ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Portada de una de las más recientes ediciones de Descamisado. Foto: Archivo

Marzo de 1993

Impresiones de un lector.

Cuando dejé a medio leer, para el día siguiente, el legajo de papeles de los problemas cotidianos y quise conseguir una lectura agradable, que me sacara de las preocupaciones y me condujera al sueño, advertí que en la mesa de noche reposaba, retador, un grueso volumen de cubierta roja y unas doscientas cuarenta cuartillas escritas a máquina sobre papel gaceta amarillento. Era el borrador de un testimonio de Enrique Acevedo, desde su ingreso en la guerrilla, a principios de agosto de 1957, hasta la toma de Santa Clara por las fuerzas que comandaba el Che.

Inicialmente pensé leer unas cuantas páginas y apagar la luz al primer pestañazo, para concluirlo en el transcurso de los próximos días. Pero esta idea se desvaneció sin darme cuenta. Mientras más me adentraba en la trama del relato, mayor interés me suscitaba lo que pasaría después. Me levanté y continué la lectura en la sala, para poder dar rienda suelta a las carcajadas, que algunos pasajes me provocaban, sin molestar el sueño ajeno. Amaneció. Era un domingo y habían pasado las diez de la mañana cuando leí la última página.

Este testimonio de Enrique, visto desde el prisma de un soldado, es lo mejor que he leído sobre nuestra lucha guerrillera.

Los episodios vividos durante el año y medio que combatió en el Ejército Rebelde fluyen frescos tal y como podía haberlos narrado en aquellos momentos, sin utilizar su actual capacidad de reflexión, fruto de la madurez, la agudeza y cultura que posee hoy: general de brigada de nuestras FAR, experimentado militar que ha comandado grandes unidades en Cuba y en la gesta internacionalista de Angola, y ha enriquecido su acervo político como militante destacado de la gran batalla que ha librado nuestro pueblo a lo largo de más de tres décadas pletóricas de enseñanzas y heroísmo.

Con una espontánea sinceridad, Enrique relata los hechos tal como ocurrieron, o como él los percibió entonces y se conservan en su memoria. Su relato da la impresión que reproduce un minucioso diario de campaña, donde cada día se anotaran con precisión los acontecimientos de la jornada, fueran estos trascendentes o anecdóticos y al correr de la pluma se plasmara también el estado de ánimo, las interrogantes sobre lo acaecido, las dudas sobre lo que sucedería en lo adelante.

Este estilo muy propio, singular, nos entrega en toda su frescura las peripecias de un adolescente de catorce años que, junto a su hermano Rogelio, un poco mayor que él y también imberbe, decide unirse a la épica lucha que tiene por escenario la Sierra Maestra, cuya trascendencia liberadora no puede abarcar en toda su dimensión histórica.

Mas su rebeldía juvenil que lo subleva contra la oprobiosa tiranía imperante, sus sentimientos de justicia lo conducen a intuir que allí se libra una causa noble.

Su arrojo minimiza los obstáculos y peligros que se levantan entre el pueblo de Remedios de su niñez, en la región central del país, y las lejanas cumbres orientales erizadas de tropas enemigas. Su determinación lo empuja hacia el inquebrantable propósito de unirse al Ejército Rebelde y le da fuerzas para sobreponerse al miedo, al cansancio, a la falta de alimentos durante días, a los reveses, a la subestimación de los otros, al desaliento que estos sufrimientos abonan y hacen brotar, como la mala hierba, una y otra vez.

Al contarnos estas vivencias y confesarnos las intimidades más recónditas de sus reacciones y sus cavilaciones, Enrique, sin proponérselo, refleja lo que los combatientes del Ejército Rebelde experimentaron, en mayor o menor medida, en circunstancias similares o parecidas. En no pocos pasajes me vi yo mismo.

Este ángulo del relato, por sí solo, lo convierte en una lectura amena e instructiva.

Sin embargo, para mi concepto, la lección más valiosa y perdurable que surge de esta narración, es que nos muestra cómo se forjó el Ejército Rebelde, sus combatientes, sus oficiales, sus jefes.

La dureza de la vida en la Sierra Maestra se caracterizó por el hambre como inseparable compañera, las marchas interminables por imponentes montañas casi diariamente, con la carga, muchas veces excesiva, de todas las propiedades en la mochila, además de las municiones y el fusil, la humedad permanente y no pocas veces la sed, la lluvia y el frío. Todo ello en medio del combate desigual, el cerco, la persecución, la muerte, o aún peor, la captura por un enemigo despiadado infinitamente superior en número de hombres, armas y recursos de todo tipo.

Esta fue la gran escuela donde hizo su aprendizaje, depuró sus filas, aceró su voluntad y disciplina, formó su moral, adquirió destreza física y militar, templó su heroísmo el glorioso Ejército Rebelde.

Cuando los combatientes, creciéndose ante todos estos obstáculos llegaron a dominar y amar posteriormente la abrupta naturaleza de la Sierra Maestra, esta ya les había confiado todos sus secretos, era su más fiel amiga y aliada, su mejor arma frente al enemigo.

Entonces, a la superioridad moral de los que luchan por una causa justa se sumó el dominio pleno del terreno y de la táctica militar adecuada, a las condiciones del teatro de la guerra y a la correlación de fuerzas existente.

Con ninguna de estas tres ventajas podría contar el enemigo, ni mucho menos con la más importante, la de tener el apoyo de un pueblo al que oprimía y asesinaba.

Cuando logramos consolidar esos objetivos en la Sierra Maestra, a pesar de la descomunal superioridad del enemigo, el Ejército Rebelde, bajo la dirección de Fidel, sencillamente se hizo imbatible, lo que quiere decir, invencible.

Después de quince meses de este «curso superior de guerra de guerrillas», sobre el campo de batalla y con fuego real, se crearon las condiciones para extender la lucha armada, primero hacia el norte y este de Oriente y las proximidades de Santiago de Cuba, con el Segundo y Tercer Frentes, y luego de derrotada la última gran ofensiva militar de la tiranía abrir el Cuarto Frente al norte de Holguín, que permitió llevar la guerra a todos los rincones de las actuales cinco provincias orientales. Para completar el plan estratégico, hacia el Occidente marcharon las columnas de Camilo y el Che. Estas últimas, jamás hubieran podido llevar a cabo la proeza de la invasión sin haber pasado la dura escuela de la Sierra Maestra, bajo el magisterio sistemático, firme, creador y audaz del Comandante en Jefe.

Con el mismo objetivo de conquistar la plena independencia nacional, aunque con enemigos de distinto uniforme y en las diferentes condiciones de la guerra moderna, se repetía la experiencia de nuestros mambises, que nadie con más autoridad y belleza ha descrito como el General en Jefe, Máximo Gómez Báez:

«Del acosamiento y la persecución sin descanso, de la matanza sin piedad, de las terribles y constantes privaciones de todo eso, grande y feroz, resultó otra cosa más poderosa e incontrastable y sublime: la necesidad. Esa es una madre severa, pero buena. España no supo lo que hizo. Nos enseñó a pelear de firme. Llegando a los extremos, nos hicimos seriamente cargo de nuestra situación, y la aceptamos. Hubo más, la amamos. ¡Qué amor tan grande! El combatiente amó la montaña, el matorral, la sabana, amó las palmas, el arroyo, la vereda tortuosa para la emboscada; amó la noche oscura, lóbrega, para el descanso suyo y para el asalto al descuidado o vigilado fuerte enemigo.

«Amó más aún la lluvia que obstruía el paso al enemigo y denunciaba su huella; amó el tronco en que hacía fuego a cubierto, y certero; amó el rifle, idolatró al caballo y al machete. Y cuando tal amor fue comprendido y supo acomodarlo a sus miras y propósitos, entonces el combatiente se sintió gigante y se rió de España. España estaba perdida».

Para los que vivimos aquellos veinticinco meses de la más reciente de nuestras guerras de liberación, la lectura del testimonio de Acevedo no solo nos ha hecho recordar con verdadero deleite aquellas inolvidables setecientas y pico jornadas, sino que también nos ha revelado una faceta fascinante desde su puesto de soldado descamisado en la tropa del Che.

Al general de brigada Enrique Acevedo expresamos nuestra gratitud por este testimonio que nos ha regalado a los jóvenes de ayer y, muy especialmente, a las nuevas generaciones de hoy y de mañana.

(Raúl Castro Ruz, Páginas escogidas, Tomo 7, pp 32-36)

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