ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Julio César Ramírez, director del grupo Teatro D Dos. Foto: Juvenal Balán

Molinos de viento fue la obra que rompió la serie de lecturas dramatizadas organizadas por el grupo Teatro D Dos, que dirige Julio César Ramírez, para los meses de noviembre y diciembre. Si bien el procedimiento no es el más convencional, pues no es costumbre que los actores lean sobre las tablas, esta especie de «trabajo en proceso», apunta su director, «le aporta vitalidad a la escena, debido a que la lectura es un mecanismo que va muy rápido hacia el diálogo con el espectador y si se convierte en una puesta en espacio es ideal, pues el público logra ver un punto de vista más elaborado y cercano a lo que sería un espectáculo teatral definitivo».
En busca del teatro perdido es el título del ciclo que recoge obras de ostensible vigencia dentro del teatro cubano, tales como Ramona o La emboscada, de Roberto Orihuela, y La vitrina, de Albio Paz, esta última en cartelera a lo largo del mes de noviembre en la sede oficial del grupo, la sala Raquel Revuelta. La selección forma parte del homenaje de la compañía por los 50 años del Grupo Teatro Escambray, portador de una dramaturgia que lanza una mirada aguda sobre los problemas sociales de la época. Al respecto, Granma conversó con el director de la propuesta.
–¿Por qué escogió Molinos de Viento para inaugurar este ciclo?
–Existen obras significativas en la dramaturgia cubana que pueden y merecen formar parte de un ciclo de lecturas y de un estreno. Molinos de viento trasciende la inmediatez del momento en que fue escrito y hoy mantiene una vigencia sorprendente, tanto por su estructura y tema a tratar, como por una acertada integración de géneros tales como el melodrama, la sátira, la farsa, la comedia. Ese debate sobre el fraude, la doble moral y la responsabilidad ética es esencial en estos días.  La pieza no queda solo en el marco de la institución académica, pues desarrolla una serie de sucesos que involucran otros espacios. Creo que nuestro teatro le debe nuevas lecturas, quiero decir, montajes, a esta emblemática obra de Rafael González.
–¿Estas lecturas dramatizadas están pensadas también para generar un debate con el público?
–Sin dudas. En las últimas lecturas hemos contado con la participación de los espectadores. Allí se ha generado un espacio de diálogo y debate muy importante. No es nada nuevo, pues las cuatro obras que hemos planificado para esta primera etapa lo requieren. Recordemos que cuando fueron estrenadas por el Grupo Escambray, el debate formaba parte de la estructura de comunicación que planteaba ese colectivo teatral.
–¿Considera al texto dramático como una memoria social?
–Pienso que el texto dramático va a ser siempre un testimonio vivo de las sociedades, por eso trasciende. Lo observamos desde la antigüedad hasta nuestros días. Los personajes no son simples tiradas literarias, los personajes y los sucesos son organismos vivos, contenidos en un pliego de papel para la posteridad. Un país y una cultura que cuente con la solidez de una dramaturgia es un país con una gran riqueza y afortunadamente nosotros la tenemos, por eso hay que defenderla con vehemencia.
 
 
 

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