Las recién estrenadas series españolas Innato (Netflix, 2025) y El homenaje (Sky/Showtime, 2026) tienen el denominador común de compartir relatos sobre entornos familiares marcados por secretos y el peso de poderosas presencias paternas, cuyas herencias morales modelan el carácter de las generaciones que les suceden.
En Innato, la sicóloga Sara (Elena Anaya) le oculta a su esposo e hijo que su padre es Félix Garay (Imanol Arias), tristemente célebre bombero que, hace un cuarto de siglo, mató a tres personas. Al sujeto lo denominan en los medios «el asesino del gasoil».
Este thriller sicológico de Fran Carballal y Enrique Lojo traza dos líneas fundamentales, seguidas mediante previsible cálculo: la primera es la investigación abierta tras la salida de Garay de la prisión y el coincidente inicio de un nuevo grupo de asesinatos, en tanto la segunda guarda relación con la crisis del personaje de Sara, quien ve cómo el modelo de vida construido comienza a replantearse una vez revelada su real identidad.
Ya consciente Sebas, el hijo de Sara, de quién es su abuelo, entre ambos se establece un acercamiento cuyo objetivo dramático postrero es establecer ciertas oscuras analogías de comportamiento (la herencia malévola del anciano sobre el joven), para intentar darle sustancia a una historia que se sabe precisada de incorporar tales subtramas a las líneas fundamentales arriba mencionadas.
Una Elena Anaya en casi permanente estado de gravedad lleva la pauta de un relato que, pese a contar con ella u otros dos probados actores españoles como Imanol Arias y Emma Suárez para levantarlo, no consigue trascender la línea media habitual de calidad de estos materiales genéricos en tierras ibéricas (la misma medianía de Néboa, La chica de nieve, Segunda muerte, El cuco de cristal, El cuerpo en llamas, El jardinero, Ciudad de sombras…).
Corrección formal, solventes actuaciones y un favorable manejo de la tensión dramática no garantizan, por sí solos, la concreción de un trabajo de trascendencia en la teleficción contemporánea.
Y tampoco la garantiza la presencia de dos mitos del cine español, como Eusebio Poncela (este fue su último trabajo antes de fallecer, el material está dedicado a su memoria) y Ángela Molina, encarnando a los dos cabezas de familia de la serie El homenaje.
Adolfo Novak (Poncela), patriarca de una riquísima familia, convoca a los suyos y a otros invitados a su 80 cumpleaños. Durante la velada ocurrirá una serie de revelaciones e incidentes, cuya explicación masticada tendremos gracias a Saúl, biógrafo de Novak interpretado por el casi siempre muy eficaz Luis Tosar y quien aquí se hace cargo de un personaje bastante mal escrito, harto acomodaticio, con mucha trampa y mucho atraso en su concepción.
Aunque a la larga será una figura incorpórea, solo existente en la imaginación de un inspector (solución deplorable), Tosar funciona como el cursor indicativo de esta serie power–point: o sea, opera al modo de un programa de representación con texto esquematizado.
Su creador Sergio Cánovas, quien antes de El homenaje había perpetrado la soporífera Matices –varios de aquel reparto repiten aquí–, desconfía de la capacidad deductiva del espectador, al parapetar a dicho personaje cual suerte de máquina parlante que desmenuza o da la idea de todo cuanto ocurre con la familia Novak.
Como si no existiese otro recurso narrativo de cara a la evolución del relato –para colmo, empleado este de forma inopinada, en un escenario de escaso sentido dramático, desde una óptica sin razón alguna teatral–, Saúl, merced al conocimiento omnisciente del pasado y la presencia arrogante que el guion le confiere, comienza a explicarlo todo desde el mismo primer episodio.
Sin justificación argumental que lo avale (sí, es su biógrafo; pero hay zonas e historias íntimas que nadie revelaría jamás), dicho personaje airea en pantalla, verbosa y machaconamente, toda la ropa sucia de los Novak, desconocida por el resto de los mortales.
Inverosímiles las humillaciones a que somete el patriarca a sus vástagos frente a esa persona ajena; así como el tremendismo emocional de esta galería de seres, a quienes intentan dibujar –aunque sin punto de comparación entre ambos productos – tan maltrechos como los de la familia Klingenfeldt de Celebración (Thomas Vinterberg, 1998), recordado filme danés de patriarca malsano e hijos abusados, emblemático del Movimiento Dogma’ 95.











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