ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El escritor espirituano Julio Miguel Llanes. Foto: Vicente Brito

Cuando necesitó beber de esa «huella profunda y viva» que dejaron en Cuba los negros importados desde África a lo largo de siglos de trata, de sus conceptos «mágicos y religiosos», de sus creencias y sus prácticas, Lydia Cabrera emprendió un trabajo de campo que la llevó por varias regiones del país y muy especialmente por Trinidad, la ciudad que ella descubrió «aferrada a su pasado, que nutre de recuerdos la gracia de su soledad y en la que todo perdura».

No resulta entonces accidental que, luego de recorrer similares derroteros, el escritor espirituano Julio Miguel Llanes López haya dedicado su novela Los caminos del viento, inspirada en Trinidad y con la que acaba de merecer el Premio Alejo Carpentier, a la eminente folclorista, investigadora y narradora cubana, una referencia obligada para quienes pretendan acercarse a la imprescindible herencia de África.

Tercera urbe más importante del país al terminar el siglo xviii, con calles empedradas desde 1817, alumbrado de aceite desde 1838 y comunicación ferroviaria con su puerto de mar desde 1856, Trinidad no podía ser una referencia más para el escritor espirituano: «Allí aparece todo el contexto político, social y económico de una urbe, entonces esclavista; están las contradicciones entre España y Cuba; por lo tanto, nos encontramos con la formación de la nacionalidad», confiesa el escritor, para quien lo más importante no resultan los premios en sí, sino «quedar en la memoria de quienes me leen».

Antes de entregarlas a la imprenta, Llanes estuvo diez años amasando las historias y las leyendas trinitarias, cocinando un proyecto donde la realidad muchas veces invade los territorios de la ficción y viceversa.

«Empecé escribiendo libros que tenían como tema la historia, pero estuve claro desde un inicio que no era la historia clásica la que yo quería contar, sino con amenidad, con emotividad, buscar recursos para lograrlo», reconoce quien se define como «un maestro que escribe sin didactismo, que respeta y quiere al magisterio, pero también respeta y quiere al niño y a su sicología».

A sus 71 años –20 de ellos como presidente de la Uneac en Sancti Spíritus–,  con una veintena de libros publicados y presentaciones en 13 países, a Julio Llanes no le pesa sentarse a estudiar, a investigar, e incluso cree que hubiera podido hacer mucho más: «Comencé en la literatura de manera tardía», dice categórico el escritor que primero fue alfabetizador y luego profesor y director de escuela.

–¿Y las influencias, el entusiasmo por la literatura, llegaron por el hogar?

–A mí no me entusiasmó nadie porque soy de una familia muy humilde, a veces la gente dice eso como algo trillado, pero en mi caso fue exactamente así: era una familia con muchas necesidades, mi papá era obrero de un central azucarero (Narcisa, en Yaguajay), era comunista y lo botaron del central, y cuando lo botaron vivíamos de los dulces que él hacía. En mi casa no había libros; bueno, si no había ni un refrigerador ni un radio, ¿qué libros iba a haber? Pero mi papá era una persona muy inteligente y de mucho talento natural, fue músico, tocó en una orquesta y tiene como 40 o 50 composiciones musicales, era un hombre con poco nivel, pero leía mucho y me transmitió ese interés por la lectura.

–¿No teme que sus libros mueran?

–Lo más importante de mis libros no es que hayan tenido premios o que muchos los hayan leído, sino su permanencia en el tiempo, porque hay muchos libros que se ponen viejos, pero siento que estos están como el primer día.

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