ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Armando Hart, el intelectual que fundó y condujo el Ministerio de Cultura de Cuba durante más de dos décadas. Foto: Raúl Corrales

Especial significación adquiere esta Jornada por la Cultura Cubana que –celebrando efemérides de especial relevancia, como los 40 años de la Asociación Hermanos Saíz, el Centenario de Fidel Castro Ruz y los 65 años de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, entre otras– alcanza su cúspide hoy 20 de octubre, Día de la Cultura Nacional.

Uno de los leitmotiv de esta jornada lo constituye el aniversario 50 del Ministerio de Cultura, creado en 1976 y cuyo ministro fundador fue Armando Hart Dávalos.

El destacado intelectual, cuyo accionar se vincula a la Campaña de Alfabetización y al desarrollo cultural de la Isla, desempeñó ese cargo desde inicios de 1976 hasta 1997; periodo en el que organizó las instituciones que hoy garantizan el desarrollo artístico, e impulsó el sistema de premios nacionales, casas de cultura, bibliotecas y museos municipales.

A decir de Hart, en sus inicios la Revolución Cubana significó un suceso cultural por excelencia que representó un despertar para una gran parte del pueblo, tanto en la calidad de vida como en el devenir creativo.

Sin embargo, el proceso no estuvo exento de errores, que impulsaron el periodo que hoy conocemos como Quinquenio Gris (1971-1975), término acuñado por Ambrosio Fornet, en el cual imperó una desviación de la política cultural de la Revolución que había sido enunciada por Fidel en su discurso conocido como Palabras a los intelectuales. La rectificación, en gran medida, es obra de Hart.

Relata el historiador Luis Toledo Sande que fue grande la ovación escuchada en la Asamblea Nacional durante el surgimiento del Ministerio, no solo porque «reveló públicamente la conciencia de lo que significaba fundar un ministerio para reencaminar una política que había tomado rumbos indeseables», sino porque «Hart no se dedicó a pasar factura a quienes se habían desempeñado antes que él en la atención política al quehacer artístico y literario del país».

Así contribuyó, por ejemplo, a desmontar con argumentos lo que se entendía por «realismo socialista», un movimiento que no halló en Cuba terreno suficiente para arraigarse, y procuró observar de cerca la naturaleza de la creación artística.

Con la asunción del naciente Ministerio, se declaraba una nueva concepción de las políticas culturales, y el entonces ministro, alejado de doctrinas, impulsó el diálogo y la apertura de espacios que propiciaron a los jóvenes más libertad en su desarrollo artístico.

Ha dicho Fornet que «Hart ni siquiera esperó a tomar posesión del cargo para empezar a reunirse con la gente. Viejos y jóvenes. Militantes y no militantes. No preguntó si a uno le gustaban los Matamoros o los Beatles, si apreciaba más la pintura realista que la abstracta, si prefería la fresa al chocolate o viceversa; preguntó si uno estaba dispuesto a trabajar».

En tanto, llamó la atención sobre la urgencia de desterrar prácticas intervencionistas y voluntaristas y, por el contrario, favorecer los más altos valores de la creación cultural, ya fuesen los de la tradición, o los nuevos que implicaba el desarrollo de la nación.

Cabe destacar que el ideario de José Martí fue constante en toda su obra, a quien consideró como fundador de la nación cubana y guía espiritual de la Revolución. De él destacaba su capacidad de asimilar y sintetizar diversas fuentes de pensamiento; su amor a la justicia y lucha por la independencia, soberanía y dignidad de Cuba.

He aquí la motivación por la cual, cuando cesó en sus funciones como ministro de Cultura, en 1997, fundó la Sociedad Cultural José Martí, de la cual fue su primer presidente, y dirigió la Oficina del Programa Martiano de Cuba. En esta nueva responsabilidad, el intelectual continuó su incansable labor de promover el pensamiento martiano como brújula ética de la nación, convencido de que sin cultura no hay libertad posible.

Como él mismo concluyera tras dos décadas al frente del Ministerio, «la cultura se promueve, no se dirige». Esa máxima, que resume su ruptura con los dogmas y su apuesta por el diálogo, es quizá el legado más valioso que Hart dejó a los creadores cubanos.

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