En la serie gansteril Boardwalk Empire (HBO 2010–2014) se pulió todo. De productor ejecutivo fungió Martin Scorsese, el realizador de esa obra magna del género en la pantalla grande titulada Uno de los nuestros, quien, además, dirigió el piloto del material televisivo de 56 episodios. Como creador y guionista fue incorporado Terence Winter, escritor de 25 capítulos de la irrepetible Los Soprano.
La orló, además, un gran equipo técnico en perfecto acople; Steve Buscemi componiendo el papel de su vida en el personaje protagónico de Nucky Thompson; un espacio ambiental harto atrayente –Atlantic City, en New Jersey–, y un libro base de rica materia prima: Boardwalk Empire: The Birth, High Times, and Corruption of Atlantic City, de Nelson Johnson.
Estamos en la llamada ciudad del vicio de la costa este, durante los años de la Prohibición (1920–1933). Ahora, el demonio cobra cuerpo humano en una de sus tantas expresiones en la Tierra: los clanes mafiosos. Es un momento de esplendor, gracias a la venta ilegal de alcohol, para matones como Thompson, Lansky, Siegel, Torrio, Luciano, Maranzano, Colosimo, Masseria, y Capone.
Nuestra historia prefiere centrarse en el primero (realmente apellidado Johnson, fue el corrupto tesorero republicano que tuvo en el bolsillo a Atlantic City hasta mucho después de la Ley Seca), si bien los otros interactuarán consigo durante el amplio trayecto registrado por Boardwalk Empire.
Dentro de su código amoral, Nucky Thompson (Buscemi) observa unas pocas reglas éticas derivadas de su modo de ver y conocer al mundo y a los seres humanos, a partir de su infancia. Puesto que, desde el punto de vista argumental, tanto en el cine como en las series, el género gansteril describe el arco de la ascensión a la caída de determinados jefes mafiosos, cuanto más trasciende aquí es justo la conformación de dicho personaje central.
De esto va toda una serie dedicada a describir el proceso de coronación y despojo del rey Thompson en Atlantic City.
Las complejas contradicciones y pautas de comportamiento del personaje, el creador Winter las va decodificando informativamente a través del transcurrir de la obra, en labor no culminada cabalmente hasta la temporada postrera. Especie de precuela, esta última aborda, a partir de postulados cuasi freudianos, la tormentosa madeja sicológica que define a Nucky, en una vida marcada, de prólogo a epílogo, por el afán de supervivencia.
Al drama criminal de HBO lo apuntalan su nivel de complejidad y sutileza, la pertinente reflexión política/cultural sobre un crucial lapso de la historia de Estados Unidos en el siglo XX, el tejido y la correlación de sus múltiples historias corales, la convergencia de sus líneas dramáticas y su perfecta estructura dialogística.
También elevan su jerarquía artística las aceitadas interpretaciones (Kelly McDonald, Gretchen Moll, Michael Kenneth Williams, Michael Shannon y Vincent Piazza componen perfiles caracterológicos de mérito), el diálogo establecido en sus imágenes con el cine norteamericano de la etapa y la obra/estilo del propio Scorsese, o el delineado de villanos antológicos (el Rosetti compuesto por Bobby Cannavale en la tercera temporada, el más rotundo).
Pero también avalan al material televisivo su cuidada fotografía, manifiesta en la esplendente visualidad mantenida a lo largo de la serie, amén de su extraordinaria ambientación de época, asegurada por la precisión del diseño de producción (la reconstrucción espacial de la obra fue de referencia a partir de su estreno).
Esta muy premiada teleserie, vista en Cuba en su momento, requiere anuencia, complicidad, seguimiento, atención, lealtad. Fiel al sello HBO, estamos ante una obra que se toma su tiempo para concretar las soluciones narrativas, cuya cadencia, pausado ritmo y parsimonia pueden confundirse, por error, con densidad extrema.











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