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Matrix 3, la estafa
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
Matrix
revolutions, de estreno en los cines Payret y Riviera, más que un
magnífico exponente de sequedad imaginativa en cuanto a lo que una
vez fue una idea brillante, pasará, no a la historia del cine, sino
más bien a los anales delictivos, con una rotundidad de timo
cinematográfico.
El principio del
expediente comenzó en 1999 con una película sustentada en una idea
magnífica y nunca antes explotada de forma tan original: The
Matrix, de los hermanos Wachovski, acerca de la supervivencia
entre humanos y máquinas ultramodernas, logró captar una
atmósfera de revelaciones futuristas, que a muchos fascinó por la
habilidad de aunar los combates corpóreos con pespuntes
filosóficos elaborados de manera de provocar el interés de
diversos tipos de espectadores.
Clima de suspenso,
música, actuaciones, vestuario, la fascinación de penetrar mundos
ocultos sin llegar a abrir del todo sus puertas, universos echados
al vuelo con la promesa implícita de que sus revelaciones serían
cuestión de esperar próximas entregas fílmicas, dieron lugar a
algo más que a una expectación general: ¡Fue el triunfo de la
matrixmanía! (y ya se sabe que en el mundo del comercio cultural,
esa "manía", colgada a cualquier sustantivo, es señal de
mucho dinero al bolsillo de los que la practiquen del lado
inversionista).
Aquel primer Matrix,
ganador de cuatro Oscar, hizo esperar a millones de enamorados a la
puerta de la iglesia: ¿Cuándo llegaría la continuación? ¿Qué
sucedería con Neo y con Trinity? ¡Cuánta tortura de la espera!
Sabedores de que tenían
en sus manos la gallina de los huevos de oro, los productores
alimentaron aquella dilación con la promesa de que presupuestos
millonarios convertirían en algo "todavía superior" a
las dos entregas que estaban por llegar. Mientras tanto, ahí
estaban los videojuegos, los discos, los muñecos Matrix, los
espejuelos "a los Matrix", entretenimientos para ir
gastando hasta que, al cabo de cuatro años, con solo seis meses de
separación, llegaron Matrix Reloaded y esta tercera y
última entrega que hoy nos ocupa, Matrix Revolutions.
Ambos estrenos se
convirtieron en una operación interplanetaria al exhibirse al
unísono en cines de más de cien países, tras una propaganda
fabulosa sustentada en la promesa de que se vería lo nunca visto.
La segunda parte cumplió poco de lo anunciado y no faltaron las
cejas enarcadas para peguntarse ¿y esto qué cosa es? Aunque le
llovieron las críticas decepcionantes, en muchas de ellas se
deslizaba, sin embargo, una mano conciliadora al considerarla una
película "de transición". ¡Lo bueno estaba por llegar!
Medio año después, Matrix
Revolutions rompía record de taquilla al recaudar en un solo
fin de semana, en 106 países, 204 millones de dólares. Pero el
rictus de decepción, de la angustia ante la trampa, no había dios
capaz de borrarlo del rostro de los espectadores. No obstante el
mucho dinero con que habían contado los hermanos Wachovski y el
derroche de efectos especiales, era evidente que el cerebro de ambos
estaba desjugado y allí donde un día creciera la fertilidad
ingeniosa, solo quedaba aridez disfrazada de vacua espectacularidad:
Los dos filmes estaban alargados innecesariamente con el único fin
de una fácil recaudación. Matrix Revolutions se convertía
así en un cierre confuso para la trilogía, lleno de cabos sueltos,
sin magia, exhausto no obstante su envoltura de magnificencias,
lleno de patadas y trompadas al estilo del peor cine clase B, con
una música que era una repetición de la anterior y actuaciones sin
brillo porque sus actores sabían que aquello no daba para más.
"¿Cómo algo tan
agradable se convirtió en algo tan estúpido?", se preguntó
el crítico de Los Ángeles Times.
Y fue moderado. Porque
palabras muy subidas de tono se utilizaron en otros medios para
calificar lo que pasará a la historia —mientras sus productores
estén todavía contando lo que dejó la recaudación— como "la
estafa Matrix".
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