De los cineastas del movimiento fílmico renovador conocido como Nueva Ola Francesa, Jacques Demy no alcanzaría el grado de reverencia que la crítica le tributara a otros compañeros suyos.
Lo anterior halla fundamento, a mi modo de entenderlo, en tres razones. La primera, que fue tal el éxito de una película rodada en sus comienzos como Los paraguas de Cherburgo (1964), que a algunos les supieron a poco las posteriores. En ciertos casos, sin faltarles la razón (la irregular No te puedes guiar de la cigüeña, la eludible Lady Oscar, la irrecordable Parking).
La segunda, que el creador de Las señoritas de Rochefort (1967) tuvo la poca fortuna de coincidir en tiempo y espacio con «fenómenos» como Jean–Luc Godard, Francois Truffaut, Alain Resnais, o incluso el mismo Claude Chabrol, cimentadores de un cuerpo fílmico de mayor solidez, y respaldados en el mundo entero por películas que constituyeron manifiestos epocales.
La tercera: a diferencia de los autores mencionados u otros, a Demy los años 60 no lo tomaron filmando títulos que pudieran definirse como «transgresores» en la reformulación de los códigos narrativos.
Tampoco optó por encarrilar sus relatos hacia el cine político, ni le llamó la atención poner en sintonía su obra con nuevas tendencias emergentes a la sazón. No abjuró de moldes hollywoodenses; e hizo melodramas musicales románticos, cosas inusuales dentro de aquel conspicuo cenáculo de la Nueva Ola.
No se trató de nihilismo ni de que fuera un extraterrestre, o tampoco un cineasta menor, o ni siquiera un simple artesano. Es que las proyecciones de Demy entraban por otro carril de intereses.
Existen directores a lo largo de la historia de la pantalla a quienes no les resulta tan factible trasladar al arte las pulsiones del momento, como sí les es dable hacerlo con los puntos íntimos de su mapa sentimental, los rasgos de un mundo personal llevado en andas de la fantasía, lo mágico, la inocencia. Quizá ataduras a una infancia de la que nunca pudieron desprenderse del todo.
En su vida privada hubo similar pasión y ternura a las que habitaron esos filmes suyos representantes del romance, el candor y la bondad de una época –por desgracia ya ida–, a la manera de Los paraguas de Cherburgo, Palma de Oro en el Festival de Cannes.
Ese largometraje constituyó un suceso universal de público. Contó con una banda sonora de Michel Legrand (con quien iniciara la relación artística desde la muy estimable Lola, de 1961), entre las más escuchadas por cinéfilos o melómanos a través de los años, y una historia de amor que muchos recordarían siempre.
El director de Piel de asno (1970) fue capaz de configurar un territorio fílmico propio, pletórico de seducción, luz, alegría, color, música y –sobre todo– de un marcado estilo visual.
Ya próximo a su muerte –acaecida en 1990–, decidió rodar ese filme testimonio, esa biografía fílmica de los sentimientos que es Jacquot de Nantes. Su compañera sentimental por más de 30 años, la directora Agnes Varda, la finalizó luego de su deceso.
Es una delicada e inolvidable pieza semipóstuma, cuyas imágenes evocan esencias de la vida del cineasta: desde sus correrías infantiles en el Nantes natal, la bondad materna, sus incursiones en el taller de mecánica del padre, la reticencia de ambos progenitores ante sus deseos de adentrarse en el mundo del arte, la invasión fascista alemana, la juventud, y el encuentro con la gran Varda.
En 2025 conmemoramos el aniversario 35 de la muerte de Demy, cuyo cine muchos espectadores aún recuerdan con sumo agrado, como si estuvieran en Cherburgo, entre canciones, trenes que se escapan, y amores que vuelan como pamelas en el viento. Volver a sentir la ternura y el candor de ese cine es posible, al menos como fugaz antídoto, en tiempos doblegados ante el cinismo y lo vulgar.











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Antonio rodrigo dijo:
1
24 de julio de 2025
14:01:44
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