
En los 73 episodios de la serie Juego de tronos (HBO, 2011–2019) hay dragones, seres de los hielos, violencia, sangre, intrigas, épica abierta en batallas colosales, incesto, sexo multiforme y mucha gravedad, pero poco de relajamiento o humor, si exceptuamos algunas acciones del Tyrion Lannister interpretado por Peter Dinklage, en verdad más sarcásticas que propiamente cómicas.
Bien, pues todo cuanto le faltó a aquella de ambos componentes lo rebosa El caballero de los siete reinos (HBO, 2026), segundo producto derivado de la serie madre, tras La casa del dragón (HBO, 2022–2026). A la espera de la tercera temporada de esta última, prevista para el verano, aparece ahora este exponente, que podría descolocar a los seguidores más puristas del material original.
¿Por qué? Porque salvo acordes muy medidos de la mítica banda sonora, la aparición de algún personaje que luego tendrá preponderancia en los materiales concebidos a partir de las novelas de George R. R. Martin (estamos ante una precuela) o el sujeto con la prótesis de pene que irrumpe en uno de los primeros capítulos (para ironizar con el gratuito desfile de falos de la serie madre), aquí no hay mucho remitente a Juego de tronos.
El súbito desplazamiento de tono, y de los resortes genéricos, de una fantasía medieval reacomodada (o reconceptualizada) en la cartografía de la comedia, suponía una jugada temeraria, capaz de dejar muy mal plantada tanto a la cadena productora como a la mitología asociada a este fenómeno televisivo global.
Sin embargo, los seis episodios de la primera temporada de El caballero de los Siete Reinos anuncian, contrario a cualquier estimación previa, que el osado paso no fue en falso y, sin ser ni de lejos –ni tampoco pretenderlo– una serie del calado de Juego de tronos o La casa del dragón, este nuevo universo funciona, con arreglo a sus propias normas y sus queribles personajes.
Lo que más aprecio de El caballero de los Siete Reinos es su decisión de convertirse en una aventura cargada de camaradería intergeneracional, con bastante de la inocencia infantil que tanto se echa en falta hoy en el audiovisual planetario de todos los públicos, hermanada al espíritu caballeresco de las novelas de Sir Walter Scott que acompañaron a mis primeros años lectores.
La serie –fresca, tierna y a contracorriente tanto del cinismo imperante hoy día en parte de la creación dramática audiovisual como de la mala uva de tantísimos personajes de Juego de tronos–, está irrigada por una cálida fuente de bonhomía y generosidad, en su apuesta por la defensa de la nobleza, de las buenas acciones, los principios y los seres humanos menos favorecidos por castas, linaje, atributos físicos, picardía e inteligencia.
El caballero… se beneficia mucho del empaste de sus dos curiosos y graciosos personajes protagónicos: ese medio lerdo e ingenuo Sir Duncan el Alto y su escudero Egg, el primero un ayudante de un viejo, malhumorado y ebrio caballero andante que sueña tanto como el Quijote con los embelesos caballerescos y quiere seguir los pasos de su predecesor; el segundo, un niño con mirada y pensamiento de adulto, precisado de afectos y amigos.
Ese niño calvo (Egg es huevo, en inglés), quien por momentos pareciera estar creado por inteligencia artificial debido al raro efecto que suele transmitir, no será otro que Aegon, tataranieto de Rhaenyra y Daemon Targaryen, conocido como Aegon V o Aegon el Improbable al ascender al Trono de Hierro.
Al singular chiquillo lo interpreta el no menos singular actor inglés de 11 años Dexter Sol Ansell (a quien ya habíamos visto en la cinta Los juegos del hambre: balada de pájaros cantores y serpientes, y en la miniserie El pueblo de los malditos). Es su composición actoral la nota más entrañable de este trabajo inspirado en El caballero errante, perteneciente a la minisaga Cuentos de Dunk y Egg, ambientada por George R. R. Martin en el universo de sus novelas de Canción de hielo y fuego.











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