Era un hombre de cabellos de plata, pero lo conocí cuando apenas tenía canas, y ya con obra crecida. Ojos verdeazules de mirada tranquila y afectuosa, hombre de bien y de alma limpia como masa de coco, sonriente y siempre positivo, Pablo Armando Fernández (1929-2021), príncipe entre poetas, dejó de vivir físicamente, pero no en espíritu, que se halla pleno en su amada obra.
Y ¿cuál es esa obra poética, narrativa, ensayística? Reseñarla ahora resultaría abrumador para esta nota que quiere despedirlo con el amor que él mereció en vida, con el recuerdo que obtiene su posteridad. Pablo Armando comenzó publicando en la década de 1950 sus primeros poemarios, entre ellos Salterio y lamentación (1953), uno de los aldabonazos de la que habría de ser la corriente coloquialista de la poesía cubana.
Cuando publicó Toda la poesía (1961), ya era uno de los mejores poetas de Cuba. En 1964 dio a conocer El libro de los héroes, su ofrenda al tránsito revolucionario cubano. Con Aprendiendo a morir (1983) y Campo de amor y de batalla (1984), el poeta extraordinario se había consolidado y El sueño, la razón (1988) daba fe de ello. Sus obras narrativas, con su novela Los niños se despiden (1968, Premio Casa de las Américas), y su labor como ensayista y crítico literario, fueron dándole cuerpo mayor a su obra, siempre atento a su ser verdadero: el de poeta, aquel que en 1999 ofreció De piedras y palabras, cuyos textos parecen cartas-poemas a sus amigos.
Integró la Generación de los Años Cincuenta, con Carilda Oliver Labra, Rafaela Chacón Nardi, Rolando Escardó, Heberto Padilla, Fayad Jamís, Roberto Fernández Retamar, Roberto Branly, Francisco y Pedro de Oraá, José Álvarez Baragaño, Rafael Alcides, Manuel Díaz Martínez, Antón Arrufat, Severo Sarduy, Rolando López del Amo, David Chericián, Miguel Barnet, entre otros muchos, todos los cuales participaron juveniles en la llegada de la Revolución en 1959. Entre ellos, Pablo se cumplía como amigo de todos, colega reconocido y querido.
En su labor bulle la realidad objetiva cubana pasada por su sensibilidad, por su subjetividad, con entero dominio de su idioma expresivo, bajo la égida de sus temas preferidos: el amor, la familia, la búsqueda de la belleza y la obra social de su muy amada tierra natal. En el amor escanciaba su pasión por la vida y el complejo mundo del compañerismo, la amistad, los hijos y la esposa (aquella inolvidable Maruja). Pablo era tan activo en el entramado cultural del archipiélago y fuera de las fronteras insulares, que asombraba contemplar el crecimiento de su obra, sin desaliento, sin detenerse a solo admirar al mundo, sino también expresándolo, cantándolo.
Ahora ha muerto, como decir que ha pasado a vivir en su obra. Sea hermoso el adiós a Pablo Armando, «que la Patria os contempla orgullosa». Cubano esencial y universal, tan nuestro, digámosle: Cúmplete errante, solo, / en un tren sin regreso, / y como ruinas de la noche, espárcenos. Extiéndenos, dilátanos tú, Poeta.












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Ana Lina del Rio dijo:
1
9 de noviembre de 2021
03:48:28
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