Tarde en la noche, por estos días, sorprendió la exhibición en televisión de Papillón: la gran fuga, remake de una cinta que en su tiempo (1973) rozara la trascendencia de los clásicos, con Franklin J. Schaffner en la dirección y las magníficas actuaciones de Steve McQueen y Dustin Hoffman.
El libro testimonial de Henri Charrière (1906-1973) había circulado de mano en mano en nuestro país a principios de los años 70 permitiendo apreciar una historia tan intensa como novelera, asunto este último señalado por críticos literarios que pusieron en duda las peripecias (totales) del prisionero confinado a la Isla del Diablo.
El libro, sin embargo, estaba perfectamente escrito para provenir de un hombre de «los bajos fondos parisinos» y desbordaba, además, los elementos de tensión indispensables para convertirse en un triunfo cinematográfico, tal como aconteció con esa primera entrega, que si bien en su articulación dramática hacía cambios al original literario, terminó siendo un éxito de público y crítica.
En esta segunda versión dirigida en el 2017 por el danés Michael Noer y con Charlie Hunnam y Rami Malek en los papeles estelares, cabe preguntarse qué buscaban los realizadores al retomar el tema de un hombre que lucha con voluntad de hierro por recuperar una libertad que injustamente –según aseguraba él– le fuera arrebatada.
Papillón, la gran fuga, cuarta cinta de Noer, además de apoyarse en el guión que para la primera versión escribieran el mítico Dalton Trumbo y Lorenzo Semple, recurre al segundo libro de Henri Charrière, Banco, muy por debajo del primero, pero que aporta datos importantes en lo concerniente a su autor. Se plasman, además, escenas que transcurren en el París de los años 20, antes de la confinación de Papillón, y se moldea un cierre próximo al que le signara la vida a Charrière, existencia demasiado corta para que pudiera disfrutar él de los éxitos reportados por sus libros.
La película puede funcionar en alguna medida para aquellos que desconozcan tanto el original literario como el fílmico, pero llevada a la indispensable comparación se queda por debajo en diferentes acápites, el principal, la falta de una emoción sostenida, las actuaciones (a partir de las disertaciones de McQueen y Dustin Hoffman), la fotografía, que al no disponer de los escenarios propicios trata de resolver en interiores escenas determinantes en la sugestiva vegetación de la Guayana Francesa (ahora con locaciones en Serbia y Malta), fotografía que, a diferencia del clasicismo imperante en el primer Papillón, opta por un estilo luminoso y demasiado próximo al lenguaje televisivo de los seriales que hoy nos inundan.
Se sabe que nadie se ha atrevido a emprender remakes de filmes como Casablanca o El Padrino, y aunque Papillón no es un clásico de máxima altura, está lo suficientemente arraigado en el imaginario cinematográfico para que los espectadores se contenten solo con seguir las peripecias de los dos amigos prisioneros, ya vistas, aunque con mayor nervio, en la primera entrega.
Vidas de película las de Papillón y Louis Dega, pero a las que, 45 años después, les falta un extra artístico capaz, sin transformarlas, de hacerlas cinematográficamente diferentes.











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Niurvis dijo:
1
14 de enero de 2019
09:09:13
Ana Rosa dijo:
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14 de enero de 2019
09:52:41
Amandy dijo:
3
14 de enero de 2019
10:42:53
gretter dijo:
4
14 de enero de 2019
11:55:20
edel Respondió:
15 de enero de 2019
09:48:16
Pikilin dijo:
5
14 de enero de 2019
12:48:36
Carlos Miguel Barroso Pérez dijo:
6
14 de enero de 2019
13:09:01
Oguevara dijo:
7
14 de enero de 2019
16:09:06
edel dijo:
8
14 de enero de 2019
16:10:09
Aram Joao Mestre León dijo:
9
17 de enero de 2019
08:29:52
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