
El centenario de la muerte del arquitecto español Antoni Gaudí (10 de junio de 1926) no pasa inadvertido en el continente europeo, ni mucho menos en Barcelona, donde su obra maestra, la Basílica de la Sagrada Familia, ha alcanzado un hito largamente esperado.
El pasado 10 de junio, el papa León XIV presidió una misa en el templo e inauguró la torre de Jesucristo, de 172,5 metros de altura. Con este acto, la Sagrada Familia se convirtió en la iglesia más alta del mundo, tal como Gaudí la había concebido.
Construir la torre principal ha sido un proceso largo y costoso. Gaudí murió en 1926, tras ser atropellado por un tranvía cuando se dirigía a la Sagrada Familia, y desde entonces la obra ha continuado a lo largo de décadas, sorteando toda clase de dificultades: la Guerra Civil española, la falta de fondos y las complejidades técnicas de levantar un templo concebido con una precisión casi orgánica.
Para la inauguración, sin embargo, no se escatimaron gestos simbólicos: cientos de drones dibujaron el rostro de Gaudí en el cielo, y el espectáculo finalizó con fuegos artificiales y una atronadora ovación.
El papa León XIV no fue el primer pontífice en visitar la Sagrada Familia. Juan Pablo II lo hizo en 1982 y Benedicto XVI en 2010, año en que consagró el templo como basílica. Pero la visita de este junio tuvo un gesto inédito: el pontífice bajó a la cripta, rezó ante la tumba de Gaudí, y descubrió una placa conmemorativa en la fachada, junto a los reyes de España, Felipe VI y Letizia.
La conmemoración del centenario ha ido más allá de la jornada del 10 de junio. España ha declarado 2026 como «Año Gaudí», bajo el lema «El orden invisible». La iniciativa, impulsada por la Cátedra Gaudí de la Universitat Politécnica de Catalunya, busca reivindicar la dimensión científica del arquitecto, más allá del reclamo turístico que sus obras han adquirido.
Siete de sus edificios han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pero la conmemoración propone una lectura transversal de su obra, apoyada en la investigación académica, la tecnología inmersiva y la recuperación de proyectos poco conocidos o nunca realizados.
El comisario del Año Gaudí y director de la cátedra que lleva su nombre, Galdric Santana, ha insistido en la singularidad de la ocasión. «A nivel internacional sabemos quién es Gaudí, pero no se le conoce bien», declaró.
Aunque muchos de sus documentos se extraviaron durante la Guerra Civil española, aún se conservan planos de obras inéditas, que llegarán al público mediante exposiciones oficiales.
La idea es mostrar al arquitecto menos visible, el científico y el pensador, en un año en que Barcelona es, además, capital mundial de la arquitectura y sede del Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos.
Nacido el 25 de junio de 1852, en Reus o Riudoms –la discusión sobre su lugar de nacimiento sigue viva entre los biógrafos–, Antoni Gaudí es reconocido como el máximo representante del modernismo catalán. Su sentido innato de la geometría, el volumen y su creatividad desbordante lo convierten en una figura difícil de encasillar.
La huella de Gaudí también se sintió en Cuba, durante las primeras décadas del siglo XX. Ejemplos de su influencia son los jardines de la fábrica de cerveza La Tropical, la residencia Masía L’Ampurdá, en La Habana, la quinta Rosario –en la que se proyectaron elementos modernistas–, y la obra de Mario Rotllant, máximo exponente del modernismo catalán en la Isla.











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