ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Cortesía del profesor Luis Enrique

Originado a partir de una zona de mal tiempo en el sur del mar Caribe occidental y después de desplazarse con rumbo aproximado al nortenoroeste, en la mañana del 20 de octubre de 1926 uno de los huracanes más intensos que azotó a La Habana en el siglo XX, penetró en tierra por las inmediaciones de Playa Cajío, luego de cruzar de sur a norte a la entonces Isla de Pinos.

Como describió el meteorólogo cubano Roberto Ortiz Héctor, cuyo padre dejó grabada para la historia la notable fuerza del viento al tomar la foto de una palma real atravesada por una viga de madera, en la zona urbana de Batabanó, ese día la ciudad pareció volar, viviendo sus habitantes horas de verdadero pánico.

Si bien la velocidad máxima del viento no pudo registrarse al dejar de funcionar los anemómetros del Observatorio Nacional luego de registrar 195 kilómetros por hora de manera sostenida, una investigación realizada por el profesor Luis Enrique Ramos Guadalupe, coordinador de la Comisión de Historia de la Sociedad Meteorológica de Cuba (SometCuba) y el joven especialista Carlos Manuel González, lamentablemente fallecido, sugiere que pudieron sobrepasar los 235 km/h.

Ese valor, unido a la medición de una presión mínima central de 950 hectoPascal, permiten afirmar que se trató de un huracán de Categoría 4, en la actual escala Saffir-Simpson, de un máximo de 5.

Según lo planteado por los autores del estudio, una parte considerable de los árboles ubicados en los grandes parques y la vía pública de la urbe, fueron arrancados de raíz.

Una muestra de la notable intensidad del viento es que resultó capaz de retorcer y derribar sólidas estructuras de acero en varias industrias y otras instalaciones. Así, sucedió en el antiguo central Toledo, donde los perfiles conformados con ese metal que sostenían el techo, se desplomaron por completo y destruyeron casi toda la maquinaria y dos locomotoras. También abatió las chimeneas. 

En opinión del profesor Ramos Guadalupe, el huracán del 26, como lo llamaron los habaneros de la época, resultó el primero en impactar con severidad la infraestructura técnica de La Habana moderna, al ocasionar daños muy costosos en las redes de transmisión eléctrica, telefonía, torres de radio, distribución del gas, el acueducto de Albear y el canal de Vento.

Igualmente, produjo lluvias intensas con acumulados de hasta 500 milímetros en 24 horas. Las fuertes marejadas provocaron el hundimiento de un alto número de embarcaciones ancladas en el puerto, mientras que cuando salió de tierra firme por las cercanías del poblado de Cojimar, produjo una fuerte inundación costera a lo largo del litoral habanero.

En algunos puntos específicos, las aguas avanzaron 500 metros dentro de la ciudad. La surgencia o sobreelevación del nivel de la mar reportada en Surgidero de Batabanó al entrar el meteoro por la costa sur llegó a tres metros de altura.

Los informes oficiales situaron en 583 la cifra de fallecidos y en más de cinco mil los lesionados.

Tuvo la peculiaridad de que los primeros avisos referidos al peligro que representaba el huracán para el occidente cubano, se emitieron por el Observatorio Nacional y fueron publicados en la prensa con 48 horas de antelación.

Foto: Cortesía del profesor Luis Enrique
Foto: Cortesía del profesor Luis Enrique
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