ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La sombra de un hombre de Hiroshima en los escalones de piedra de un banco local. Foto: World History Archive

La primera vez que escuché la canción, dentro de una obra de teatro, no sabía quién la había compuesto ni cómo se llamaba, pero me conmovió profundamente.

Pasaron los días, y no me abandonaban ni la melodía ni algunas palabras sueltas. Indagué con obstinación. Desde entonces Sombras en la pared, de Carlos Varela, es una de las recurrentes en mi lista de reproducción:

Un nuevo día va a empezar / Me besas y aparece el sol / La gente sale a trabajar / Mientras hacemos el amor. / Y a contraluz por el cristal / Se ve tu sombra en la pared / Pintada en la claridad.

La sombra como metáfora de lo perenne.

Y cuando en la calle anochece / Solo me queda en la pared / Tu sombra volando / En la oscuridad.

La sombra como nostalgia… pero también como divertimento, cuando mis hijos adivinan entre la penumbra qué animal representamos: el perro, el majá, el dragón. Asombro infantil ante la propia figura magnificada en la pared de la sala; o en la acera, bajo el sol tremendo.

Fotos familiares ingeniosamente construidas con sombras. La sombra como sustancia poética.

En Hiroshima también hubo sombras. Cuando el 6 de agosto de 1945 el Enola Gay sobrevoló la ciudad y lanzó la bomba atómica Little Boy, la demencial temperatura que se alcanzó no solo mató a la gente en un área considerable, sino que casi la desintegró, la evaporó, la redujo a apenas nada en un instante.

De muchas de esas personas solo quedaron sus sombras impresas en el asfalto u otras superficies. A ese fenómeno se le conoce como «efecto sombra», o «sombra radioactiva».

La ciencia ha explicado que ante la intensa luz y el calor de la bomba, seres humanos y también objetos actuaron como «escudos», protegiendo lo que estaba detrás de ellos; eso provocó el blanqueamiento de superficies aledañas, dejando en contraste las sombras.

Las fotos que se les hicieron a estas siniestras huellas sirvieron para dejar testimonio del asesinato en masa que –según datos de la Unesco– provocó la muerte de 80 000 personas de manera inmediata y de otras 50 000 en los días posteriores.

Con el tiempo, las sombras se han ido desvaneciendo, y las placas que las señalizaban, retirando, para pasar al Museo Conmemorativo de la Paz.

Y pareciera que solo eso, sombras, queda del horror… porque bastaría apenas que explotaran algunas pocas bombas de las que existen en los arsenales nucleares de hoy, para que el hollín resultante bloquee los rayos del sol, y el planeta se enfríe, se oscurezca, haya una hambruna persistente, además de otras consecuencias catastróficas, y mueran quienes hayan quedado, todos o casi todos.

El invierno nuclear es una posibilidad real, que conocen muy bien quienes juegan con la estabilidad política del mundo, y tienen más cabezas nucleares de las que hacen falta para extinguirnos.

Entonces no quedarían sombras en la pared para los amantes, ni madres e hijos que jueguen con la luz. La Humanidad, capaz de lo sublime y de lo horrendo, habría dejado de ser.

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Elioney Rodríguez González dijo:

1

18 de abril de 2024

07:13:19


Vale la pena unirnos en el llamado que se hace a la inteligencia humana, de lo que queda aún y un llamado también a la inteligencia artificial: a preservar la vida.