|
Las laticas . . . al iglú
LOURDES PÉREZ
NAVARRO
Oye, ¿viste?, pusieron
un teléfono en la arena, le dice entre risas un joven a otro
mientras caminan por la orilla de la playa de Guanabo. El aludido se
detiene dudoso ante una gran campana plástica de color amarillo con
una apertura pequeña cercana al borde superior, rodeada por una
palanca de metal... ¿Esto, un teléfono?, dice incrédulo.
Dos niñas, ajenas al
diálogo, con su actitud desmienten al bromista. Cada una trae en
sus manos laticas de refresco. Paradas frente al equipo introducen
uno de estos envases por el hueco y bajan la palanca. De inmediato
escuchan cómo se aplasta el metal y choca con otros en su caída.
Al iglú deben ir a parar todas las latas de aluminio que desechan los playeros.
Se trata de un iglú,
aseguró Bertha Álvarez Bauzá, directora de Productos No Ferrosos,
cuando acudimos a la sede de la Unión de Empresas de Recuperación
de Materias Primas (UERMP) en busca de información, luego de
presenciar esta escena y percatarnos de que a un lado del equipo,
junto al logotipo que caracteriza a esa entidad, un letrero rezaba: Solo
latas de aluminio. Deposítanos en este contenedor. Gracias.
Estos contenedores
compactadores llamados iglú por su parecido a la casa de los
esquimales —elaborados en plástico o metal, en forma de campana o
cesto—, pueden ser vistos en algunas escuelas (los más pequeños)
y en zonas turísticas como Varadero, Playas del Este, Guardalavaca
y Cayo Coco.
En ocasiones son blanco
de maltratos y golpes, o les introducen objetos para los que no
están creados. Los que así actúan no se percatan de la importante
función que tienen.
LAS LATAS SON
RECUPERABLES
Hoy día es usual ver
laticas de refresco, malta y cerveza tiradas en cualquier lugar:
calles, aceras, jardines, la arena o en cestos y latones de basura.
Forman parte de un ejército de reservorios de insectos y otros
vectores de enfermedades.
Sin embargo, el aluminio
(metal con el que están confeccionadas) es considerado el material
más valioso de los que pueden encontrarse en la basura, por el alto
precio al que se comercializa la tonelada de esta chatarra en la
actualidad. Su venta, fundamentalmente al exterior, el pasado año
generó ingresos por más de un millón de dólares.
En la última década la
recuperación de envases metálicos ha mostrado un salto
cuantitativamente significativo. Según las estadísticas, entre los
años 1992 y 1994 circularon en el país cerca de 20 millones de
envases, de los que solo se recuperaron aproximadamente tres
millones por año (15%). Ya en 1997 la circulación alcanzó los 170
millones de laticas y fueron rescatadas 36 millones (21%).
Al año siguiente se
dieron los primeros pasos en un proceso inversionista, dirigido a
dotar a las empresas recuperadoras de materia prima de medios
especializados y recursos para el acopio y procesamiento de este
desecho. Para lograr que el aluminio llegara hasta las instalaciones
encargadas de ello se explotaron diversas vías: las casas de
compra, la red comercial y la colaboración de cederistas y
pioneros.
Los resultados no se
hicieron esperar. Al cierre de diciembre del 2003 fueron recuperados
138 millones de envases, el 60% de los que circularon en el año. En
el área internacional solamente superan estas cifras Brasil (87%),
Japón (83%) y Canadá (68%).
Según fuentes
especializadas, además de ser una actividad rentable, el reciclado
de aluminio ahorra hasta el 95% de la energía al producirlo a
partir de chatarra; el material obtenido tiene un alto valor en
comparación con el metal primario.
La UERMP se ha propuesto
para el año que transcurre recuperar más del 65% del envase de
aluminio que circule en el país.
Si actuamos como lo
hicieron aquellas niñas en la playa, además de eliminar de la
arena desechos que demorarían 500 años en degradarse, estaríamos
ayudando a reciclar un tipo de chatarra que aporta a la nación una
cantidad nada despreciable de divisas. |