
La 12 Bienal de La Habana no solo camina por los espacios dedicados a las artes visuales. Más allá de galerías, escuelas, museos, instituciones, avenidas, barrios donde respiran las obras de arte, los artistas, especialistas, galeristas, coleccionistas, críticos, periodistas, llegados de los más variados confines del orbe, “rastrean” con fino olfato la mágica capital del Caribe. Y como el arte y la cultura emergen en cualquier rincón, porque La Habana es un lugar de sorpresas, es fácil advertir por doquier, a los participantes que saben encontrar lo mejor y disfrutarlo.
Por eso, el singular patio del hotel Telégrafo en pleno corazón capitalino, donde la carismática cantante Ivette Cepeda brilla cada viernes por la noche, desde hace ya cinco años, se llenó de amigos de la Bienal. Y allí, rodeados de los diseños artísticos del conocido creador plástico Eduardo Rubén, Cepeda desató los ánimos, paseó por diversos caminos de la canción y regaló unos instantes inolvidables con la música, su voz y esa interpretación ilimitada que es alma y sentimiento.
Ivette Cepeda ha venido a llenar un vacío profundo en ese tipo de cantante que en Cuba, en el tiempo, ha entregado muchos nombres, poniendo en su justo lugar esa condición de intérprete. Ella carga con un repertorio vasto, de muy variada estirpe artística, y transita con la misma pasión por boleros, trova tradicional, nueva trova, filin, sin desdeñar autores de Nuestra América y de otras latitudes que se avienen a su decir. Ivette es una artista en el amplio sentido del término, genuina y original.
Su carrera es construida desde el primer peldaño y avanza a pasos agigantados. Ya es conocida, y muy bien, en Cuba, y deja huellas en distintos puntos de América Latina, Estados Unidos y Europa. Pero sigue siendo la misma. Con amor llenó la noche del pasado viernes, dedicándola a la Bienal, y a los creadores allí presentes.
El primer día, de Vicente Feliú; Recordaré, de Donato Poveda; 20 años, de María Teresa Vera; El bufón y el trágico, de David Torrens; la Conga triste, de Kelvis Ochoa; Silbando un bossa nova, de Tony Ávila resaltaron en ese programa heterogéneo. No faltaron a su cita Joaquín Sabina ni Víctor Manuel con Las noches perdidas y Regálame otra noche como aquella, respectivamente. Reivindicó compositores, renovó melodías como Conga del diario, de Niuska Miniet, Si yo hubiera sabido, de Orlando Vistel, o Alcé mi voz, de Roly Rivero. Y es que cuando cada melodía transita por el tamiz de su personalidad, cada pieza adquiere un tono singular. Hay una fuerza telúrica en su voz, en los adentros, que aflora; ella canta con el corazón.
Hay más. Los excelentes arreglos de las obras que con la misma pasión interpreta el grupo Reflexión, liderado por José Luis Beltrán, terminan de armar el todo. Cada uno es un instrumentista profesional, y eso se siente. Como Ivette Cepeda en la escena, que regaló otra arista de la Bienal, porque el buen arte, al fin y al cabo, es uno solo.










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El Cubano dijo:
1
4 de junio de 2015
10:41:13
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