
Ramiro Guerra aguarda en su pequeño estudio al final del pasillo. Desde su silla de madera mira la ciudad en el piso 14 de un edificio habanero, mientras que en otra habitación se escucha una sonata clásica en Radio Enciclopedia: «Siempre pongo la estación bien alta, me gusta sentir la música en todos los rincones», dice. Sobre el escritorio y en un orden meticuloso reposan una decena de libros y libretas de apuntes. Se destaca uno grande, de fotos vistosas de Martha Graham.
«Ella era una mujer fuera de lo común. La recuerdo muy bien: pequeña estatura, personalidad imponente. Hablaba siempre en un tono muy bajo, aun cuando estaba molesta», comenta mientras hojea con cuidado el único recuerdo que le queda de sus años de discípulo de Martha, a finales de los años 40.
Ramiro Guerra Báez, Premio Nacional de la Danza, coreógrafo, director artístico y escritor admite que este libro es un tesoro. El ejemplar de Martha Graham: Sixteen Dances in Photographs, conserva, en la letra de la artista, varias notas cariñosas y dedicatorias de ella para Ramiro.
«Antes de conocerla en Nueva York, yo sentía que mi cuerpo al bailar necesitaba de algo diferente, no sabía qué. El ballet no me llenaba. Luego de estudiar con ella pude definirme como artista. A Martha le debo mi incursión en la danza contemporánea y le debo quien soy, aunque muy pocas personas lo sepan», admite el autor de Suite Yoruba, la obra no solo de mayor envergadura de su repertorio, sino la más conocida y, quizá, una de las de más permanencia en el imaginario de la danza moderna en Cuba.
Ramiro Guerra llegó a Estados Unidos con el Original Ballet Russe del Coronel de Basil, pero ya él había escuchado hablar del prestigio de la coreógrafa. Tenía en sus bolsillos solo los diez dólares que le había hecho llegar su padre desde Cuba y «decidí con ellos pagar una semana de clases en el centro de danza contemporánea que ella dirigía. Era todo a lo que podía aspirar con tan poco dinero, y en realidad, yo solo quería que Martha me viera bailar», confiesa.
Al terminar el breve curso, Ramiro le preguntó a la artista si el centro no ofrecía becas de más larga duración. «Su respuesta fue: “No”. Solo podían admitir como becarios a quienes hubieran sido soldados de la Guerra de Corea. Sin embargo, hizo una excepción conmigo. Decidí separarme del ballet ruso y sin pagar un centavo, estuve dos años recibiendo clases de la mejor maestra que he tenido».
Luego ella misma le contó que su compañía se había presentado en la Isla en el año 1941 y que estrenaron aquí su obra El Penitente. Busca en el libro las instantáneas tomadas por la fotógrafa Bárbara Morgan. Con el dedo señala a Erick Hawkins, estrella de esa pieza y primer bailarín de la Compañía.
«A pesar de su pequeña estatura, a Martha le gustaban para su Dance Company los hombres extremadamente altos. Creo que por eso se casó con Hawkins, un hombrazo que le sacaba al menos una cabeza», comenta risueño.
En el año 1999 la revista Times calificó a Martha Graham como la Bailarina del siglo XX: «Lo es. Soy consciente de eso.
Ella era una leyenda viviente. Aunque la primera bailarina que puso completamente los pies en el suelo al bailar fue Isadora Duncan, Martha revolucionó la danza contemporánea, convirtiéndola en un mundo completamente diferente».
Como maestra, reclamaba la más absoluta entrega. En sus clases nadie reía, charlaba ni murmuraba. Solo se escuchaba su voz dando indicaciones a sus alumnos. «Para ella, la disciplina era la fuente del éxito, reconoce Ramiro. Durante las clases interactuaba todo el tiempo con los bailarines.
«Recuerdo, como si hubiera ocurrido ayer, que se me acercaba y me exigía, presionando sus dedos sobre mi abdomen, ‘contraction and release’, una de las características básicas de su técnica, basada en la respiración y control sobre el impulso», añade.
A Ramiro le habría gustado quedarse junto a Martha por más tiempo, pero a principios de los años 50 las relaciones migratorias entre Cuba y Estados Unidos se tensaron y las autoridades norteamericanas obligaban a los cubanos a regresar a la Isla, luego de llevar cierto tiempo en ese país.
«Siento mucho que mi regreso fuera de la noche a la mañana. No me pude ni despedir de ella y nunca más la volví a ver.»
Al regresar de Estados Unidos, Ramiro hizo su primera presentación en el teatro Astral. «Recuerdo que a un empresario se le ocurrió hacer por Semana Santa una presentación diferente al ballet clásico y me hizo salir solo al escenario. A pocos minutos de empezar a bailar, la gente me abucheó, me lanzó rositas de maíz, me dijo horrores. Muchos de los presentes en el teatro me conocían. Algunos habían sido compañeros míos de la universidad, otros eran vecinos de Cayo Hueso, el barrio de Centro Habana en el que nací y crecí. La explicación no era otra que una realidad: el público cubano de esos años no sabía apreciar la danza contemporánea».
Al poco tiempo lo invitaron a hacer otra presentación, esta vez en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde intuyó que ocurriría lo mismo, «pero no sentía miedo. Yo decía: “¡A mí que me maten, pero no pienso dejar de bailar!”
Por suerte, nada pasó. Esa vez hubo aplausos luego de mi baile».
Y ese, confiesa, fue el destino de su vida: «Así pasé muchos años, bailando aquí y allá. Muchas veces solo, otras veces con bailarines que no dominaban mi técnica. Tuve en ese tiempo, cuando la lucha contra Batista estaba en su apogeo, un pequeño grupo de alumnos en la sala de El Sótano, donde presenté funciones con un público de tres o cuatro personas, mientras se escuchaban los tiros disparados en la Universidad de La Habana. Como no tenía forma de contar con una orquesta, ni siquiera con un pianista, fui el primero en utilizar música grabada en mis espectáculos».
No fue hasta el triunfo de la Revolución en que la doctora Isabel Monal, nombrada entonces directora del Teatro Nacional de Cuba, «me abrió las puertas para crear el Conjunto Nacional de Danza Moderna».
Ramiro fue quien lanzó la convocatoria y seleccionó a 30 bailarines: diez blancos, diez mulatos y diez negros, les entrenó y montó las piezas. Desde el principio, la compañía tuvo una proyección muy nacional, usando música de compositores y diseñadores cubanos. Su creación fue un intento por establecer definitivamente la estética de la nueva danza que aprendió de Martha.
Así, agregó que «no solo contribuí a que surgiera y se consolidara en Cuba la danza contemporánea; lo más importante, contribuí a que se formara un público para esa expresión».
Impresiona la picardía y la lucidez de este maestro de 94 años. «Es verdad que la danza contemporánea cubana le debe mucho a Martha Graham, pero también le debe a mi presencia», se toca el pecho y sonríe.
Y ahora en serio: «Yo apliqué en mi país todo lo que aprendí de ella, incorporándole la cubanía a cada pieza. Ella también lo hacía. Si en algo su trabajo fue realmente revolucionario fue en su necesidad de expresar la realidad de su país, la vida cotidiana del pueblo estadounidense».
Por eso, «siento que honré su figura con cada clase que impartí, cada coreografía que llevé a escena y en mi propio baile.
Gracias a Martha, creé una compañía fuerte, en la que mi trabajo prevalece hasta estos días. Fuimos un gran equipo. La muerte de Martha, el 1ro. de abril de 1991 me dejó devastado».
La Compañía de Danza Martha Graham volvió al escenario cubano por segunda vez el pasado sábado en el teatro Mella, durante el 25 Festival Internacional de Ballet Alicia Alonso, y se sintió el entusiasmo en Ramiro Guerra.
«Admito que al principio estaba preocupado, pues pocos de sus miembros la conocieron personalmente. Sin embargo, disfruté muchísimo de la presentación». Entre otras piezas, la compañía presentó Lamentation Variations, «una de mis obras preferidas de Martha», recordó el Maestro.
Al terminar el espectáculo Ramiro habló personalmente con Janet Eilber, actual directora de la compañía y exalumna de Graham «la llené de elogios», admitió.
«Es increíble el modo en que Eilber ha respetado el legado de Martha y me sentí honrado al verlos bailar. Me presenté ante Janet como su fiel discípulo y le hice saber que Martha fue mi gran inspiración, mi gran maestra. Aunque todavía me cuesta imaginar la compañía sin ella, quedé maravillado. El espíritu de Martha estuvo aquí. Después de tantos años, me pareció que en la compañía nada ha cambiado».











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Ricardito dijo:
1
4 de noviembre de 2016
22:03:05
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