Si bien la diversidad sexual está presente en la cinematografía contemporánea sin los estigmas que una vez la condenaron, el camino para alcanzar la libertad de expresión ha sido largo y tortuoso.
El mismo cine, condicionado por los prejuicios, atizó hogueras desde sus inicios contra cualquier manifestación sexual que no fuera considerada «la correcta» y luego, cuando quiso sacudirse de censuras, no tuvo más remedio que vérselas con las reglas del juego impuestas por otros.
Unos comienzos cinematográficos en los que la homosexualidad era representada de manera estereotipada, con personajes dominados por la lujuria, la perversidad, los instintos criminales y, sin remedio, recibiendo el castigo aleccionador de la muerte en los finales de la trama.
A no ser que se tratara del sissy (mariquita), figura vista ya en comedias del cine mudo, pero explotada en el sonoro, personalidad de la cual no se señalaban sus preferencias sexuales, pero que era identificada con risitas y codazos cómplices por parte de los espectadores a causa de sus acentuados clichés (Our Betters, George Cukor, 1932).
En el cortometraje mudo Detrás de la pantalla (2016), el personaje de Chaplin trabaja cargando bultos en un estudio de cine. Allí la bella Edna Purviance no es aceptada como actriz y decide disfrazarse de hombre para que no la echen. Chaplin lo sabe y la besa. Un utilero los sorprende y trata de insinuársele a Chaplin con revoloteos femeninos, pero el rey de la comedia lo despide dándole un puntapié en el trasero. Es el inicio del equívoco sexual cinematográfico, luego repetido miles de veces.
Aunque también tuvo sus trabas, el cine europeo fue más libre que el estadounidense en cuanto a tratar problemáticas de la diversidad sexual. Nacido como gran negocio, Hollywood se estremeció cuando en los años 30 del pasado siglo la denominada Legión para la decencia, y otros grupos más, promovieron boicots contra filmes considerados ofensivos. Se implantó entonces el código Hays, vigente hasta 1967 y capaz de cortar cualquier cinta, o alterar contenidos relacionados con «temas insultantes», como la homosexualidad.
Nada de referencias explícitas a la diversidad sexual, exigía el código urdido por Bill Hays, sin embargo, los directores se las arreglaron para crear claves que pudieran ser interpretadas por el espectador.
Tal es el caso del clásico literario El halcón maltés (Dashiell Hammett) llevado a las pantallas por el mítico John Huston en 1941. Uno de los personajes de la novela (Peter Lore), que anda detrás de la preciada estatuilla, es un homosexual aplastado una y otra vez por el duro detective Sam Spade, pero al no poder describirlo abiertamente, el director recurre a una música florida para presentarlo y hace que apoye la empuñadura de su bastón junto a la boca.
Sobran los ejemplos de tijeretazos famosos, como cuando en Espartaco (Kubrick, 1960) tiran al cesto la escena en la que el esclavo que interpreta Toni Curtis baña a su amo (Laurence Olivier), y ambos hablan indirectamente de su homosexualidad haciendo referencia al gusto entre ostras y caracoles.
Los prejuicios no desaparecieron con el código Hays y a veces han sido los mismos directores los que decidieron «suavizar» situaciones dramáticas recreadas en importantes obras literarias. Se aprecia en El color púrpura (Spielberg, 1985), donde la condición lésbica de la protagonista es prácticamente borrada. Otros filmes despertaron reacciones encontradas en ciertos sectores de la sociedad, como cuando el taiwanés Ang Lee hizo que dos tipos duros del oeste (Brokeback Mountain, 2005) se amaran fervorosamente.
Hoy día el tema de la diversidad sexual está presente en las más variadas producciones y festivales del mundo a partir de conflictos que hacen reflexionar al espectador acerca de viejos prejuicios que, si bien superados por el cine, siguen persistiendo en una parte nada despreciable de la comunidad internacional.
Dos películas de ese corte podrán verse este verano por el canal Cubavisión, la coreana Una chica en mi puerta (July Jung, 2014), galardonada en varios festivales, y la canadiense Laurence para siempre (2013), del multipremiado Xavier Doland. La primera tiene como protagonista a una oficial de la policía y trata asuntos relacionados con la corrupción y la hipocresía y, a la par, el amor lésbico y el racismo. La segunda, de casi tres horas de duración, cuenta una apasionada historia de amor hasta que Laurence le dice a su novia que está dispuesto a convertirse en mujer sin dejar de amarla para siempre. Relato transexual en el que una vez más los personajes de Dolan atraviesan situaciones extremas en un estado de rebelión constante, son condenados al ostracismo, o tratan de encajar y luchar por sus derechos al amor, a la vida y a la felicidad.











COMENTAR
Me encanta Barbara Eden dijo:
1
29 de julio de 2020
10:49:52
Responder comentario