ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Pieza de la exposición Formalmente, del artista Felipe Dulzaides. 

Desde que las artes plásticas se liberaron del afán de reproducir o recrear la realidad, la geometría se presentó como un campo para la especulación visual. Las vanguardias del siglo xx hicieron su trabajo; ¿quién no recuerda la obra del holandés Mondrian, o del francés Delaunay, o del suprematista ruso Malevich? ¿O lo que sucedió, más adelante en la misma centuria, con el arte óptico del húngaro Vasarely y de la inglesa  Bridget  Riley? ¿O, para acercarlo a nuestro entorno, el caso de Salvador Corratgé?

Podría concluirse, a estas alturas, que estamos ante un campo agotado, o si se quiere, minado, por los antecedentes, pero sucede que un artista cubano de estos días, con suficiente oficio y atrevido talante, se ha empeñado en demostrar que la geometría es infinita y, de paso, que la abstracción dista mucho de ser un ejercicio estéril.

Felipe Dulzaides, nombre que para los amantes de la música es de grata memoria, es el artista a que nos referimos. Hijo del gran pianista y jazzista que creó escuela, ha desarrollado una intensa y pródiga carrera, luego de formarse en el Instituto Superior de Arte y más tarde en el Instituto de Arte de San Francisco, como instalacionista, artista multimedial, escultor, intervencionista público, fotógrafo y protagonista de acciones visuales multidisciplinarias en Cuba, Estados Unidos, Alemania, Italia, Portugal, España, Suiza, Brasil, Holanda y Eslovenia en casi tres decenios.

La exposición Formalmente, de  Dulzaides, en la Galería Habana, funciona como una especie de viaje a la semilla. Prevalece el dibujo, sostén de la estructura pictórica, aunque incluye fotografías y objetos esculturados. El dibujo a base de líneas, círculos y esferas: formas que se transforman desde una implacable sobriedad discursiva.

El artista sabe explotar la tentación del espectador a construir historias ante los estímulos visuales, pero renuncia él mismo a ofrecer versiones narrativas. Es como si nos dijera: usted es libre de filosofar, de imaginar contenidos, pero a fin de cuentas solo quiero que usted sepa que una línea es una línea y un óvalo nada más que un óvalo. En ese rejuego se sustancia la obra de Dulzaides: intelectualmente activa por una parte, mientras por otra es pura propuesta sensorial.

«Soy un artista que está consciente del lenguaje que está usando, de la historia de ese lenguaje y de los antecedentes del medio en que un proyecto se desarrolla: me considero un artista conceptual», dijo a principios de esta década Dulzaides. Esto es, en parte, verdad: hace arte vigorosamente pensado.

Pero también, otra verdad: se divierte y nos divierte con su mínima expresión.

Formalmente se recibe como una bocanada de aire fresco en el panorama de las artes plásticas cubanas de la hora actual, mientras Felipe Dulzaides experimenta. Quién sabe cuán lejos pueda llegar.

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