El apartamento, limpio, ordenado, pintado de un tenue color
crema. En el balcón, a un costado está sentado un hombre con
espejuelos negros, de piel muy blanca, casi rosada. Entre los dedos
de su mano derecha aprieta un tabaco delgado, apagado, que parece
haber nacido con él. Es una leyenda del béisbol mundial. Un símbolo
de cubanía.
Conrado Eugenio Marrero Ramos cumplirá el próximo domingo 25 de
abril 99 años. Nació en una finca llamada Laberinto, muy cerca de
Sagua la Grande, en 1911. Es uno de los dos ex peloteros con
participación en Grandes Ligas de más edad en el mundo. El otro,
Anthony Malinowski, un jugador de cuadro que participó en 35
desafíos con los Dodgers de Brooklyn en 1937 y se convirtió en
centenario el 5 de octubre del año pasado.
Pero la carrera de Malinowski no se puede comparar con la de
Marrero, quien estuvo activo por más de dos décadas. Jugó en cinco
campeonatos mundiales y en cuatro de ellos contribuyó a que el
equipo Cuba fuera campeón. Llegó a las Grandes Ligas con 39 años y
ganó 39 juegos, antes de retirarse a los 43. En toda su carrera
obtuvo más de 360 victorias.
Cuando le pregunto cómo se siente... "Chico, ¿cómo tú crees
que me sienta después de haber dado tantas vueltas en casi 100
años?."
La visión ya no le acompaña. Su voz, rajada, como de sonero,
retumba en toda la habitación. Viste elegante, con pantalón
carmelita oscuro, pulóver azul brillante, sandalias de piel. Su
memoria es aún prodigiosa. Recuerda los inicios en Laberinto, los
nombres de los que jugaron con y contra él, las veces que le ganó a
los Yankees, los tres ponches que le propinó una vez a un bateador
de la clase de Claro Duany ("y pudieron ser cuatro, pero el
‘ampayer’ me dijo que si no me daba pena no dejar batear a un hombre
como él").
¿Cómo se inició en el béisbol?
"Yo tenía unos 13-14 años, bastante "espigadito" para aquel
entonces. Jugaba en los campos, los domingos venía gente de otros
lugares, montada en un camión, y me ponían en el ‘siol’ o la
tercera. Pero un domingo al pitcher de mi equipo le entraron a
palos, explotó, y yo fui el que lo relevó. De ahí en adelante
comenzó mi carrera como lanzador, nunca más jugué otra posición. Me
venían a buscar de Isabela de Sagua, de Cienfuegos, hasta que entré
a jugar con los cienfuegueros."
¿Quién lo enseñó a lanzar?
"¿A lanzar? ¡Nadie! Esos eran otros tiempos, no había
entrenadores por todas partes como ahora. Yo me fijaba en los que
tenían más edad que yo. Sabía que no poseía mucha velocidad y empecé
a tirar curvas y a trabajar con el control. Pitcher sin control no
es pitcher. Después aprendí a tirar la slider y con esos dos
lanzamientos llegué hasta las Grandes Ligas."
Su nieto, Rogelio, trae una pelota y Marrero comienza a darme una
lección de pitcheo: "Mira, yo ponía los dedos así, arriba de las
costuras, para tirar la slider. Apretaba bien la pelota y me salía
con velocidad, tiraba la slider más duro que la recta, por eso la
usaba tanto".
Hoy en día se ha puesto de moda dirigir el pitcheo desde el
banco. ¿Lo dirigían a usted cuando lanzaba?
"A mi nunca nadie me dirigió. El catcher y yo llevábamos el
juego. El pitcher tiene que tener memoria y recordar con qué
lanzamiento le dieron un batazo y no repetirlo cuando llega de nuevo
ese bateador. Recordaba siempre con qué bola me daban un batazo. Una
vez Luque (Adolfo) salió del banco y llegó hasta el box para decirme
cómo tenía que lanzarle a un jonronero llamado Dick Sisler. Le dije:
¿y usted qué hace aquí? Yo sé cómo lanzarle a Sisler."
A los 39 años, una edad a la que muchos lanzadores hoy en día ya
están acogidos al retiro, Marrero llegó a las Grandes Ligas a jugar
con los Senadores de Washington, un equipo cuyo lema era todo un
canto a la prepotencia yanki: Washington, primero en la guerra,
primero en la paz... y último en la Liga Americana, la única verdad
de toda la frase.
¿Cómo llegó?
"Cambria (Joe), el scout que nos firmó a casi todos nosotros, me
trajo un recado del dueño de los Senadores: Marrero, dice Griffith
que tú ganas más dinero que lo establecido en una liga como la de la
Florida. Tienes que irte a lanzar con los Senadores. Yo le contesté
que me diera un tiempo, pues esa temporada yo había lanzado más de
300 innings entre el Almendares y el Havana Cubans. Así fue y el año
siguiente, 1950, debuté con los Senadores.
"No me fue mal. Llegué como se dice ya viejo, sin tener la
estatura y el peso de otros, a lanzar con un equipo que ni bateaba
ni fildeaba y tenía pocos relevistas. Muchas veces le decía a Bucky
Harris (el mentor) que me sacara y el me contestaba que aguantara,
que no tenía a nadie para relevar. Una vez perdí un duelo con Bob
Feller, uno de los pitchers que yo he visto tirar más duro, porque
con las bases llenas y dos outs el ‘siol’ cogió un roletazo, la
segunda no entró y el no tiró a primera. Si yo hubiera jugado con
los Yankees, ganaba diez juegos más por año."
Un consejo a los lanzadores de hoy.
"Cuando yo veía la televisión observé a muchos pitchers que no
saben caer. Meten demasiado afuera la pierna delantera y casi se van
de lado. Si le tocan la bola no pueden sacar out. También no usan
toda la tabla de lanzar, se quedan en una esquina y de ahí lo tiran
todo, no se mueven de acuerdo con el lanzamiento que van a lanzar,
si es adentro o afuera."
¿Me invitará a la fiesta el próximo año, cuando cumpla los 100?
Su respuesta me hace reír tanto como a la entrada: "Yo te invito,
pero te va a costar trabajo entrar, con tanto viejo que se va a
reunir aquí".
¡Qué pitcher!
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Marrero en cifras