ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Portada de la primera edición. Foto: portada del libro

«Aunque escribiera sobre una marciana todo el mundo pensaría que estoy hablando de mí. A los lectores les encanta identificar al autor con sus personajes. Además, yo no podría escribir ciencia ficción. Si me voy a poner a escribir será para entenderme a mí misma y a lo que me rodea, no para escapar».

Este fragmento de Fiebre de invierno –novela con la que Marilyn Bobes obtuvo el Premio Casa de las Américas en 2005– condensa dos ideas esenciales que atraviesan la obra y, acaso, la literatura toda: la tendencia del lector a buscar paralelismos entre autor y personaje, y la escritura entendida como método de introspección y autoconocimiento.

Jacqueline, la protagonista, es una mujer de más de 40 años que, tras ser abandonada por su esposo Marcelo, decide escribir una novela como forma de venganza. Aunque afirma hacerlo «no para escapar», sus páginas revelan lo contrario.

Publicada en varias ocasiones, la contraportada del ejemplar de 2012 advierte que «amor, desamor, pérdidas y deslealtades conforman el núcleo fundamental de esta novela entretejida con los recuerdos de su protagonista».

La narración, «ágil, sugestiva y polifónica, escrita en primera persona» nos presenta una formula conocida, pero que no deja de resultar atractiva: la novela que se escribe a sí misma, «suerte de liberación o de catarsis» para el personaje central.

En las primeras páginas conocemos el mundo de Jacqueline, una mujer culta, curadora de cuadros y crítica de arte respetada, dueña de una vida aparentemente lograda, aunque ella misma confiese no sentirse satisfecha.

La trama consta de elementos universales, ¿o es que acaso alguien no ha sentido un amor desgarrador, que lo motiva a la creación y a reinventarse? Más específicamente, transcurre en La Habana, y abarca, desde la mirada de una mujer, momentos trascendentales en la historia de la Isla: los últimos años de la República, el triunfo revolucionario y los difíciles años del periodo especial.

Es, también, un viaje por los recuerdos de la infancia, las relaciones familiares –a veces complicadas–, los amigos y las pequeñas cosas que nos sostienen en el día a día; para Jacqueline: escuchar a los Beatles, la escritura, leer a autores como Marcel Proust, Raymond Carver, León Tolstói, y el amor por su perrita Virginia (nombrada así en honor a Virginia Woolf).

Ciertos pasajes, anclados en épocas y códigos muy específicos, podrían resultar ajenos a lectores más jóvenes, pero otros conservan una vigencia y frescura notables. Como cuando la protagonista reflexiona:

«En Cuba sucede así. Un día te levantas y te enteras de que tu familiar más querido, tu gran amor o tu mejor amiga, decidieron marcharse. En el momento, casi parece natural, pero en la medida en que los años pasan, esas ausencias crecen estableciendo un desesperado intervalo de imposibilidades entre los que se quedan y los que parten».

Quizá más que la traición, a Jacqueline le interesa contar su vida y, sobre todo, narrar su propia incapacidad para tomar las riendas, aunque conoce que esa es la única vía posible de salvación.

Finalmente, se consuma la venganza, pero desconocemos si ese proyecto terapéutico le otorgó la paz anhelada. Lo cierto es que al lector le entrega una novela de agradable lectura y, a través de Luis Enrique –uno de sus personajes–, deja un consejo para quienes se enfrentan al papel en blanco:

«En uno de los poemas del libro que te traje, Carver dice algo así como que hay que utilizar todo lo que uno vive en función de la obra de arte. Utilízalo todo. Comienza hoy mismo. (…) Cuenta también lo que te avergüenza. Pero cuéntalo con sinceridad, como si te estuvieras desnudando».

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