Dice María que la pañoleta roja la hace más grande, que se siente muy feliz por haber pasado de «ser una pionera de pañoleta azul a ser una niña de pañoleta roja». Y nadie que la vea caminar con la barbilla en alto podría dudarlo.
Ella cursa el tercer grado en la escuela Juan Oscar Alvarado Miranda y en septiembre pasará a cuarto. Pero hoy, en el Parque 13 del municipio capitalino Playa, lo importante era otra cosa.
Como ella, miles de niños y niñas en toda Cuba permutaron ese triángulo azul, que habitaba en sus hombros, por uno rojo, que ahora en adelante los acerca más al futuro que construyen a diario.
«Pienso que la pañoleta roja me enseñará más cosas. Me enseñará a ser pionera José Martí, a ser moncadista, pionera exploradora y las demás cosas que enseñan en mi escuela».
Detrás de ella, Marta María Hernández no necesita decir su edad. La llevan puesta sus 40 años de maestra primaria. Y las generaciones: primero las hijas, después la nieta, ahora los bisnietos.
Cuenta que «aunque pasen muchos años, uno se siente orgulloso, se siente complacido de pasar por distintas generaciones y que unas vayan siendo mejores que la otra».
No deja de expresar su emoción al ver a tantos infantes acariciar el nuevo atributo como si fuera algo vivo: «Siempre se echa una que otra lágrima al verlos, erizamiento, porque uno se siente revolucionario».
Y ahí, en medio del parque –con la presencia de Rolando Yero Travieso, jefe del departamento de Atención al Sector Social del Comité Central; Eduardo Martínez Díaz, vice primer ministro y otros dirigentes–, la abuela y la niña se miran. Una con la pañoleta roja recién puesta. La otra con la memoria puesta en cada niño que ayudó a crecer.
Cuba ya tiene a sus niñas y niños que crecen. Que cambian el azul por el rojo como símbolo de promesa. Y eso, en cualquier idioma, se llama esperanza.















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