ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Portishead. Foto: Vermandel, Eva

Cada ciudad tiene su propio sonido. Pero si  la vida se empeña en propinarnos unos cuantos golpes al es­tómago y arrojarnos contra las cuer­das al borde del nocaut, no de­bemos bajo ningún concepto someternos a los parajes sonoros de la ciudad de Bristol,  porque podemos correr el riesgo de  terminar nuestros últimos días internados en cualquier hospital con el cerebro hecho añicos. Para comprobarlo solo basta escuchar la música de Portishead, un grupo que ha traducido en canciones la tristeza neblinosa de una metrópoli que por sus bajas temperaturas, sus continuas lluvias y su bru­ma perenne puede llegar a convertirnos por dentro en un tributo a la desolación.

No en vano Portishead junto a Massive Attack y el indescifrable Tri­cky inauguró en la década del no­venta la era del “sonido Bristol” y le mostró al mundo que la tristeza y la soledad también pueden transformarse en una forma de placer, algo que corroboran las legiones de se­guidores de los climas opresivos de este género conocido como trip hop que trascendió el circuito alternati­vo inglés para entrar por la puerta grande a la escena internacional y devenir en una influencia primordial en la música contemporánea. Y como siempre sucede en estos ca­sos, este estilo sombrío y atormentado ha si­do copiado con mayor o me­nor suerte por innumerables grupos en todo el planeta.

Pero no se trata de una música para seres que habiten en un cuarto en tiempo de descuento,  sino para todos aquellos que tengan el don de encontrar en los lados más asfixiantes del arte (y de la vida)  otra forma de belleza. Volviendo a Portishead, hay que decir que el pasado mes de agosto la banda de Beth Gibbons, Geoff Barrow y Adrian Utley estuvo celebrando los 20 años de su álbum debut, el icónico Dummy.

Considerado entre los mejores dis­cos de la historia, Dummy re­definió los patrones sonoros del trip hop que se conocía hasta ese mo­mento con temas llenos de melancolía, de aflicción, de hastío y de ra­bia como Wandering star, Numb, Mysterons, Roads,  Sour Times o It could be sweet, y el in­mejorable Glo­ry Box, defendidos por la espectacular voz de Gibbons, que sos­tenida sobre una plataforma musical a ba­se de hip hop, electrónica, guitarras zigzagueantes y mucho scratch, pone en marcha una atmósfera den­sa e inquietante para llevarnos por un viaje sonoro en el que parece que podemos caer en cualquier mo­men­to en medio de un profundo abismo.

Tras su debut de oro el trío siguió lanzando sus ejércitos de la oscuridad y la noche con los discos Porti­shead, Roseland NYC Live, y Third, este último publicado en el 2008 alberga otros temas demoledores que hacen honor a la leyenda Portishead como We Carry on y Machine Gun.

Con la grabación de estos fonogramas la banda inglesa  ha mantenido el interés en la experimentación sonora y la innovación, incluso en algunos temas han tratado de desmarcarse del  trip hop más puro (quizás con  la intención de tomar distancia de la industria del disco que le ha sacado un buen filón co­mercial a la escena de Bristol),  pero nunca han renunciado al universo sombrío y triste que definió con lí­neas maestras la obra de Portishead, una banda no apta para aquellos que solo aspiran a encontrar en la música el sonido de lo previsible.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.