¿Cómo representarse la Revolución Cubana en el plano visual sin que alguna de las obras de Raúl Martínez nos venga a la mente? Puede ser Ustedes, nosotros; Isla 70,
15 repeticiones de Martí, o Fénix… En muchísimas el artista logró crear una iconografía reconocible y hermosa del proceso junto a cuyos ciclos, afirmó, había crecido.
Y lo hizo al calor de la admiración y de las contradicciones; renunció a fórmulas consabidas y a idolatrías; mezcló a los grandes protagonistas de la épica junto a los anónimos; y trascendió porque sus aportes desde la vanguardia plástica se basaron en la capacidad para interpretar, mediante el talento, más allá de la propia vida, su tiempo.
No fue fácil el camino para el pintor, dibujante, grabador, fotógrafo y diseñador gráfico, nacido en Ciego de Ávila en 1927. Luchó con su familia, consigo mismo y con el medio, por defender su vocación y entender su sexualidad. Fue una búsqueda larga y a ratos dolorosa.
Para Antón Arrufat, pocos han luchado como Raúl Martínez «por rehacerse y hacerse (…) Dos palabras podrían definir tal aspecto, esas palabras son maravilla y tenacidad. Maravilla le causa el mundo a sus sentidos irritados, alertas, a sus ojos miopes, a su afán de vivir experiencias y participar de mundos desconocidos».
A sus estudios en la Escuela Elemental de Artes Plásticas, en San Alejandro y en el Institute of Design de Chicago, así como al diálogo con el trabajo de sus contemporáneos –como los del grupo Los Once, del que formó parte– sumó una honestidad artística que le impidió siempre acomodarse, y una voluntad indagadora febril. Cuando pasó del expresionismo abstracto al arte pop, convirtió este último en algo que hablaba de nosotros: asimilación y aporte, eso logró.
El dramaturgo Abelardo Estorino, quien fuera su pareja por muchos años, contó: «Lo vi pintar, y su espíritu de investigación fue siempre incansable pero doloroso. Cuando consideraba que algo faltaba en su creación se sentaba en silencio escuchando su música preferida, pero su rostro mostraba una expresión de tristeza que me asustaba. Así podía estar varios días, y de pronto, en algún momento, buscaba una cartulina y dibujaba. Volvía entonces el dinamismo de siempre y trabajaba sin descanso».
Buscar y buscarse era, más que dispositivo creador, una actitud vital. En sus memorias confesó: «No podré envejecer porque me hallo creciendo todavía, y crecer es solo irse reconociendo sin presiones innecesarias; es un precioso mecanismo que también requiere de un tacto especial. Crecer es no repetir más lo ya sabido y dejarnos impregnar por lo desconocido».
Apartado durante varios años por su orientación sexual, en el recuento de su vida –recogido en el libro Yo, Publio– compartió sin ambages su visión crítica sobre el llamado Quinquenio Gris, desde una postura analítica, alejada del rencor; tal como fue su concepción de la existencia.
Merecedor de la primera entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas, el correspondiente al año 1994, Raúl Martínez legó a Cuba una obra transida por la honestidad y la belleza; que tres décadas después de su fallecimiento nos sigue pareciendo monumental, conmovedora, única.













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