ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Sandra, la mujer de fuego, con Rosa Carmina.

No me atrevo a asegurar el nivel de influencias del cine, o de las pantallas, en los espectadores contemporáneos. No hablo de influencias políticas e ideológicas, que esas están muy claras desde el mismo inicio del cinematógrafo, con aquellos actores blancos pintados de negros (asesinando y violando) en El nacimiento de una nación, de Griffith (1915).

Influencias personales, digo, como cuando después de ver varias veces a James Dean en Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) y de apreciar lo bien que «caía» el actor entre las muchachitas, traté de copiar sus poses retraídas y su decir balbuciente,  mientras hundía la mirada en las  punteras de los zapatos cuando me hablaban, o atisbaba en lontananzas las melancolías  del universo.

–¿Y hace rato que llegaste a la fiesta?

–Un ratico, pero ya me esfumo.

Desastre total, en tanto los espabilados de siempre se acercaban a la damita para explicarle que yo me había convertido en «un tipo raro».

Hace años conté, a grandes rasgos, lo que me costó entusiasmarme con El estigma del arroyo (Robert Wise, 1956), filme en el que Paul Newman encarna al boxedor Rocky Graciano, criado en la violencia del East Side neoyorquino, madurado a pescozones en reformatorios del país y campeón mundial de los pesos pesados.

Aquella tarde salí del cine dispuesto a no seguir esquivando a un bravucón del barrio, al que los muchachos evitaban enfrentarse por ser mayor y más fuerte. La fórmula me la había dado Newman en su estelar papel de noqueador: jab arriba, amago del jab al pecho, cruce al mentón con la izquierda, gancho al hígado y finalmente un aparatoso swing con mi mejor mano.

Lo hice todo como lo había visto en pantalla, pero el que se fue al piso, y rápido, fui yo, víctima de un solo golpe del matoncito, que se me quedó mirando como tratando de explicarse qué bicho me había picado.

A la monumental Rosa Carmina la conocí, junto a mi carnal Paquito, en Sandra, la mujer de fuego, dirigida por Juan Orol en 1954, aunque vimos el filme tres años más tarde en el cine Chic de Mantilla. El argumento de aquel melodrama tropical nos puso a temblar: la bella y sensual Sandra es una rumbera de éxito que decide dejar su vida artística y matrimoniarse con un apuesto señor, dueño de una hacienda en la que trabajan numerosos jornaleros. Pero el señor no puede consumar el matrimonio en el lecho porque tiene «su problema», y una voz en off narra, con lujo de detalles, los sofocos de la pobre protagonista, sudando de insatisfacciones, asomándose a la ventana de su cuarto para mirar hacia la tórrida noche, donde resuenan unos tambores embrujados y los jornaleros, lujuriosos, sospechan y se preparan.

Al salir del cine, locamente enamorados de Rosa Carmina, Paquito y yo nos juramos terminar de crecer rápido y, donde quiera que ella se encontrara, salir a buscarla.      

Fueron muchas las influencias, buena parte de ellas dejadas por los invencibles héroes del cine estadounidense. Eso motivó, en buena medida, que molestos por las primeras medidas de soberanía emprendidas por la Revolución Cubana, algunos empezaran a asegurar, dando fechas del inminente derrumbe y de vuelta al pasado, que «los americanos no iban a permitir eso».

Un capricho –se sabe la historia– que ya dura más de 60 años.

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