ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Roberto Salas. A su lado: Enero, 1959. Foto: Juvenal Balán

Cuando se entra a la casa de Roberto Salas Merino, deslumbran la cantidad –y la calidad– de las fotografías que ocupan cada pared. Fragmentos de sus series: Desnudos (1994-2004), Así son los cubanos (2007-2015), Nostalgias (2009-2019)... Pero también, por supuesto, un espacio reservado para sus imágenes más queridas: las que retratan la épica revolucionaria.

Allí está La señora y la bandera (1957), aquella foto donde una bandera del 26 de Julio ondea en la Estatua de la Libertad. Y Enero, 1959, donde Fidel y el Che comparten un instante que él mismo considera su obra maestra.

¿Cuántas instantáneas habrá hecho en toda su vida? Salitas –como lo llaman sus colegas– ríe al pensar en la cantidad. Y así recibe a Granma en el salón de su hogar, que resume seis décadas de trabajo, a raíz de otorgársele recientemente el Premio Nacional de Artes Plásticas 2025.

UNA PASIÓN HEREDADA

La fotografía le llegó por herencia y por destino. Su padre, Osvaldo Salas (1914-1992), fue uno de los grandes nombres de la fotografía épica cubana, junto a Alberto Korda, Raúl Corrales, Ernesto Fernández y Liborio Noval. Había emigrado a Estados Unidos en 1926, buscando mejores horizontes, y allá, en Nueva York, nació Roberto en 1940.

En esa época, Osvaldo se vinculó a las artes visuales y, entre 1950 y 1958, consolidó su prestigio como fotógrafo, abriendo su propio estudio frente al Madison Square Garden, uno de los complejos deportivos y de espectáculos más importantes de la ciudad.

Podría decirse, entonces, que hablamos de una pasión heredada: «Fue por pasos. Yo estaba en el high school pero tenía que ayudarlo en su negocio: fotos para bodas, bautizos, cumpleaños… Crecí entre los quimicales, el revelado y la impresión de imágenes».

Con apenas 16 años, una fotografía suya se convertiría en la más importante del movimiento revolucionario tomada fuera de Cuba. Fue La señora y la bandera: «Ese día mis socios subieron a la corona de la estatua y colocaron la bandera. Logré capturar la imagen y la recogieron rápido. Pienso que tuve tremenda suerte –dice–, tú sabes cómo es la prensa: a veces hay días muertos, sin noticias importantes. Así salió publicada en cuatro de los siete periódicos de la ciudad y en las agencias de todo el país. ¡Hasta la revista Life la publicó!».

Días después, unos puertorriqueños intentaron repetir la hazaña con su propia bandera, pero encontraron las ventanas selladas. «Al parecer, yo tuve algo que ver con eso», sonríe.

FOTÓGRAFO Y AMIGO DE FIDEL

En 1955, Fidel Castro llegó a Nueva York para recaudar fondos para la lucha. Necesitaba reproducir imágenes de los crímenes de Batista y llegó al estudio de los Salas. El trabajo costaba diez dólares, pero cuando Salitas lo llevó, Fidel no tenía dinero.

«Recuerdo que estábamos en una cocina. Él y otros combatientes contaban lo recaudado para la causa. Y a mí, con 15 años, se me ocurre decirle: “¿Cómo me vas a decir que no tienes dinero, con todo lo que hay arriba de la mesa?”. Fue la primera vez que escuché un discurso: “Ese dinero es sagrado, es para la lucha..., no puedo tocarlo, no me pertenece”.

«Eso no quedó ahí. En 1961, después de un acto en Matanzas, un exguerrillero se acercó a Fidel para pedirle trabajo. Finalmente lo consiguió, pero también aprovechó la oportunidad para pedirle dinero.

«Fidel se dirigió hacia nosotros, para ver si le podíamos prestar algo. Como todos, metí mis manos en el bolsillo, pero él me detuvo y dijo: “Tú no, que todavía te debo diez dólares”. Fin de la historia, todavía estoy esperando mi dinero».

Ese incidente, iniciado en Nueva York, fue el germen de una amistad duradera. El 2 de enero de 1959, Salitas aprovechó para viajar a Cuba y documentar la épica revolucionaria. Luego coincidió con Fidel, cuando regresó en la Caravana de la Libertad. Desde entonces, Osvaldo se convirtió en el jefe del Departamento de Fotografía en el periódico Revolución y Roberto fue uno de sus fotógrafos personales.

De aquella época data su fotografía favorita: Enero, 1959. «Por primera vez vi al Che. Estaba sentado con Fidel en el Palacio Presidencial. La iluminación era muy pobre; tuve que aprovechar la cerilla cuando encendían un tabaco, pero como era de mala calidad, lo hicieron varias veces. Olvida todo lo demás –señala la imagen a su lado–, eso es lo mejor que he hecho. Era muy fácil trabajar con Fidel, siempre respetó nuestro trabajo».

GRANMA, VIETNAM, Y SU ÚNICA FOBIA

A Salitas se le considera fundador del diario Granma, establecido tras la fusión de Revolución y Hoy. Colaboró durante años con el Departamento de Fotografía, e incluso llegó a publicar algunos textos. Pero nunca recibió un salario fijo: «Así lo prefería. Tenía la puerta medio abierta para decidir qué cosas me convenían».

Su esposa, Lourdes Socarrás, interviene en la conversación para precisar fechas y contar anécdotas. Fue ella quien recordó cómo Roberto le pidió a Celia Sánchez permiso para viajar a Vietnam, donde trabajó entre 1966 y 1973.

De ese país atesora hechos memorables, como el encontrarse entre los pocos cubanos que compartieron con Ho Chi Minh, al que recuerda como un hombre muy sencillo y humilde. Otros momentos, más tristes, le enseñaron que la guerra no distingue entre personas.

«En la frontera, bajo tierra, vivía una pequeña niña llamada Mai. Se encariñó conmigo en pocos días porque su padre había muerto. Cuando regresé a Hanoi, le envié una muñeca con un colega que iba para allá. A las dos semanas, él vino a verme y, sin decir palabra, me devolvió la muñeca. Hasta hoy me entristece».

Como corresponsal de guerra, enfrentó muchos miedos. Pero Lourdes revela que su única fobia verdadera es a los espacios cerrados, originada en una experiencia en las Minas de Matahambre, que retrató para Granma en 1968. «Pasé buen tiempo ahí, no solo bajo tierra, donde se extraía el cobre, sino también en la superficie, capturando cómo vivían los mineros».

Al revisitar la prensa en esos primeros años de la Revolución, se evidencia la preponderancia de las imágenes sobre el texto, casi nulo: «Gran parte de la población era analfabeta, por lo que los escritos eran breves, se priorizaba la fuerza expresiva de las fotografías, no había mejor manera de comunicar».

En los años posteriores, se destacan, además de las series fotográficas mencionadas al inicio, otras como Yagrumas, Tabaco, Epigramas, y un ensayo sobre la última salida del Cabildo de Regla. Paralelamente, ha realizado disímiles exposiciones y libros suyos se publicaron tanto en Cuba como en el extranjero.

UN LENGUAJE UNIVERSAL

«La fotografía es una forma de hablar, de llegar a personas que no conoces o no saben leer. Las imágenes son universales». Así opina sobre la utilidad de este arte y considera que «lo más importante es que el premio rinde homenaje a todo el gremio, no a mí. Yo podré ser un autor de moda, pura coincidencia, pero se debió dar mucho antes a colegas que también lo merecían».

Sobre Cuba, asegura que aquí encontró lo que no tenía en Nueva York: un hogar. «Mi padre siempre fue muy cubano y quería regresar. Los americanos son del carajo, el inmigrante siempre será inmigrante. Gracias a esta Isla pude realizarme como fotógrafo».

Hoy, a sus 86 años –casi cuatro años sin hacer nuevas fotos– lee, escribe y cocina de vez en cuando. Tampoco concibe otros proyectos: «Pude haber hecho algunas cosas mejor, pero eso no me preocupa ahora. Estoy conforme con todo lo que hice. Por lo menos dejo algo para el mañana. Eso es lo importante».

Y mientras finaliza, su mirada recorre las paredes llenas de imágenes, acaso pocas que no logran hacer justicia suficiente a tantos años de labor, pero que revelan pedazos de historias que él, con su cámara, nos regaló para siempre.

Roberto Salas ha realizado disímiles exposiciones y libros suyos se publicaron tanto en Cuba como en el extranjero. Foto: Juvenal Balán
Entre todas sus instantáneas, considera Enero, 1959 como su obra maestra. Foto: Roberto Salas
Se considera a La señora y la bandera la fotografía más importante del Movimiento 26 de Julio tomada fuera de Cuba. Foto: Roberto Salas
Una amistad de larga datta lo unió con Fidel Castro. Foto: Cortesía de la fuente
Roberto Salas junto a Mai, en 1966. Foto: Cortesía de la fuente
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