En Turandot, Giacomo Puccini en total complicidad con los libretistas Giuseppe Adami y Renato Simoni, y siempre fiel a su propósito de imprimirle mayor credibilidad al ambiente en el que se desarrollan los argumentos de sus óperas (en esta oportunidad, la China milenaria), hace exclamar al pueblo en presencia del Emperador: «¡Diecimila anni al nostro Imperatore! ¡Gloria a te!» (¡Diez mil años de vida a nuestro Emperador! ¡Gloria a ti!).
Y, efectivamente, esa frase que se canta en seis ocasiones, se empleaba en algunos países de la antigüedad para ofrecer respetos y veneración. Un amigo muy querido, estudioso y conocedor de las culturas históricas, me ha aclarado que la traducción exacta de «diez mil años de vida…» debiera ser: «¡Muy larga vida!», pues en el sistema de numeración de la antigua China, la connotación de esa cifra era de infinito, inconmensurable.
El 8 de abril, Alberto Méndez cumplirá 85 años de vida. Una vez me confesó que desde muy niño en su San Luis (Pinar del Río) natal sintió una gran inclinación por las artes. Y de pequeño, imaginando mil y un escenarios, corría por entre las vegas, creyéndose los personajes que fabulaba su mente infantil.
Comenzó profesionalmente en la danza en 1959, en el Departamento de Danza Moderna del Teatro Nacional de Cuba, hoy Danza Contemporánea de Cuba, compañía que este año festeja el aniversario 65 de su creación, y de la cual es, por tanto, uno de sus fundadores. Al año siguiente, se incorporó al Ballet Nacional de Cuba (BNC), y allí, ocho años después, fue promovido a la categoría artística de Primer bailarín.
Como integrante de nuestro principal conjunto danzario, Alberto Méndez participó en los estrenos de decenas de obras (Bach X 11 = 4 X A, de José Parés; Exorcismo, de Anna Leontieva; Majísimo, de Jorge García; El circo y La bella durmiente del bosque, de Alicia Alonso, por citar solo algunas) y tuvo a su cargo la interpretación de papeles protagonistas en muchísimos ballets: el Pas de trois, la Danza Española y el príncipe Siegfried, en El lago de los cisnes; Albrecht, en Giselle; Colin, en La fille mal gardée; Franz, en Coppélia; El Poeta, en La sílfides; el pas de deux de Don Quijote; Escamillo, en Carmen, que bailó en varias oportunidades junto a Alicia Alonso; o el pas de deux de La bayadera y Grand pas classique, títulos de los que se convirtió en el primer intérprete masculino de esas piezas en el BNC.
Como intérprete, no puede olvidarse que Alberto Méndez fue también un estupendo bailarín de carácter y demi caracter. ¡Quién que tuvo el privilegio de verlo, no recuerda su divertida Mamá Simone, o su temible, a veces terrorífico pero siempre conmovedor, Dr. Coppélius! O la impronta que dejó en personajes como El Charlatán, en Petrushka; o el hada Carabosse en La bella durmiente del bosque, o Hilarión, en Giselle, personaje que llegó a bailar junto a Alicia Alonso, Carla Fracci y Ekaterina Maximova, entre otras grandes bailarinas de nuestra época.
Sin embargo, es indudable que el gran aporte de Alberto Méndez a la danza cubana y universal, su gran mérito artístico, radica principalmente en su labor coreográfica. El debut de Alberto Méndez como coreógrafo se produjo el 1º de mayo de 1970, cuando en el Teatro Sauto, de Matanzas, dio a conocer Plásmasis, concebido para la participación de Caridad Martínez y Lázaro Carreño en el V Concurso Internacional de Ballet de Varna de 1970. Y ya desde esa primera obra, demostró su grandeza como creador: Plásmasis obtuvo el premio A la mejor coreografía moderna en aquel certamen.
Esa fue la primera de una más que centenaria lista de títulos, muchos de ellos emblemáticos, y en los que, como ha señalado muy certeramente el investigador y crítico Pedro Simón, «(…) revelan con frecuencia las posibilidades de la técnica clásica, como base de nuevas combinaciones que pueden impresionarnos con la fuerza de la primera vez. En Alberto Méndez encontramos, sin dudas, la imaginación creativa más desbordante entre los coreógrafos cubanos actuales».
«La imaginación creativa más desbordante entre los coreógrafos cubanos…» quiero hacer resaltar esta frase, porque a Plásmasis siguieron obras tan importantes como Tarde en la siesta, El río y el bosque, Paso a tres, Vals, Muñecos, Rara avis, Doña Rosita, A escena, Después del diluvio (desborde de creatividad e imaginería danzaria para el Cuerpo de baile); El poema del fuego (inspirado en la avasallante personalidad escénica de Jorge Esquivel); La dama de las camelias, con Carla Fracci en el rol protagonista –el primer ballet «de toda una noche» concebido por Alberto Méndez–; Suite generis, Fantasía (divertimento coreográfico que en 1990 volvió a unir en un mismo ballet a tres de Las cuatro joyas: Josefina Méndez, Loipa Araújo y Aurora Bosch); Mal de ángeles, un ballet sin argumento; Intimidad, que propició, de manera especial, la emotiva unión escénica de Josefina Méndez (¡esa entrañable ballerina!) con su hijo Víctor Gilí, o El fantasma de la ópera, coreografiado para Fernando Bujones y el Ballet Concierto, de Puerto Rico.
Con toda intención, he prescindido en este escueto «inventario» de títulos «mendezianos» de aquellas obras que fueron creadas para Alicia Alonso, otro aspecto trascendental de su carrera.
No puede obviarse el hecho de que, durante más de veinte años, nuestra prima ballerina assoluta tuvo en Alberto Méndez su más importante coreógrafo.
Para Alicia, de 1971 a 1995, Alberto creó casi una veintena de títulos, muchos de ellos ejemplares: Nos veremos ayer noche, Margarita, sobre el conocido tema de La dama de las camelias, de Alexandre Dumas, la primera coreografía que Méndez creó especialmente para la Alonso; La Péri, Canción para la extraña flor, Ad Libitum, que posibilitó el inesperado encuentro entre Alicia Alonso y el famoso bailarín español Antonio Gades; Roberto el diablo, al igual que La Péri, una estupenda reconstrucción de una obra del romanticismo danzario; La viuda alegre, chispeante versión coreográfica de la opereta homónima de Franz Lehár; Azor, en la que Alberto Méndez retomó, una vez más, desde una perspectiva contemporánea, el mito de la mujer ave, y en la que la Alonso apareció acompañada por cuatro de las más notables figuras masculinas jóvenes del BNC de entonces: José Manuel Carreño, Lienz Chang, Jesús Corrales y Ernesto Quenedit; Poema del amor y del mar, un ballet creado para uno de los acontecimientos culturales más importantes del siglo XX: el insólito encuentro artístico de los bailarines Alicia Alonso y Rudolf Nureyev y la soprano Victoria de los Ángeles, cuando se unieron escénicamente, por primera y única vez, el 31 de julio de 1990; In the Middle of the Sunset, propuesta cubana al festival Internacional de Ballet Unidos Danzamos, celebrado en San Francisco, para festejar el aniversario 50 de la firma del documento que dio origen a la Organización de Naciones Unidas (ONU). El ballet utilizó como música diferentes piezas de Ernesto Lecuona, interpretadas por el propio autor en históricas grabaciones. Junto a Alicia Alonso actuó un elenco representativo de las diversas generaciones que conformaban, en 1995, nuestro principal conjunto danzario. Y, por supuesto, La Diva, homenaje a la mítica soprano Maria Callas, estrenado en el Gran Teatro García Lorca, el 29 de octubre de 1982, la «apoteosis de los trabajos de Alberto Méndez dedicados a la Alonso».
Reconocido internacionalmente como uno de los más destacados coreógrafos contemporáneos, Alberto Méndez ha realizado montajes de sus obras en importantes agrupaciones extranjeras como el Ballet del Teatro alla Scala, de Milán; el Ballet del Teatro San Carlo, de Nápoles; la Ópera de Roma, en Italia; el Ballet del Rhin, en Francia; el Ballet Nacional de España; el Ballet del Gran Teatro de Varsovia, y en varias agrupaciones danzarias de Estados Unidos, México, Venezuela, Panamá, Colombia, Puerto Rico, entre otros países.
Alberto Méndez celebrará un cumpleaños significativo, aunque (siempre lo digo) cuando se ha aportado tanto a la cultura de un país, cuando el talento ha estado en función de la belleza y del bien (¡y cuánto bien, cuánta belleza, cuánta riqueza nos ha legado Alberto Méndez!) todos los cumpleaños resultan relevantes. Por eso, Alberto Méndez, amigo polémico y entrañable, artista ejemplar, amado coreógrafo, que tantas veces has hecho estremecer, reír, llorar, saltar del asiento… repito para ti aquella locución recogida por Puccini en Turandot, y con la cual, en la China milenaria, se deseaba larga vida a los emperadores: ¡Diez mil años de vida! ¡Gloria a ti!











COMENTAR
Telesforo (Deutschland) dijo:
1
5 de abril de 2024
07:42:01
Miguel Rojo dijo:
2
5 de abril de 2024
14:42:54
Responder comentario