Cine desprovisto de una historia con muchos capítulos en el contexto histórico latinoamericano, el uruguayo logró agenciarse un público, e inscribirse dentro del concierto festivalero mundial, sobre todo durante el actual siglo, gracias a varios directores y apreciables títulos, a la manera, entre otros, de 25 watts, Whisky, Matar a todos, La cáscara, La perrera, La demora, o El baño del Papa.
En este último –integrante del Ciclo de Cine Uruguayo en Cuba–, sus realizadores, César Charlone (director de fotografía para el brasilero Fernando Meirelles en Ciudad de Dios) y Enrique Fernández, parten de una premisa argumental poco divulgada y curiosa, pero verídica: el suceso real que marcó la visita al pueblo de Melo, Uruguay, de Su Santidad Juan Pablo II, en 1988.
La prensa auguraba la presencia de cerca de 60 000 fieles para acompañar al Pontífice en ese rincón de la nada. Los enardecidos «meleños» se hicieron la boca agua y tuvieron la mala idea de endeudarse hasta el cuello, tras comprar altos volúmenes de alimentos, esperanzados en venderlos a un precio mayor durante la misa papal, en centenares de puestos de butifarras.
Sin embargo, las cosas no ocurrieron como pensaron.
Al Santo Padre solo lo siguieron unas 8 000 personas; la mayoría en ómnibus climatizados y con todo incluido dentro, oriundas del cercano Brasil, quienes no compraron ni un chorizo en las improvisadas vendutas. De modo que las grandes esperanzas de los paupérrimos habitantes se quedaron en ilusiones perdidas.
Estos fiascos y cuentos de la lechera han sido muy abordados por la literatura, como por el séptimo arte. No hacía falta que llegara el clásico berlanguiano Bienvenido Mr. Marshall ni esta tragicomedia sudamericana a reiterarlo, pero el filme uruguayo es de ver y querer.
Beto (César Troncoso) personaje central, dedica su tiempo a bagayear (en el argot local significa contrabandear en bicicleta, a través de la frontera, avíos destinados a los tenderos locales).
Nunca tiene más que para el día, por lo que el hombre pone todo su empeño en armar un servicio higiénico –que él, en medio de su pobreza e ignorancia promociona como servisio hijiénico–, para alquilarlo a los feligreses que lo necesitarían en medio del sermón. Huelga decir que el baño del Papa permanecerá intocable.
El guion modela a una figura protagónica de anverso y reverso. Clásico perdedor por las circunstancias, soñador imperturbable, iluso irredento –el filme termina con el hombre llamando a su esposa y diciéndole «Tengo otra idea»–, Beto es presentado al espectador como un tipo simpático, mas no por ello no proclive a cometer errores, si bien motivados todos por la extrema presión que a su condición de cabeza de familia le marca la indigencia cotidiana.
Acierto de los directores –pese al contexto retratado– es desmarcarse del miserabilismo consustancial a algún tipo de cine regional, despostalizar la churre y abstraerse siempre de un plano de estilización, tan típico en ciertos filmes de los últimos tiempos e incongruentes al atisbar referencias sociales tales.
Fernández y Charlone, por otro lado, saben cómo y cuando emplear el humor, el cual irrigan bien dentro de las capas de su filme, algo no siempre fácil de conseguir en una cinta de legítimo sesgo realista y voluntad documental. Muy a la manera de un Carlos Sorín en Argentina (pensemos en Historias mínimas, o Bombón el perro).
Premiada en varios festivales y una de las películas más vistas por los uruguayos en la historia de su pantalla, El baño del Papa deviene pieza de lustre al contemplar la curva de evolución del cine regional. Sus directores armaron una historia universal sobre el azogue débil del cristal de la ilusión.
Ni este Beto ni su sufrida mujer que guarda cuatro pesos en una latica ni su hija que sueña con ser locutora ni el negro amigo que suelta la vida en bicicleta junto a él entre Melo y los pulgueros de Brasil se nos van a escapar de la memoria. Mérito mayor hoy día, cuando tantas películas ya se olvidan antes de terminarse.










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