
En los primeros días de febrero de 1895, José Martí hace escala en La Reforma, finca que el general mambí dominicano Máximo Gómez posee en su patria de origen. Ultima los detalles del levantamiento armado contra el poder colonial en Cuba y procura el modo de sumarse al inminente estallido. La expedición que lo llevaría a Playitas de Cajobabo es todavía una idea.
¿Cómo un hombre asaeteado por tales ansiedades y arduas tareas derivadas de su liderazgo encuentra tiempo para escribir a las más entrañables criaturas de su círculo familiar –porque el hogar de los Mantilla en Nueva York ha sido el suyo por tantísimos años– y hablarles de asuntos de la inteligencia y el corazón?
En la carta que remite a María Mantilla en esas circunstancias se halla una de las definiciones más lúcidas sobre lo que el Apóstol entendió debía ser la música: «… música que expresa y sienta, no hueca y aparatosa; música en que se vea un pueblo, o todo un hombre, y un hombre nuevo y superior».
A Martí se le ha cantado como a nadie. Sus versos han servido de pautas a autores de muy diversos estilos y formaciones, y su vida ha motivado a compositores para la creación de obras alegóricas. Incluso su negación y olvido, como lo hizo el trovador Emilio Vallillo en la primera década de la República, al adaptar la letra de una pieza de José Tereso Valdés para dar cauce a la Clave a Martí, en la que se dolía de la traición a los ideales del prócer independentista.
Por cierto, debe honrarse la memoria de Cuca Rivero, la eminente pedagoga musical, que luego del triunfo revolucionario de 1959 dio nueva vida a la Clave al decir: «Martí, ahora vuelve a vivir / hoy es el maestro del día / la Revolución inspira / y a Fidel sirve de guía / y mi Cuba ya es feliz».
Uno de los más acuciosos indagadores de la memoria histórica cubana, el coleccionista y bibliófilo Emilio Cueto, registró, hasta el 2012, la existencia de 711 piezas de inspiración martiana. Él mismo confesó que cuando comenzó la búsqueda «no podía imaginar que llegaría a identificar cientos de composiciones que van desde el sencillo canto escolar a la solemne marcha del cambio de guardia frente a su tumba».
Esta última ha adquirido mucha más resonancia en tiempos recientes ante la cercanía física y espiritual de los dos cubanos más fecundos y universales de nuestra historia en la necrópolis santiaguera Santa Ifigenia. Se trata de la obra Elegía a Martí, de Juan Almeida Bosque, grabada por la Banda del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias e incluida en el disco Elegías (Egrem, 1998), donde también se pueden escuchar otras piezas de similares
características dedicadas a Antonio Maceo, José Maceo e Ignacio Agramonte.
Mucho le debe el lied cubano (canción de concierto) a la obra martiana. Ernesto Lecuona, Harold Gramatges, Edgardo Martín, Jorge Garciaporrúa, Gisela Hernández, Olga de Blanck, Hilario González, y Nilo Rodríguez figuran entre los compositores que han aportado significativas partituras para ese género vocal. También la lírica martiana se ha plasmado en creaciones para formatos de cámara, corales, sinfónicos, e incluso concebidas en obras electroacústicas, como Palmas, en la que Roberto Valera se las arregla para procesar versos de Heredia, Martí y Guillén.
No hay que olvidar tampoco cómo el compositor por excelencia del grupo Orígenes, el español aplatanado Julián Orbón, fue quien por primera vez tuvo la feliz idea, en tertulias fraternas con poetas e intelectuales afines, de colocar versos martianos en La guantanamera.
Entre los trovadores que han puesto música a los versos del Apóstol sobresalen las versiones de cinco de las voces fundamentales de la canción cubana en la segunda mitad del siglo XX: Amaury Pérez –memorables su Magdalena y Carmen–; Sara González –debe volverse una y otra vez a Mi caballero y Yo soy un hombre sincero–: Pablo Milanés –formidable en Sueño con claustros de mármol y Yo he visto en la noche oscura–; Mike Porcel –qué mejor canción de amor que Mucho señora daría–; y la inolvidable Teresita Fernández, delicada e inmensa en cada uno de los 16 textos revisitados por ella.
No deja de ser audaz la musicalización de la prosa martiana por parte de algunos de esos trovadores. Ahí está Milanés con el párrafo inicial del ensayo Nuestra América y Sara con la introducción al poemario Ismaelillo.
Una obra singular de Silvio Rodríguez incorpora hacia su final una cuarteta martiana: a las cinco primeras estrofas de Se aproxima un brote oscuro añade, de manera natural «yo soy un hombre sincero / de donde crece la palma / y antes de morirme quiero / echar mis versos del alma».
Símbolo y puente en el tránsito de la Patria peleada y soñada por el Apóstol y la conquistada y defendida en los tiempos que corren, es Sindo Garay. Cupo al trovador la honra de conocer a Martí y muchos años después, casi centenario, estrechar la mano de Fidel. Su obra A Martí debía ser cantada como un himno.











COMENTAR
JOSE dijo:
1
26 de enero de 2018
09:25:18
maria carla dijo:
2
26 de enero de 2018
10:18:45
La Oruga dijo:
3
30 de enero de 2018
18:59:54
Responder comentario