ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Actor mexicano Ignacio López Tarso. Foto: Instituto Politécnico Nacional de México

Parecía eterno, duro semblante de raíces aztecas, palabra elocuente y gesto dúctil en la interpretación. A los 98 años de edad una neumonía lo acaba de derribar. Quería vivir cien años, había dicho un tiempo atrás. En realidad, estaba seguro de vivir en la pantalla y la escena, en la memoria de quienes disfrutaron en su momento sus soberbias actuaciones, y en la nueva memoria de los que en lo adelante no dejarán de sorprenderse con su despliegue histriónico.

Entre nosotros, Ignacio López Tarso dejó muchas huellas. Quizá la más sensible, aquella que lo trajo a la escena del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso en 2003, cuando representó, junto a Carmen Montejo, la pieza Cartas de amor, del dramaturgo estadounidense Albert Ramsdell Gurney. La curadora de arte y promotora Margarita Ruiz, a la sazón consejera cultural de nuestra embajada en México, recuerda con cuánta ilusión los dos actores prepararon su desembarco en la Isla.

La aureola crepuscular que se suponía rodeaba a ambas criaturas, se disipó con tan solo tocar tierra. Para Carmen, nacida en Pinar del Río y radicada en México desde 1942, significó el reencuentro con la patria; López Tarso se sabía seguido y querido por los cinéfilos que habían descubierto desde mucho antes su talante.

Aquí visitaron la Cinemateca; Alicia los recibió en la sede del Ballet Nacional de Cuba, y sobre las tablas de la sala García Lorca entregaron con una mezcla de pasión, oficio y mesura las líneas de una obra que habla de la relación entrañable que supera los plazos del almanaque.

A López Tarso lo asocian a la época de oro del cine mexicano, aunque sin duda la trascendió. Puede que al cribar su abundante presencia en la pantalla el espectador note la desigual altura de tantas producciones, nada menos que 62 películas, 35 telenovelas y nueve series. Pero en cada una dejó una impronta singularísima, como también en el teatro, donde se formó hacia la medianía del pasado siglo bajo la égida de los notables Xavier Villaurrutia y Salvador Novo.

Actuó a las órdenes del gran Luis Buñuel, quien lo fichó para el elenco de Nazarín, uno de sus clásicos. Ya era reconocido cuando subió el listón en 1960 y asumió el papel protagónico de Macario, del realizador Rubén Gavaldón. Entonces vistió con dotes superlativas la piel del indio pobre y hambriento, padre de 13 hijos, que se interna en la espesura para comer sin compartir con dios y el diablo un pavo, hasta que pacta con la muerte y sella su destino.

Realismo mágico en clave fílmica, en una línea que el propio Gavaldón continuaría con él en El gallo de oro (1964), que haría furor en las salas cubanas de la época, por los días en que por acá se nos revelaba la compañía literaria de Gabriel García Márquez –Casa de las Américas publicaba tempranamente Cien años de soledad–, autor del guion. López Tarso nunca dejó de evocar el semblante atribulado del Gabo en medio de la filmación, cada vez que el actor tomaba en sus manos el gallo revestido de espuelas aceradas.        

Mucho hubiera querido que la suerte de Macario y El gallo de oro contaminara el resultado de Pedro Páramo (1968), la versión de la novela de Juan Rulfo, en la que interpretó con maestría el papel de Fulgor Sedano. Mas no fue así; el director Carlos Vela falló en la diana. Sin embargo, López Tarso soñó, y sí lo compartió con colegas, que la novela de Rulfo merecía, como los seres macondianos, una segunda oportunidad sobre la Tierra. 

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Fernando dijo:

1

17 de marzo de 2023

05:59:58


Lo recuerdo de su actuación en Senda de Gloria, su protagónico nos regaló una clase magistral de actuación.