ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Asado en púa, pieza inconclusa; las tradiciones del campo en la obra de Angelito y Angelitín, influenciada por Íñigo Blanco de Anaya. Foto: José Llamos Camejo

Aquellas manitas de ángel que amasaban el barro a mitad del siglo anterior en su santiaguera jurisdicción natal, son las mismas que 34 años después le regalaron al mundo un zoológico singular: el de piedras, cincelado sobre calizas.

Dicen que el niño y el barro iban juntos, como siervos del modelaje por el polvoriento batey de su infancia, testigo del primer amago creador del después relevante artista, nacido el 25 de diciembre de 1935.

Y cuentan que cualquier animal, al menor cruce con aquellas pupilas de ángel, en los minutos siguientes aparecía replicado. Así fueron apareciendo cabras, gallinas, reses, caballos de barro «modelados por mi papá», recuerda Ángel Íñigo Pérez (Angelito), hijo del protagonista de este relato. 

El escultor precoz entraba en su octavo año de vida cuando se fue con los padres a vivir en La Margarita, Cuneira, emporio cañero de El Salvador, Guantánamo. Corría el año 1943. Ángel Íñigo Blanco de Anaya todavía era un ser anónimo fuera del ámbito familiar. 

DESTELLOS

En espera del tren aquella mañana, en compañía de Luis, su papá, Íñigo Blanco sostenía en la mano un pegote ceroso y en los ojos la imagen del gallo que picoteaba en un flanco de la estación ferroviaria.

Pronto la figura del ave, reproducida en cera, habitó las manos del pequeño que la hizo, la deshizo y la recompuso sin reparar en el extraño que lo miraba perplejo.

El hombre sorprendido le hizo una propuesta al padre del niño: becarlo en una academia. «Saldrá hecho un escultor de renombre», le dijo. «Al viejo no le gustó esa propuesta, ni la del maestro que un día enmudeció también frente a mi papá», acota Angelito. 

Contaba mi tío Aníbal –dice– que sobre el buró del aula tenía el maestro un elefante metálico. Un día de calor, al dueño le pareció que el animalito sudaba, y al tocarlo se le derritió entre las manos; se lo habían cambiado «por uno de cera, ¡igualito!».  

Entonces, Blanco de Anaya, autor de la «fechoría», puso el paquidermo de metal en manos del dueño, y se disculpó. El maestro fue a ver al padre del niño, con la propuesta de formarlo como escultor a través de una iglesia. Petición rechazada. El porvenir del muchacho estaba, para aquel hombre, en una colonia de caña.

MUCHOS AÑOS DESPUÉS…

Como un manantial rebrotó el «bichito» de Ángel escultor en 1977, cuando el ya padre de familia vio las calizas en San Lorenzo de Boquerón (hoy municipio de Manuel Tames), su nueva morada. «Aquí empezaron a decir que mi papá estaba loco», refiere Angelito.

«Pero él, a golpe de cincel, barreta, martillo y piocha, hizo que cambiaran de idea. A la del león le siguieron las demás piezas, hasta sobrepasar de 300. Luego yo le sumé ciento y pico, en las últimas ayudado por Angelitín, mi hijo escultor, egresado de la academia». 

Todavía mi abuelo me inspira, dice Angelitín en su turno. «Para graduarme tallé, inspirado en piezas de él, Un clásico bajo la solapa, que parodia obras de Miguel Ángel, Durero y Da Vinci». 

Este zoológico, que es obra de él, fue también su academia –razona el joven–, aquí se forjó y creció como artista. En sus piezas fue mejorando los movimientos, las expresiones, las proporciones, todo. Su camino fue la constancia y la perfección». 

«Mi padre –confiesa Angelito– vive aquí (se toca el pecho), aquí (la cabeza), y en estas (las manos). Es mi maestro; le debo a él lo que sé y lo que soy, los secretos del escultor, el respeto al trabajo creador».

Dicen que, cuando el padre de Ángel Íñigo Blanco de Anaya por fin entendió que el esculpir jamás desertaría de su vástago, dejó escapar una moraleja: «el que nace pa’ escultor, del arte le caen las piedras».

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