ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Obra de Ángel Laborde Wilson

El murmullo del mar, la criollez perenne de esta tierra antillana, la forma de la multicolor polimita de Guantánamo, la concha del Guamo, el indetenible paso del tiempo, la vida… Todo es «palpable» en la obra de Ángel Laborde Wilson, el pintor de las caracolas –como le llamaban–, el guantanamero contra el que no pudo el fatalismo geográfico provinciano, el maestro-artista, el cubano de raíz profunda.

Ese creador, quien supo transitar con reconocida destreza los caminos de la pintura, el dibujo, la caricatura, la escultura y la cerámica, ha pasado a la historia de nuestras artes plásticas como exponente del espiralismo creativo.

Su técnica singular fue su sello. De esa manera lo distinguieron los restantes 15 artistas que junto a él conformaron el Grupo Antillano, que entre 1975 y 1985 emergió en La Habana.

Antes de integrar el claustro docente de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, llevó cartilla y manual en la Brigada Conrado Benítez, como parte de la Campaña de Alfabetización, de donde quizá provino su posterior espíritu de trabajo comunitario, que tuvo a su terruño natal como epicentro.

Miembro fundador y presidente de la Filial de Artes Plásticas en la tierra del Guaso, Ángel Laborde Wilson –fallecido esta semana, a los 80 años– fue merecedor de la distinción Raúl Gómez García del Sindicato de la Cultura, y la Distinción por la Cultura Nacional, entre otros lauros, tanto dentro como fuera del país.    

Ascendiendo siempre, como las espirales de sus caracolas con rostros de mujer, en movimiento, ungido por el misterio circular de sus obras, así lo recordarán en Guantánamo, su patria chica, y en Cuba toda, su inspiración permanente.

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