ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Cortesía de la entrevistada

Desde niña, Iris Betancourt Téllez aprendió a mirar más allá de lo visible. Decía que las respuestas estaban escondidas en los silencios, donde solo los curiosos perseveran. Sus profesores le inculcaron que viera la ciencia como una herramienta para transformar realidades, desde entonces, la noble hija de campesinos y nacida en el Segundo Frente Oriental, tierra de hermosas epopeyas, enfocó su vocación en comprender y hurgar lo que otros aceptarían sin cuestionar.

En el Instituto Politécnico Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Vladimir Ilich Lenin —esa escuela que muchos recuerdan como un hervidero de sueños posibles— comprendió que la ciencia no cabe en un tubo de ensayo. Se le reveló como una forma de servir.

Esos días entre laboratorios y pizarras le enseñaron que la curiosidad no basta: hace falta la voluntad de transformar. Cuando se tituló en Anatomía Patológica, su destino se bifurcó hacia los misterios de la veterinaria. Se enfrentó al síndrome hemorrágico y a la muerte súbita del ganado con la obstinación de quien no acepta lo inexplicable.

Aquellas investigaciones la llevaron junto a su equipo a obtener un Premio Álvaro Reinoso. Más tarde, en Leningrado, defendió su tesis doctoral sobre los cambios en las glándulas y el intestino de terneros recién nacidos. Entre láminas y tejidos descubrió que el estudio de la vida también es una forma de comprender la vulnerabilidad.

MARCAR EL RUMBO

A su regreso, el destino le tenía preparado otro escenario: el liderazgo de varias entidades de la ciencia. Primero fue el entonces Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de Bayamo (hoy Universidad de Granma), y luego el Instituto de Investigaciones Agropecuarias Jorge Dimitrov. Sin embargo, su período más prolongado al frente de una institución fue en la Delegación Territorial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) en Granma, donde se desempeñó como delegada.

«Dirigir exige sacrificar horas que podrías dedicar a publicar artículos o a profundizar en un estudio», confiesa.

Iris Beancourt Téllez condujo desde su fundación el Polo Científico de Granma, donde aprendió que el desarrollo no se impone: se persuade. Hablar de Iris en su etapa como Delegada del Citma en Granma, es hablar de una mujer que supo articular voluntades.

«Siempre me ha acompañado un buen colectivo de trabajadores y de dirección, a los cuales nos une la camaradería, el respeto y el acompañamiento en los momentos difíciles».

Iris siempre supo escuchar, confiar, delegar responsabilidades y demandar esfuerzos, no sin antes ser ejemplo. Durante 25 años fue diputada al Parlamento y también fue miembro del Consejo de Estado. Allí, entre decretos y debates, siguió siendo la misma mujer que había aprendido de los campesinos a llamar las cosas por su nombre, sin medias tintas.

Participó en la rehabilitación de la Cuenca del Cauto, un proyecto que implicó a varias provincias y ministerios. Lo recuerda como una epopeya silenciosa: hombres y mujeres unidos por un mismo propósito bajo el sol de oriente.

LOS DESAFÍOS DEL COMANDANTE

«Estar cerca del Comandante en Jefe, fue uno de los regalos más grandes que me ha dado la vida», dice al recordar su encuentro con Fidel en el año 92, cuando se empezaron a formar los polos científicos en Cuba con el objetivo de integrar esfuerzos del sector del conocimiento y el productivo para impulsar la obtención y generalización de resultados de la ciencia.

«Prácticamente cerraba el año y Granma no había concretado el suyo. Fidel le dijo a la entonces Ministra del Citma, Rosa Elena Simeón Negrín: «Yo te voy a decir cómo va a ser el Polo científico de Granma», y él mismo le detalló en un papel los programas que atendería, y para sorpresa mía, me designan coordinadora del polo.

«En un taller de experiencias en el que por primera vez comparecería ante su enigmática figura, Fidel hizo un alto y preguntó: ¿Por fin se constituyó el Polo de Granma? ¿Invitaron a la compañera? ¿Dónde está?

«Yo, por supuesto, me puse de pie para que él me viera. Fue un breve momento, pero inolvidable y significativo.

«Tiempo después, paso a dirigir el Dimitrov, para entonces yo sentía esa sobrecarga de trabajo y hablé con Rosa Elena para que delegara en otros compañeros la dirección del Polo, y me dijo:

«Bueno, eso por una cuestión de respeto, lo tengo que consultar con Fidel, porque él fue quien te propuso. Así que si tú quieres le dices que no te sientes en condiciones de seguir en esa tarea».

«Yo me dije, ¡qué va, por nada del mundo! Lo haré hasta que me jubile. Y así lo hice. Era un compromiso personal con el Comandante».

Esa fidelidad —no de discurso, sino de obra— explica por qué muchos la definen como «mujer de Estado y de pueblo». Su liderazgo nació de un sentido profundo de pertenencia. En las fotos se la ve caminar entre técnicos, investigadores, agricultores; siempre al lado, escuchando y asesorando.

Dedicó 22 años a la docencia, y eso la enorgullece tanto como sus responsabilidades directivas. «He guiado a mentes más luminosas que la mía. He formado generaciones de cuadros más preparados que yo, y eso me enorgullece», confiesa sin falsa modestia.

En su voz no hay nostalgia, sino satisfacción y orgullo. Sabe que su legado mayor está en quienes hoy sostienen con madurez las riendas de la ciencia en la delegación provincial.

Aunque la jubilación tocó a sus, Iris no la traduce como un fin. «Mientras tenga lucidez, seguiré apoyando a los jóvenes y a mi equipo hasta donde sea posible».

Lo dice con firmeza, y uno entiende que su historia no cabe en un cierre. Sigue colaborando como especialista del Citma, asesorando a una nueva generación de directivos que se formó bajo su guía.

Cuando se le pregunta si siente que queda algo por hacer, sonríe con esa mezcla de humildad y responsabilidad que la caracteriza: «Lo que se ha hecho es poco en comparación con lo que falta por hacer».

Para Iris, la ciencia no termina en el laboratorio ni en las publicaciones especializadas. Debe traducirse en bienestar, en resultados concretos que mejoren la vida y la economía del territorio. Por eso insiste en que «aún falta sistematicidad en la aplicación de los resultados científicos».

Su pensamiento, lejos de apagarse, se vuelve brújula. Quien la escucha entiende que su confianza en las nuevas generaciones sigue intacta. Su palabra fluye con naturalidad, como si conversara bajo un almendro, entre anécdotas y risas medidas, recordando nombres, laboratorios, viajes y proyectos que marcaron décadas.

El suyo no es un ocaso, sino una transición. En la historia de Iris Betancourt, nuestra «delegada eterna», la ciencia ha sido camino y destino. Su jornada continúa sin despedidas, como una luz que no se apaga, sino que guía desde nuevos horizontes.

Foto: Rafael Martínez
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