ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Fotograma de la Película

¿Y qué será de los paparazis en estos tiempos?, me pregunto mientras repito La dulce vida, el clásico creado por Federico Fellini hace 61 años, filme tras el cual debiera verse, sin transición, el Ocho y medio, del maestro italiano con Marcello Mastroianni, otra vez, convertido en un director de cine que trata de superar un bloqueo creativo, mientras rueda una nueva historia.

La dulce vida le dio nacimiento al término paparazi, surgido del personaje Paparazzo, el fotógrafo que solía acompañar al reportero de sociedad interpretado por Mastroianni, braceando a ciegas él (soñaba con ser escritor), en medio de la excéntrica ola de ricos y famosos que dominaban las noches romanas.

Ya en ese filme, se trazaba el perfil definitorio de los fotógrafos agrupados bajo el nuevo término de paparazi: exclusividad y escándalos como eje económico de una vida palpitante, ausencia total de escrúpulos, al intervenir en la vida privada de los otros (irritarlos si fuera necesario), y una cara de piedra para recibir ofensas y hasta bofetones, que historias de acosos sobran, y hoy no pudiera hablarse de la muerte de la princesa Diana sin referirse a los paparazis que la persiguieron, hasta el último instante, por las calles de París.

Los paparazis están ligados a la prensa rosa, que es como decir compendio de chismes y frivolidades provenientes del mundillo de las celebridades. Una vez primaron las revistas, y siguen estando, pero hoy internet significa una competencia feroz. En ambos casos, las sustancias se repiten: sensacionalismo, escaso rigor en lo expuesto y algún que otro proceso judicial, por los daños causados al combinar mentiras y realidades a la hora de componer «el palo periodístico» del momento.

La noticia sería –según encuestas que parecieran mofarse de la inteligencia– que ese tipo de lectura es la más seguida en el mundo.

Aunque mantienen el ímpetu de aquel paparazi de La dulce vida, la globalización y el desarrollo de las llamadas nuevas tecnologías, con la era digital a la cabeza, han hecho del oficio algo más que un estímulo para cazadores de recompensas dispuestos a permanecer agazapados, días enteros, detrás de una cerca de púas con tal de atrapar el beso de una celebridad a una mujer que no es su esposa.

Muchos paparazis profesionales se agruparon en compañías con especialistas en proporcionar informaciones de las celebridades, y disponen de una red de empleados de tiendas y otros negocios que anticipan y reciben compensaciones a cambio. Sin olvidar los denominados «corredores de las estrellas», sin los cuales el paparazi pierde eficacia frente a ricos y famosos célebres en dejar pistas falsas de sus movimientos. Otro inconveniente es la legión de aficionados suertudos que, vía internet, venden cualquier escandalito surgido al paso.

No obstante lo anterior, también sigue existiendo el paparazi solitario, capaz de abrirse camino por sí solo en la fotografía y portador de un «prestigio» en el ambiente, al cual no está dispuesto a renunciar.

Sin embargo, la pandemia que hoy azota el mundo los ha ido arrinconando, a unos y a otros, en la misma medida en que cines, espectáculos y vida pública, en general, han cerrado sus puertas, y el confinamiento y las mascarillas se fueron convirtiendo en un valladar al lente indiscreto.

La demanda sigue existiendo, porque hay un público largamente alimentado de habillas e intromisiones, pero la fuente escasea, al punto de que no pocos paparazis se han declarado en quiebra o han tenido que buscarse otro empleo.

Es un efecto de la pandemia que, en esta ocasión, no es para lamentarse.

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