ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La poetisa de inmensa talla, la ensayista de atinada pluma, logró estremecer a todo aquel que se acercó a su obra. Foto: Denys San Jorge Rodríguez

A sus 80 años, se nos ha ido Lina de Feria. El nos es todo intencional. La poetisa de inmensa talla, la ensayista de atinada pluma, logró estremecer a todo aquel que se acercó a su obra, que conversó con ella, que la vio desandar, entre el temblor y la firmeza, los parajes de nuestra literatura.

Se juntan en esta hora muchos instantes en los que Lina fue protagonista. Las primeras lecturas de poesía en que la escuchamos vibrar por medio de sus poemas; sus libros leídos; las charlas presenciadas; la XXV Feria Internacional del Libro que se le dedicó, y en la que se le vio tan feliz; la entrega, en otra posterior, del merecido Premio Nacional de Literatura; la esplendidez de su palabra en cada encuentro; la visita a su casa de Línea, su calor humano, su ser de radiante honestidad.   

Mucho podría hoy decirse de la obra y la vida de Lina de Feria, que al decir suyo, fue una novela. Había nacido, como tantas veces dijo, para la poesía –que le fue placera y angustiosa– y no para otra cosa. Entendió que la necesidad de escribir le llegaba de la relación con los seres humanos. «Empiezo un poemario con una visión realista, pero después produzco una historia que no tiene que ver con la gente. Yo contamino absolutamente las vivencias de los seres humanos que me rodean, de tal modo que después ellos se ven en mí», nos explicó en una ocasión. Consideró el acto de la escritura propia como algo incontenible. «Me metamorfoseo escribiendo y cuando me interrumpen me siento mal», le escuchamos decir, junto a otras revelaciones sobre el acto de la creación:

«Es muy común para mí estar durmiendo y a las dos de la mañana sentir deseos de escribir. Me levanto y reposo la idea, la saco y después la desarrollo en mi escritorio. Es algo fascinante. Porque como el san Sebastián de la Biblia, estoy asaeteada continuamente de intensidades y eso no me limita para producir. Me asaltan las ideas en cualquier momento, caminando en la calle..., donde quiera».

Lina se raptó para los otros. Vivió de todo: la alegría de los premios (su poemario Casa que no existía fue distinguido en la primera edición del Premio David, junto con Cabeza de Zanahoria, de Wichy Nogueras); obtuvo el Premio Nicolás Guillén que otorga el Instituto Cubano del Libro por su poemario Ante la pérdida del Safari a la jungla (Premio Nicolás Guillén, 2008) y ganó varias veces el premio de la Crítica Literaria. Vivió también, entre otras adversidades, las consecuencias de erróneas decisiones de la política cultural que, negada a la ojeriza inútil, aunque sin olvidarlas, superó, tal como recalcara en disímiles oportunidades.

De su infinito amor por Cuba no pudo ni quiso desprenderse jamás.

«Lo que te puedo decir es que me siento enormenente feliz en Cuba», aseguró en una entrevista en la que le contaba a una periodista sobre un suceso personal adverso que había transitado. «Lo único que me interesa es estar en Cuba. Y con el suceso que viví, ese sentimiento de cubana se fortaleció en mí», le aseguró.

Cuando recibió, en 2019, el Premio Nacional de Literatura, conversamos con Lina para estas páginas. Con el Premio, «no cierro un camino, sino lo abro. Estoy tan entusiasmada que estoy concibiendo un libro que se llama Ráfagas encontradas. Para mí escribir es la posibilidad de demostrar que hasta la eternidad estoy produciendo. Haciendo», nos comentó.

Fue hermoso escuchar entonces a Lina decir que a lo que aspiraba no era la posteridad, sino a que se reconociera que hubo alguien que escribió intensamente en la etapa mejor de su vida y que seguiría escribiendo hasta su muerte.

En aquella inolvidable conversación, volvió Cuba a dibujarse en sus labios, acompañada de una alegría estimulada por la noticia: «Que sea en Cuba es lo más importante, porque ¿qué valor tendría estar desterrada, desarraigada, si no te reconocen en tu país? Que se vayan los rencores y el odio. Soy perfectamente humana y amo a mi tierra más que a nada».

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