ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Por uno solo, solo uno que haya descubierto que el arte le cura a uno algo adentro habrá valido la pena. Foto: Ernesto Cuní / La Jiribilla 

Las expediciones culturales son –si se piensa fríamente– cosa de un día para las comunidades y barrios beneficiados. Organizadas por el Ministerio de Cultura, sus institutos y consejos, movilizan a artistas de todas las manifestaciones, para ofrecer una jornada destinada a la infancia y a los adultos.

Visto así, valdría preguntarse: ¿qué verdadero impacto puede tener en la vida de las personas una propuesta que llega un sábado y se marcha?; sobre todo, cuando muchas veces se trata de lugares alejados de los centros culturales de la ciudad, o donde –en medio de las múltiples carencias de la cotidianidad– buena parte de las familias no privilegian el acercamiento al arte, ni siquiera como una vía de esparcimiento.

Cuando recibí la invitación a participar en la expedición cultural a Centro Habana, me pregunté esas cosas y otras más personales: ¿qué poemas voy a leer yo en el parque El Curita, un lugar populoso, conocido por ser nodo comercial y de transporte? No podía imaginar a mis potenciales oyentes en medio del bullir de una Habana atravesada por el calor, la falta de corriente eléctrica y todos los otros males de una ciudad sometida a un asedio bárbaro, medieval.

Pero fui, neófita en tales menesteres, y con más entusiasmo que dominio de la situación.

Aunque ese sábado llovió con ganas, no se suspendió la expedición. Cuando llegué, apenas acababa de empezar la parte infantil. Si bien no había una multitud de espectadores, sí estaban llenas todas las sillas: niñas y niños a quienes sus padres llevaron, vestidos con la ropita de los acontecimientos importantes; otros que pasaron de la mano de sus abuelos, camino a alguna gestión de fin de semana, y se quedaron; y algunos que detuvieron sus juegos por los alrededores, al parecer con escaso o ningún control familiar, y se sentaron llamados por la música y las estridencias del payaso.

Del escenario se adueñaron también los proyectos culturales de la zona, cuerpos pequeños y voces que tantean la grandeza futura, felices de esa tarima mínima convertida en escenario gigante para demostrar lo que pueden hacer, ante sus padres, primos, vecinos.

Quienes veían bailaron con los títeres y saltaron en un solo pie, y rieron, con unas carcajadas capaces de aguarnos los ojos a los grandes. Y, luego, cuando fue el tiempo de estos últimos, leí mis poemas junto a otros escritores; actores de la telenovela cubana actual contaron de su experiencia; cantó un músico; una directora de teatro habló de la obra de Martí que acto seguido presentaría.

Los grandes también sonrieron y se emocionaron; incluso esos que, como algunos niños, tienen los ojos duros y los hombros encorvados por el mucho peso de la realidad; los que iban o venían con una jabita al hombro y detuvieron su marcha para escuchar: un breve descanso para el alma.

De entre aquellos asistentes, surgieron Samira y su amiga. Querían leer sus poemas, escritos con la profesora de la casa de cultura de Los Sitios. Sobreponiéndose a la timidez, quizá tocaron por primera vez un micrófono, y quizá por primera vez leyeron en voz alta para extraños sus textos sobre la Patria, y Céspedes, y sus sueños de niñas.

Después de los aplausos fueron a esconderse en el regazo de quienes las acompañaban; pero si se les habían coloreado las mejillas, también parecía que iban a estar sonriendo para siempre, o quizá solo hasta por la noche. Cuando me fui, los propios niños acomodaban las sillas para la proyección de una película infantil.

Es cierto que había sido cosa de una vez aquella expedición cultural en ese sitio específico. Y, sin embargo, ¿cuánto duraría el entusiasmo de Samira y sus deseos de escribir? ¿Qué mundos se abrirían para aquel muchacho cuyo padre le compró un libro de cuentos de los hermanos Grimm? ¿No habría otra que soñará protagonizar una telenovela? ¿Y aquel que querrá cantar?

Por uno solo, solo uno que haya descubierto que el arte le cura a uno algo adentro habrá valido la pena; así como la habrá valido si alguien, adulto ya, que se sentía desfallecer, encontró la pausa necesaria cantando Yolanda, o al descubrir que los actores y actrices, tan glamurosos, también se enferman de chikungunya, y sufren apagones, y pasan mil y un trabajos para filmar porque no hay combustible.

La cultura puede ser una semilla muy fértil. Claro que no basta con una expedición cultural, que hace falta el instructor en la escuela, y el artista que abra las puertas de su casa o taller al barrio, y los proyectos comunitarios, y que las instituciones culturales resistan y abran puertas; pero es valioso todo acercamiento del arte a la gente. Nunca se sabe qué destino cambie; incluso el de los artistas, que regresamos transidos por la belleza y la humildad.

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