José
Saramago dijo sentirse emocionado tras ver el filme que realizara
Fernando Meirelles sobre su novela Ensayo sobre la ceguera,
uno de los grandes títulos del premio Nobel de Literatura. Pero esta
película que ahora se exhibe como uno de los platos fuertes del 30
Festival del Nuevo Cine, ha conocido en pocos meses las opiniones
más encontradas: mientras unos la elevan a dimensiones de obra
maestra, otros alegan que no es para tanto, y no faltan los que
confiesan haber abandonado el cine sin concluir el metraje.
Existe también la opinión de aquellos que leyeron la novela y
—como suele ocurrir–– al demandar pasajes y profundidades dejados a
un lado debido a la obligada síntesis, olvidan que el literario y el
fílmico son dos lenguajes diferentes.
Las cinematografías de Brasil, Canadá y Japón aunaron fuerzas
para armar esta historia a ratos cruel, a ratos consoladora, llena
de símbolos acerca de la sociedad moderna y la posibilidad de que
una catástrofe mundial saque a relucir las condiciones más oscuras
del ser humano, en medio de una lucha por la subsistencia.
El lugar donde ocurren los hechos no se precisa, pero resulta
innecesario porque lo que importa es la atmósfera apocalíptica y de
claustrofobia que se obtiene gracias a que estamos ante un hecho
dramático de visualidad impactante, digamos que más aún que el
tejido de su dramaturgia, a ratos adivinable y deudora de otros
filmes que se centran en mundos futuros viviendo en el espeluzno,
entre ellos El hijo del hombre, del mexicano Cuarón y también
La peste, de Luis Puenzo.
No hay duda de que Meirelles, en carrera ascendente luego de su
aplaudida Ciudad de Dios, ha logrado acercarse con eficacia
al universo caótico y de poética advertencia descrito por Saramago,
pero su filme es de esos que tras una grata impresión, llegada la
hora del análisis, deja ver desequilibrios en la narración y hasta
en el desenvolvimiento de hechos y personajes.
Algo así como un filme importante, pero con hendijas.