Nunca fueron los Oscar vitrina de la honestidad. Los veredictos de esos premios, en parte nada desdeñable de los casos, respondieron históricamente a coyunturas de diversa índole, plataformas políticas, simpatías de estación o delirios colectivos.
De estos últimos ha habido varios en años recientes. Tras la absurda selección, en 2022, de la intrascendente Coda como Mejor Película, el calendario posterior al lauro popularmente más esperado del cine mundial (no el más significativo, desde el punto de vista artístico) de nuevo recayó en otro título de escaso relieve, como Todo a la vez en todas partes. Dos de las que ya casi nadie se acuerda.
Luego, en 2024, la política dominó en la decantación de los académicos, al premiar a Oppenheimer, que tendió un puente de comprensión hacia el hombre y el Estado causantes del genocidio atómico yanqui sobre Hiroshima y Nagasaki.
A fuer de sincero, el Oscar 2025, entregado el domingo, ha sido uno de los de mayor equilibrio del decenio en curso. Eso tampoco quiere decir que primasen del todo la honestidad y la justicia.
De haberlo hecho, la recompensa a la Mejor Película debió granjeársela El brutalista (Brady Corbet, 2024). Aunque, de entrada, este comentarista presentía que su vitriolo antisistema iba a reñir con los estándares ideológicos de los decisores.
La anulación de Emilia Pérez estaba cantada por los escándalos extracinematográficos. Y dejar a la Megalópolis, de Coppola, fuera de los nominadas, constituyó un acto de miopía cultural mayúsculo.
Desde que el personaje central de El brutalista, un arquitecto húngaro de origen judío, llega a Nueva York y se privilegia en ese momento un encuadre que ladea o tuerce a la Estatua de la Libertad, hasta el último fotograma, este drama de raza deja un poso de dolor sobre la depredación de los poderosos y el acíbar que deben tragar en la «tierra de las oportunidades» los inmigrantes, sean lo que fueren.
El Oscar a la sobrevaluada Anora no será discutido por los adoradores de Sean Baker. El cineasta de Proyecto Florida y Red Rocket concreta una película que, cuando mejor funciona, es al decidirse a entrar de lleno al terreno de la comedia, pese a acentuar entonces su sesgo antirruso. Ahora bien, Anora esquiva el compromiso social de la obra del director, que parece caminar peligrosamente hacia el mainstream, por mucho que Baker la vendiese como el culmen de lo independiente.
El bochorno no llega al grado de cuando en 2023 le robaron el lauro a Cate Blanchett por Tár, pero no conferirle el premio a la Mejor Actriz Protagónica a Fernanda Torres, por Aún estoy aquí, es censurable.
Donde sí hubo honradez en los agasajos fue en el Oscar a la Mejor Película Extranjera para, justamente, el drama familiar y político brasilero Aún estoy aquí; en el de Animación a la letona Flow, y en el de Documental a la palestina No Other Land.
Nada que objetar, igual, de la estatuilla en varios apartados técnicos, muy correctas; ni del Oscar a la Mejor Actriz de Reparto para Zoe Saldaña, por la ninguneada Emilia Pérez. Aunque en la misma categoría, pero en el área masculina, lo hubiese preferido para Jeremy Strong por El aprendiz o Guy Pearce por El brutalista. Kieran Culkin, el ganador, está delicioso en Un dolor real; pero es hora ya de que se aleje del tono de su personaje en Succession, su serie catapulta.











COMENTAR
Responder comentario