La semilla de La Colmenita ha germinado, a lo largo de estos 25 años, no solo en cada provincia o barrio de Cuba, sino también en varios rincones del mundo. La familia colmenera es tan inmensa que cuenta con talleres en España, Colombia, Argentina, México, República Dominicana, Venezuela y otros países que han multiplicado la experiencia con los mismos preceptos de la compañía cubana, dirigida por Carlos Alberto “Tin” Cremata.
Embajadora de Buena Voluntad de la Unicef, La Colmenita ha ejercido de manera coherente y constructiva su liderazgo pues, bajo su manto e inspiración, los elencos de pequeñas abejitas por todo el mundo defienden igualmente la idea rectora del arte como la salud esencial y permanente del hombre —desde su más temprana infancia— y apelan a la verdad, como promesa absoluta de que un futuro mejor es posible.
En reciente entrevista a la televisión cubana, luego de la Cumbre de las Américas, el presidente panameño Juan Carlos Varela al referirse al tema de la colaboración cultural entre ambos países manifestó su empeño por avanzar con pasos concretos y extendió una invitación a La Colmenita para actuar en la nación centroamericana. “Soy fanático de La Colmenita, es como si fueran hijos míos”, aseguró.
Las palabras de Varela impulsaron una conversación con Tin Cremata para hablar, ante todo, de una historia poco conocida por los cubanos pues la aventura colmenera ancló en el istmo panameño, específicamente en el barrio El Chorrillo, hace algunos años.
“En el 2009 se creó una Colmenita maravillosa, integrada por niños panameños de ese barrio y de zonas aledañas”, explica Cremata sobre aquel taller que conformaron 51 niños entre cinco y 14 años, de los humildísimos barrios de El Chorrillo, Santa Ana, Curundú y San Felipe.
“Lamentablemente el proyecto se truncó un año después por decisiones políticas del gobierno anterior. Ahora estamos invitados por el presidente, debemos ir en agosto y el objetivo de esta visita más que actuar es retomar La Colmenita del Chorrillo”.
En aquella ocasión —recuerda Cremata— las madres panameñas se integraron con la misma entrega y pasión de nuestros padres cubanos. En el año que estuvimos se montaron dos obras, La Cucarachita Martina, que allá es La Cucarachita Mandinga y Meñique.
“Nosotros queremos retomar esa colaboración y seguir apoyando el futuro de la cultura panameña. La Colmenita es un pretexto para unir familias y siempre vamos a estar donde podamos ser útiles”.
Por su parte, Luis Manuel Iglesias, quien junto a José Armando Alpízar, fundó La Colmenita del Chorrillo, comenta que la compañía nació oficialmente en octubre del 2009, con la misma filosofía de la cubana.
“El trabajo con los niños es igual que aquí, usamos el teatro como pretexto para jugar y aprender. En un inicio los entrenamientos eran todos los días, ya después variamos la frecuencia y los pequeños se interesaron mucho.”
Lo que más le llamó la atención de aquella experiencia, que ahora esperan retomar, fue la reacción de los niños. Asegura Iglesias que “El Chorrillo es un barrio de mucha violencia y hubo niños que a partir de estar en La Colmenita empezaron a mejorar no solo en su comportamiento en la casa, sino también académicamente. Comenzaron a darle importancia a la familia y la escuela, porque para un colmenero eso es lo más importante. Esa reacción positiva muchos padres nos la agradecieron; cuando nos fuimos algunos trataron de salvarla pero fue imposible”.
“Estuvimos todo el tiempo vinculados con el Instituto Nacional de Cultura (Inac) y a partir de esa colaboración empezamos a dar funciones en centros hospitalarios, escuelas, barrios humildes, provincias”, subraya Iglesias, cuya amplia experiencia le ha permitido fundar La Colmenita de Sevilla, en España —una de las más famosas que existen— y dirigir La Colmenita de La Habana Vieja.
Este maestro de formación y actor por vocación, a quien cada lunes vemos en el papel de Leopoldino, en el programa humorístico Vivir del Cuento, asegura que trabajar con niños significa para él no envejecer.
“De trabajar tanto con niños me siento joven. La Colmenita me dio la oportunidad de seguir siendo maestro y de actuar. Interactuar con los niños no es difícil, lo que tienes que ponerte a su altura, tratar de ser uno más de ellos”.
Entonces con ese alto nivel de preparación y altruismo esperemos que dentro de poco nos lleguen noticias de los niños del Chorrillo, esos que de seguro ansían volver a tener a sus maestros colmeneros de vuelta y a sonreír —nuevamente— enfundados en el ya célebre traje de rayas negras y amarillas.











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