ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Matthew Goode, formidable en Departamento Q. Foto: IMDb (Internet Movie Database)

Adaptación audiovisual inglesa de las novelas negras nórdicas de Jussi Adler Olsen –saga literaria explotada por el cine danés en seis filmes–, la serie Departamento Q (Netflix, 2025) resulta un exponente cualitativo intermedio de la escuela británica del policial televisivo, de las más sobresalientes del género a escala mundial.

El Departamento Q, ese que lleva por título la serie y del cual han puesto a cargo al detective Carl Morck, fue creado para resolver casos antiguos, nunca aclarados, ya sin interés por parte de los investigadores. Lo habilitaron en la peor zona de la estación policial de Edimburgo, Escocia, entre el sótano y unos viejos baños.

Todo el resto de la comisaría es renovado tecnológicamente (computadoras, televisores); mas no esa área de Morck y de los dos peculiares acompañantes asignados a la tarea.

El Departamento Q resulta una suerte de destierro interno o castigo innombrado para Morck, detective con algunas meteduras de pata, sancionado, y a quien nadie soporta en la comisaría, debido a su carácter. Su catálogo «amistoso» incluye nulo interés por el resto de sus compañeros, arrogancia, escepticismo e ironía permanentes.

Ahora bien, tales características podrían formar parte de los signos que marcarían la coraza sicológica de simulación y escape de un personaje (a la larga humano, ya veremos) que disfraza su fondo de dolor e ira entre el sarcasmo, la escasa empatía y la violencia.

Carl Morck –en la mejor tradición del género negro– es un sujeto quebrado, quien quizá miró al abismo demasiado tiempo sin levantar la cabeza, con una bala que atravesó su cuello de lado a lado, un compañero muerto y otro herido (cuyas responsabilidades le acreditan), mucha culpa y alcohol en sus venas, una esposa que lo abandona y la cual le deja bajo su cuidado a un hijastro adolescente con el que no sabe cómo lidiar..., u otros problemas.

Todo lo anterior se acerca mucho a un cliché caminante; sin embargo, un actor con la destreza, la distensión de registros y las sutilezas de Matthew Goode permite que el personaje se mantenga a flote, gracias a una composición que saca provecho a algunos de sus diálogos, pero sobre todo a sus silencios.

Goode, a quien todos deberían ver en su asunción del tío Charlie en el thriller de suspenso Stoker (Park Chan–wook, 2013), un personaje aquel con el ADN del Joseph Cotten de La sombra de una duda, y del Terence Stamp de Teorema, es un actor dúctil, con recursos, quien logra mucho en la serie solo gracias a sus ojos.

El brillo, la languidez, la frustración, el enojo o la picardía transmitidos por la vía de su mirada son elementos fundamentales en un trabajo que decaería sobremanera sin un intérprete así.

El primer caso que deberá resolver este nuevo Departamento (al cual se le dedicarán los nueve episodios de la primera temporada) se relaciona con la desaparición, por varios años, de una fiscal, a quien sus secuestradores encierran en una cámara hiperbárica.

Tanto el espacio del Departamento como del referido reducto de confinamiento de la representante penal, e igual el lugar de trabajo y domicilio de los captores, trabajan –desde la puesta en pantalla– con las señas formales del género negro: interiores angostos, tenue iluminación y una coloratura alusiva al asedio y al enclaustramiento.

El creador Scott Frank –quien hizo su debut en la dirección cinematográfica hace 19 años con The Lookout, una película con otra gran actuación de Matthew Goode– corola una serie de encomiable dirección artística, aunque sin mucho riesgo en su realización, dada su tendencia a lo lineal. Si algo agradecemos es la claridad de su narración, tanto al exponer como al despejar la incógnita central, pues el rebuscamiento en la solución del conflicto lastra la definición de no pocas series del género negro hoy día.

Departamento Q no reinventará el policial ni aportará novedades a destacar, pero está narrada con oficio, sabe filmar bien las emociones de su protagonista y no desvaría en sus nueve horas.

Aunque no con el tiempo debido en pantalla, la aparición, en el rol de la terapeuta de Morck, de la siempre certera Kelly MacDonald (Boardwalk Empire), otra actriz que compone poemas con su rostro, es otro motivo para apreciar la serie estrenada en Cuba.

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