobra ahora la edición 60 del Torneo Internacional de Pesca de la Aguja que lleva su nombre, máxime cuando se cumple también medio siglo del encuentro que sostuvo con Fidel el 15 de mayo de 1960.

Entonces, recuerdan algunos, el egregio escritor asistió a la premiación del certamen, cuyo galardón individual lo ganó el líder revolucionario, tras acumular 986,68 puntos con cinco piezas a bordo del barco Cristal. Ambos conversaron animadamente, mientras sonreían ante los lentes de los fotógrafos.

Cuesta entender entonces por qué el gobierno de Estados Unidos negó el permiso de viaje a un grupo de pescadores norteamericanos que pretendían homenajear su memoria, junto a otros 130 competidores de unos 18 países. Es lamentable, como ocurre en El viejo y el mar, que ciertos "escualos" malogren la buena voluntad de un gran hombre.

 

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