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Aniversario 65 de la derrota del fascismo
El genio militar del siglo XX
Lázaro
Barredo Medina
En
el curso de la Segunda Guerra Mundial el alto mando de Hitler le
tenía pánico a este hombre pequeño, de anchos hombros. Era
sencillamente el azote de todos los hasta entonces conquistadores de
Europa, los encumbrados mariscales y generales de la Wehrmacht
(Fuerzas Armadas Alemanas).
Para los soviéticos, y en particular para Stalin, este era el
hombre de los momentos más difíciles, poseedor de una personalidad
que infundía confianza y respeto por su capacidad para resolver los
problemas de carácter estratégico, operativo o de organización
militar en las condiciones más increíbles.
El arte militar soviético brilló en los encarnizados combates de
la Gran Guerra Patria con la inteligencia, la sagacidad, la audacia
y la valentía de grandes jefes como Vasilievski, Rokossovski,
Vatutin, Konev, Malinovski, Meresskov, Tolbujin y muchos otros pero
sin lugar a dudas el más brillante de todos fue el Mariscal de la
Unión Soviética Gueorgui Konstantinovich Zhúkov.
Zhúkov, un joven campesino, comenzó en el Ejército Rojo en 1918.
Durante las duras jornadas de la guerra civil empieza a descollar
como un jefe de perspectivas y ocupa distintos puestos de mando.
Comenzó como jefe de sección y ya en la década del 30 ocupa el cargo
de comandante de ejército en una región militar. En 1941 es nombrado
Jefe de Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Soviéticas y en
1942 es el vicejefe supremo.
En su obra El Bloqueo, el escritor Alexander Chakovski
describe al Mariscal:
"Era un estratega militar hasta el tuétano. No necesitaba
esforzarse para hablar en términos militares. Simplemente no podía
pensar de otra manera. El mapa militar le decía más que cualquier
detallada descripción verbal.
"Como el escritor que reconstruye en la imaginación los tipos y
acontecimientos de la futura novela, Zhúkov, mirando el mapa, no
reconstruía simplemente el cuadro del pasado combate; sabía prever
el carácter de la futura batalla; en contados minutos desplegaba sus
distintas variantes, primero a su favor y luego a favor del enemigo,
sabía abstraerse temporalmente de sí mismo y encarnar al enemigo
para, luego, volviendo a ser quien era, sopesar los propósitos del
adversario..."
El jefe de las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial y
posteriormente Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica,
General "Ike" Eisenhower, se vio obligado a escribir en una
oportunidad: "Estoy convencido que los cadetes de nuestras
instituciones militar-didácticas superiores estudiarán las
operaciones de Moscú, Stanligrando y Berlín al igual que estudian la
batalla de Cannes. Los nombres de Zhúkov y de otros jefes militares
soviéticos se pronunciarán como nombres de grandes maestros de su
arte".
NUNCA CONOCIÓ LA DERROTA
Fue Zhúkov quizás uno de los poquísimos jefes de grandes
concentraciones de tropas que durante todo el curso de la guerra no
fue jamás derrotado. En 1939 comandó a las tropas soviéticas que en
misión internacionalista vencieron a los nacionalistas japoneses que
habían invadido el territorio de la República Popular de Mongolia.
Al comenzar la Gran Guerra Patria en 1941, Zhúkov ocupaba la alta
responsabilidad de Jefe del Estado Mayor General del Ejército Rojo.
Quienes hayan podido leer la testimonial obra del Mariscal,
Memorias y meditaciones, habrán podido conocer los angustiosos
pormenores de aquella jornada de 1941.
Eran días difíciles para los soviéticos, con estupor conocían
cómo las cuñas acorazadas alemanas avanzaban impetuosamente por
todas partes, al parecer indetenibles.
Precisamente en medio de aquel dramatismo Zhúkov había tenido un
altercado con Stalin. Como Jefe del Estado Mayor General había
propuesto retirar a todas las tropas soviéticas de la ciudad de
Kiev, la capital de Ucrania, para que hicieran una activa defensa a
la otra orilla del caudaloso río Dnieper y poder detener el avance
alemán, así como preparar una contraofensiva en el saliente de Etnia
para evitar la ofensiva directa sobre Moscú.
Cuando Zhúkov hizo aquella argumentada proposición que
significaba entregar a Kiev a los alemanes, Stalin se puso furioso y
lo recriminó "usted está diciendo una sarta de disparates".
Aquello disgustó al entonces General Zhúkov: "Si usted considera
que el Jefe de Estado Mayor General es únicamente capaz de elucubrar
disparates, nada tengo que hacer aquí y pido marchar al frente", le
respondió.
Stalin pensó que a aquel joven General se le habían subido "los
humos a la cabeza". No quiso razonar suficientemente sobre aquella
propuesta y lo destituyó del alto cargo de Jefe del Estado Mayor,
enviándolo al frente de las tropas en el saliente de Etnia.
El no tomar en consideración aquellas ideas del brillante jefe
militar significó una tremenda catástrofe para las tropas soviéticas
cuando los alemanes embistieron, pues al atacar a Kiev obligaron a
varios ejércitos soviéticos a retirarse desorganizadamente y al no
tener el tiempo necesario para atravesar el río fueron totalmente
diezmados.
Mientras tanto, comandando el Frente de Reserva, adonde lo había
enviado Stalin, el general Zhúkov preparó el contragolpe en el
llamado saliente de Etnia y propinó a las tropas hitlerianas una de
sus primeras grandes derrotas en el curso de la Segunda Guerra
Mundial.
EN LENINGRADO, MOSCÚ, STALINGRADO...
Pocas semanas después, y ante la catastrófica situación de
Leningrado, cuando ya el enemigo se encontraba en los arrabales de
la heroica ciudad, cuna de la Gran Revolución de Octubre, Stalin
llamó al General de Ejército Zhúkov para que asumiera el mando de
ese Frente.
Y con amargura le dijo:
"Leningrado se encuentra en una situación sumamente difícil. O
detienes a los alemanes o pereces con los demás. No hay otro
camino."
"No contener", "no defenderse", "no cerrar el paso al enemigo",
sino precisamente derrotar, esa fue la sicología que imprimió Zhúkov
a la tarea planteada a los jefes militares del Frente de Leningrado
cuando más arreciaban los ataques fascistas.
En tres semanas, desde el momento en que asumiera la jefatura del
frente de Leningrado, Zhúkov estabilizó la situación e hizo fracasar
los reiterados intentos de apoderase de la ciudad de Lenin,
propinándoles tremendos golpes a las tropas enemigas.
Pocos días más tarde era requerido ante el Gran Cuartel General
del Mando Supremo soviético para que asumiese la responsabilidad de
la defensa de Moscú.
La batalla de Moscú, comandada por Zhúkov, testimonió la crecida
madurez estratégica y táctico-operativa de este jefe y la heróica
resistencia combativa de las tropas a su mando.
Con un potencial muy superior en tropas y armamentos los
hitlerianos no pudieron conquistar la capital de la Unión Soviética,
pese a que sus fuerzas principales llegaron a escasos kilómetros de
la ciudad.
En noviembre de 1941, la situación se tornó muy seria,
extremadamente seria; en el mundo se pensaba que Moscú no aguantaría
aquella furia de fuego y metralla.
Por esos tiempos Stalin llamó telefónicamente a Zhúkov:
"¿Está usted seguro de que mantendremos Moscú? Le hago esta
pregunta con dolor en el corazón. Hable honradamente, como
comunista."
"—Moscú la mantendremos", fue la respuesta categórica de Zhúkov.
Esa seguridad, respaldada por las arrojadas acciones de los
combatientes soviéticos, fue lo decisivo. La contraofensiva
soviética, emprendida aún sin contar con la superioridad numérica
sobre el enemigo, le costó a los alemanes la pérdida de medio millón
de hombres, mil trescientos tanques, dos mil quinientos cañones y
mucho otro material bélico, siendo arrojados hasta 150 y 300
kilómetros de Moscú.
La derrota ante la capital soviética obligó a Hitler a dirigir su
ofensiva hacia el sur, en dirección a Stalingrado.
Aquí la situación fue muy seria para las tropas soviéticas, que
no pudieron contener la ofensiva alemana. Stalin nombró entonces a
Zhúkov su segundo al mando y lo envió a coordinar las acciones de
defensa y posterior derrota del enemigo. Defendiendo cada casa, cada
metro de tierra, los alemanes fueron detenidos por los heroicos
defensores al borde mismo del río Volga.
Zhúkov, junto al mariscal Alexander Valisevski, Jefe del Estado
Mayor General en esos momentos, elaboró el plan de cerco y
aniquilamiento de la agrupación de ejércitos alemanes comandados por
Von Paulus, batalla que representó el viraje histórico de la Segunda
Guerra Mundial.
EN KURSK, BIELORRUSIA Y BERLÍN
De toda la Segunda Guerra la batalla más importante fue sin duda
la librada en el Arco de Kursk, fue la célebre batalla de los
tanques (por las miles de unidades blindadas que contendieron).
Zhúkov tuvo a su cargo la planificación de las operaciones y
posterior conducción de las tropas.
Pero su mérito mayor en esta batalla la libró en la reunión del
Comité Estatal de Defensa y el Gran Cuartel General de la URSS donde
logró convencer a Stalin y al resto de los jefes militares de que la
decisión correcta (como luego se evidenció) era la de dejar que los
alemanes tomasen la iniciativa en la ofensiva y desangrarlos en
combates defensivos y, luego, pasar a la contraofensiva y
aniquilarlos. Todo se cumplió según lo previsto.
Iguales resultados victoriosos tuvo el Mariscal en las batallas
del Dnieper-Cárpatos, Bielorrusia y en el Vístula-Oder.
Su maestría quedó evidenciada por último en la conducción de las
tropas que tomaron Berlín, destruyendo en breves días a una
agrupación nazi integrada por más de un millón de soldados y
oficiales y cuantiosos medios técnicos de artillería, blindados y
aviación.
Por esos extraordinarios méritos, Gueorgui Konstantinovich Zhúkov
sería el representante del Alto Mando Soviético en el acto de
capitulación de las tropas hitlerianas y el revistador de las tropas
en la histórica Parada de la Victoria, celebrada en Moscú semanas
después del cese de la guerra.
Por esos méritos sería el único soviético que emergiera de la
guerra ostentando en su pecho cuatro Estrellas de Oro de Héroe de la
Unión Soviética, máxima condecoración en la patria de Lenin. |