
Actores que entran a escena a destiempo u olvidan sus líneas, actrices que terminan gravemente heridas por la torpeza de sus colegas, utilería defectuosa, técnicos de sonido distraídos, sustituciones disparatadas…
Todo eso y aun más sucede en Asesinato en la mansión Haversham, primer espectáculo de la plataforma escénica Y la nave va, un programa dentro de la comunidad creativa Nave Oficio de Isla, dirigido a la investigación, formación y gestión de proyectos multidisciplinarios de jóvenes.
La ópera prima de Ledier Alonso Cabrera, adaptación de La obra que no sale bien (Mischief Theatre, 2012), se ha presentado durante todos los fines de semana de junio, a las cinco de la tarde, en la sede de la institución, los Almacenes San José, de la Avenida del Puerto; y seguirá hasta el 16 de julio.
Fidelizar a los espectadores con un espacio no es tan sencillo, solo se logra a partir de mucho trabajo y de respetar siempre los principios artísticos por los que se ha apostado; la Nave… lo logra, ofreciendo espectáculos en los que se conjugan armónicamente inteligencia y sensibilidad, en los cuales el diálogo entre las artes fluye con la naturalidad que le es consustancial, y se garantiza al público una experiencia inmersiva.
Se rompen muchos de los preceptos del teatro convencional, poco importa la distancia crítica, y se desacraliza a actores y actrices, que al alcance de la mano –o ya en escena desde que los asientos se van ocupando– pasan a interpretar experiencias en las que es mucho más fácil reconocerse.
Así como Luz o El Collar, por solo citar dos puestas en escena muy exitosas allí, Asesinato en la mansión Haversham logra seducir y conmover, esta vez desde el humor. Lo que comienza como tímidas risas ante el nerviosismo y la sobreactuación de los intérpretes, termina como un general arranque de hilaridad, porque aunque se vean venir los nuevos tropiezos, logran sorprender siempre en plena ascensión hacia el desastre total.
Los apócrifos (se supone que la pieza de misterio –y así lo anuncia el cartel– se debe a cierta Susie H. K. Brideswell, y la acoge la Sociedad Anónima de Drama) pueden confundir a cualquier espectador desprevenido, que termina sin saber bien quién finalmente es el director.
También, más de uno en el público tarda un poco en entender cuánto de premeditación hay en los equívocos: ¿la obra va de dislates o es que realmente estos muchachos son así de malos actuando?
Pero eso importa poco: cada cual conforma el discurso en dependencia de su nivel de credulidad respecto a lo absurdo, y la experiencia colectiva final no deja a nadie fuera: se trata de actores que interpretan a personajes actores que tratan de interpretar sus personajes; y la empatía con ellos en cada uno de esos niveles se hace sumamente disfrutable. Esa es la magia del metateatro, el teatro dentro de él mismo.
Al final, en medio de la apoteosis del disparate, hay deseos de saber quién mató a Charles; una mezcla de ternura y lástima por los miembros de esa compañía con tan mala suerte y tan poco talento, pero fieles al precepto de que, a pesar de todo, la obra debe llegar a su fin; y admiración por las cualidades histriónicas de las mujeres y hombres dirigidos por Ledier.
En el montaje todo lo que debe salir mal así lo hace, y por eso está tan bien la obra, en la que el decorado falla cuando es preciso y los actores se accidentan en el segundo exacto. Es fácil imaginar la planificación milimétrica tras este resultado y la preparación física y el ensayo de los implicados. Vale la pena indagar quién es el asesino.











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Ahmed dijo:
1
2 de julio de 2023
10:22:00
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