REALENGO 18, Guantánamo.– Año 1962. Un día: «Casimiro, no tengo zapatos ni ropa de vestir, cómprame algo», suplica ella. «Pa' qué te quiere ve'tir, mujer –inquiere el aludido–, lo tuyo e' la casa, ropa nueva no te hace falta».
Otro día: «quiero ir contigo a la fiesta», insiste Lolita. Pero, «te he dicho mil vece' que la fie'ta e' pa' losombre», contesta el esposo engreído, «tú, a cuidar lo' vejigo', lo' animale' y la casa».
La de Casimiro y Lolita parece la historia de nunca acabar; del Realengo los dos, dedica las horas diurnas él a labrar la tierra que le entregó la Reforma Agraria; las noches, a los tragos y a la parranda.
Entre las cuatro paredes de su bohío todo el tiempo ella, atada al ombligo de la obediencia machista, se queja. Hasta el día que se arma la discusión y deciden separarse.
Con el bulto a cuesta, presto a marcharse el hombre, ya en la puerta, se le interpone Lolita: perdóname, vida mía, / perdóname, cielo santo, / aunque me maltrates tanto / yo te quiero todavía. Los ojos del guajiro buscan al público, y, cual slugger de beisbol frente al lanzamiento esperado…
Casimiro hace swing de home run... ¿ustede' ven, caballero’? /, yo la tengo dominada / hago de ella lo que quiero / y al fin no le compro nada –y detona la carcajada triunfal, antesala del ensordecedor aplauso con que, supone él, será premiado.
La controversia matrimonial, la historia, luchas sociales, añoranzas y conflictos existenciales de quienes pueblan el Realengo 18, le dan sustancia al nonagenario Grupo de Teatro Portador, Lino de las Mercedes Álvarez, el más longevo entre sus iguales de corte comunitario en todo el país.
Creada en 1934 en la comunidad del Lechero, la agrupación –en sus inicios– asumió el nombre de su formato fundacional: Cuadro de comedia. Su nombre actual lo adoptó en la segunda mitad del siglo anterior, en homenaje a quien fuera uno de sus más febriles alentadores. Cuentan que, pocos años antes de su deceso, en 1954, Lino les solicitó que usaran su arte, de domingo en domingo, en los campamentos rebeldes, para reagrupar a los pobladores del Realengo 18.
El grupo alcanza su mayoría de edad a partir de los años 60, época en la que introdujo obras asociadas a la Campaña de Alfabetización, la lucha contra bandidos y las reivindicaciones que experimentaba la campiña cubana.
Con su arte tomó y toma parte en el debate ideológico que, desde entonces, tiene lugar en la Isla, y que, por supuesto, no excluye al campesinado. En una de sus obras discrepa una pareja de novios, hijo él de un pequeño agricultor favorecido por la Reforma Agraria, ella de un otrora resentido terrateniente.
No reconciliadas las diferencias, cada uno toma su camino; ella viaja a Miami y allá vive, enferma de desarraigo; el padre, igual de nostálgico en el Realengo, sin poder abusar a sus anchas como antes, vive del recuerdo, «¡y pensar que en todo esto mandaba yo!.
Ha germinado el arte en esta joven agrupación de 90 años, y ha hecho crecer al público. Ese auditorio que aplaude cuando el joven de esta última historia le declara su amor eterno a la joven Palmera, es el mismo que en señal de rechazo rechifló la sumisión de Lolita, y al «swing de home run» machista de Casimiro lo trastocó en un ponche ridículo.












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